Las dudas y las esperanzas del Nobel

Ayer de mañana, en una reunión especial para la Asociación de Periodistas Extranjeros, de la que soy miembro, tuve la oportunidad de escuchar detenidamente en la ciudad palestina de Ramalá al primer ministro palestino Salam Fayyad.

Es una figura respetada que se sumó a la Autoridad Nacional Palestina hace pocos años, trayendo consigo el prestigio que ganó en el Fondo Monetario Internacional, decidido a ayudar a construir un futuro mejor para su pueblo. Habría podido tener una vida cómoda en Estados Unidos, lejos de las tensiones de Oriente Medio, pero como palestino consideró que su lugar natural, era otro.

Si bien no es una figura carismática que arrastre multitudes, ha hecho una gran revolución en Cisjordania, donde gobierna la ANP, creando mecanismos transparentes que permiten un mayor desarrollo económico y ha echado a andar un programa de seguridad que, con la ayuda del General Dayton de Estados Unidos, logró imponer lo que ­según él mismo nos dijo ayer a los periodistas­ «En el 2007 creíamos que sería imposible de lograr: orden y estabilidad en las calles».

Las milicias armadas no se esfumaron por cierto y Fayyad lo sabe. Pero esa sensación de vida diaria bajo las balas de cada grupo que se siente dueño de la calle ­lo cual no era sólo un problema para Israel sino también para el ciudadano palestino­ ha desaparecido. Los radicales siguen existiendo y los extremistas no desaparecieron. Pero por algo no osan tratar de imponerse a voluntad en las calles de Ramalá, Jenin, Nablus y Hebrón.

Vale la pena escuchar a Fayyad. Respondiendo a una pregunta que le formulamos, dijo categóricamente que la única opción para llegar a un acuerdo con Israel, es mediante el proceso de paz, mediante la negociación. Ahora, ese proceso está, tal cual dijo Fayyad, en «un serio impasse». Otros le llamarán seria crisis.

Según Israel, eso se debe a la negativa palestina a volver a la mesa de negociaciones. Según Fayyad, esa negativa se debe al hecho de que Israel no se compromete a congelar la construcción en los asentamientos. «Si otra vez volvemos al proceso de paz sin garantizar que se cumpla esa exigencia a Israel, la pérdida de credibilidad será tal, que el proceso todo caerá», afirmó.

Vale la pena escuchar a Fayyad, decíamos, porque destaca lo imperioso de que los palestinos dediquen sus energías y su capacidad a desarrollar su propia sociedad. Dice claramente que el momento en el que sea declarado el Estado palestino «independiente, soberano y viable», será importante, pero que no menos importante es todo el trabajo que hagan antes, garantizando que tengan las instituciones y el desarrollo necesario para permitir que eso funcione.

Es que eso, claro está, no dependerá sólo de retiradas israelíes, sino también, no menos que lo primero, del comportamiento palestino.

En opinión del primer ministro Fayyad, la actitud palestina es clave. Pero para poder concretar en el terreno la llegada a una solución entre las partes, será imprescindible recurrir a la ayuda de Estados Unidos. «Su liderazgo en el proceso de paz es indiscutible», aclaró.

Es al parecer la conciencia al respecto lo que le llevó a esquivar elegantemente insistentes preguntas de tres de nuestros colegas acerca de si está decepcionado de la administración Obama. Cabe mencionar que hace pocos días, un documento del grupo Al Fatah (mayoritario en la Autoridad Palestina, grupo del que Fayyad no es miembro), afirmaba precisamente eso: que están decepcionados del presidente norteamericano.

Del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama no se habló. Pero es inevitable preguntarse si acaso aportará al logro de la paz entre israelíes y palestinos o si con tal de lograr esa paz sea como sea, el presidente de Estados Unidos estará dispuesto a dar pasos con miras a un acuerdo, que de hecho no traigan más que ilusiones pasajeras, pero no una verdadera solución de paz.

También en Oriente Medio hubo mucha sorpresa por el premio a Obama, tanto entre sus críticos como entre quienes le admiran o al menos están dispuestos a darle una verdadera oportunidad.

La sorpresa es natural: está en su cargo hace menos de un año y además, se considera que este distinguido galardón debe ser entregado por logros, no por intenciones. En esta zona, los desafíos siguen siendo lograr la paz israelo-palestina, frenar el terrorismo y las ambiciones nucleares de Irán.

Los aplausos que recibió el presidente Obama en El Cairo en su famoso discurso de hace pocos meses, destinado evidentemente a propiciar el diálogo con el Islam, en lugar de antagonizarlo, no ponen fin al problema del terrorismo ni del fundamentalismo islámico que actúa de acuerdo a valores ajenos a la democracia y la libertad.

Irán es el ejemplo más claro de ello. Por ahora, nada indica que el diálogo iniciado con Teherán vaya a surtir efecto. Y es imposible descartar que suceda lo contrario, y que justamente por haber recibido el Premio Nobel de la Paz, Obama sienta que no puede recurrir a la fuerza aún si considera, fracasado eventualmente el diálogo, que eso es imprescindible.

El otro problema, relevante para Israel, es el proceso de paz con los palestinos.

Por un lado, nos parece claro hoy en día que sin intervención internacional, no se llegará a nada. Por otro, no es descabellado estimar que con el Premio Nobel en su haber, Obama puede llegar a una situación en la que sintiendo que las partes no se mueven, decida imponer una solución, o mejor dicho una fórmula de acuerdo, que sea aceptada por las partes porque «con Estados Unidos mejor no pelearse», pero que de hecho, no sea una verdadera solución que ponga fin al conflicto.

Cabe esperar que el Premio Nobel de la Paz, otorgado a un líder de su capacidad, sea visto como aliento para ayudar a las partes. Se necesita un mágico equilibrio entre no imponer lo indeseable y al mismo tiempo ayudar a israelíes y palestinos a salir del estancamiento.

Sin Estados Unidos, en la situación actual, parece imposible. Con o sin Premio Nobel de la paz.

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