Si es posible, subámonos al tren

Hace más de dos décadas, en plena guerra fría, Paul Kennedy, profesor de historia de la

Universidad de Yale, escribió un libro, «Auge y Caída de las Grandes Potencias», que por entonces alcanzó gran repercusión. A lo largo de sus 800 páginas sostiene, en base a un estudio que abarca los últimos cinco siglos, que las grandes potencias construyeron su poderío militar utilizando los recursos económicos de que disponían, pero el costo de mantener la hegemonía militar debilitó su base económica.

 

Kennedy planteó esta tesis con carácter general, pero centralizó su análisis especialmente en los Estados Unidos cuya decadencia anunció.

 

Sin embargo, con posterioridad a la publicación del libro, el presidente Reagan hizo el mayor acopio posible de aire en sus pulmones y con un poderoso soplido, sin derramar una gota de sangre, presionó a la economía soviética (basada en la planificación central) con anuncios de programas militares con costo tan grande que, a pesar de que el equilibrio militar con Estados Unidos era para el gobierno soviético una prioridad absoluta, la economía no estaba en condiciones de soportar. Esto generó una reacción en cadena. Quedó en evidencia el intrínseco fracaso del régimen, y la Unión Soviética se desmoronó cual castillo de naipes. Marcó el fin de la guerra fría y el inicio de una era caracterizada por el predominio de Estados Unidos como única superpotencia.

 

En el contexto de la recesión mundial, que de un año a esta parte afecta a muchos países pero principalmente a los Estados Unidos, vuelven a escucharse muchas voces que, reflotando el enfoque de Kennedy, aseguran, con el respaldo de una serie de indicadores económicos a cual más inquietante (9,8% de desocupación, déficit fiscal del 10% del PBI, creciente debilidad del dólar, etcétera), que asistimos al inicio irreversible de la decadencia de la hasta ahora única superpotencia.

 

Pero, a mi modo de ver, la historia recién comienza y va más allá de sumar y restar. Los padres fundadores de la nación norteamericana estructuraron a través de su Constitución, hace más de 230 años, una escala de valores que se mantiene hasta el día de hoy y que explica la continuidad histórica de sus instituciones y su economía, ambas íntimamente entrelazadas. El legado de los derechos individuales y la libertad económica de la Ilustración, como escribiera Alan Greenspan, ha roto allí las cadenas de millones de personas para que sigan los imperativos de su naturaleza: trabajar para labrarse una vida mejor para ellos y sus familias; en otras palabras, se internalizó la cultura del esfuerzo como principal factor de movilidad socioeconómica. El sistema liberó la capacidad creadora del ser humano a cotas insospechadas.

 

Sin embargo, no implicó la desaparición del Estado como creador y distribuidor de la riqueza. La idea de que el gobierno está mejor capacitado para ello que las fuerzas del mercado es difícil de desterrar. Pero, en Estados Unidos, el gobierno no es el protagonista excluyente sino que está para corregir, evitar desbordes, tomar a su cargo los problemas de la educación y la salud y asumir, como lo hace ahora, el rol que de él se espera en esta grave recesión que, es verdad, está lejos de haberse terminado.

 

Estados Unidos no se limitó a disfrutar de su libertad y prosperidad puertas adentro, de espaldas al mundo, sino que asumió sus responsabilidades planetarias. Salvó al mundo libre, especialmente a Europa, del nazifascismo, posteriormente del comunismo y, si alguien puede liderar a Occidente en su lucha contra el terrorismo, son los Estados Unidos.

 

Esto no quiere decir que sea un país perfecto ni mucho menos. Tiene virtudes y defectos. Pero ha demostrado una singular capacidad de adaptación para afrontar la adversidad sin apartarse de los principios del estado de Derecho ni eludir los desafíos de la globalización, sustentando políticas de estabilidad mediante el compromiso con el libre comercio. Por tanto, no creo que los problemas financieros de los Estados Unidos desplacen a su economía del liderazgo que aún hoy ostenta. Hace unos días, Andrés Oppenheimer recalcaba que la economía estadounidense es todavía más grande que la suma de las tres economías que la siguen.

 

¿A qué viene todo esto? ­A que, en mi opinión, el gobierno que en nuestro país asumirá el 1º de marzo debe priorizar el relacionamiento económico más amplio y profundo con los Estados Unidos, en lo que, obviamente, de él dependa. Es el mejor socio económico porque es el que más beneficios nos puede aparejar a menor costo. Lógicamente, habría que superar prejuicios antiyanquis, pero si se trata de temores imperialistas, los problemas para el Uruguay no vendrán por este lado.

 

No me consta que la posición de los últimos años que los Estados Unidos han tenido en relación a un TLC con nuestro país, haya cambiado con la administración Obama. Por tanto, asociémonos con el país cuya trayectoria sigue siendo una de las aventuras más extraordinarias y prósperas de la humanidad.

 

Parafraseando al Presidente de la República, subámonos a este tren, si aún fuere posible.

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