Seregni: ayer, hoy, siempre

Estamos viviendo una instancia histórica, tan nueva como trascendental: el tránsito del primero al segundo gobierno nacional del Frente Amplio.

Considero oportuno refrescar el recuerdo de aquellas ideas de Líber Seregni que sirvieron de trampolín para que el Frente emergiera como gran fuerza política. Me remito a las realmente iniciáticas, las que van del 26 de marzo de 1971 al 3 de noviembre de 1972. Me responsabilizo por la selección de párrafos y los transcribo tal cual fueron dichos en sus discursos formidables del citado lapso.

Sirven como prueba documental en dos dimensiones: una, para saber si mantienen vigencia; dos, para comprobar si el Frente Amplio viene o no cumpliendo a cabalidad aquellas anticipaciones políticas, ahora tras su primer año de gobierno.

 

El áspero sendero

Aunque el corazón nos esté ardiendo, es necesario permanecer con la cabeza fría. Sólo así podremos advertir que el proceso de nuestra historia ­esta historia que el pueblo oriental está construyendo­ es un proceso ascendente. Estamos escalando una cuesta escarpada; no transitamos entonces los fáciles caminos de la llanura, sino los senderos ásperos de la sierra. Nuestro punto de llegada se encuentra allá, a lo alto. Libremente elegimos nuestra meta y nuestra ruta; las dificultades, pues, ni nos sorprenden ni nos intimidan.

A veces el camino va hacia atrás, pero sólo para tomar un nuevo impulso hacia arriba. Sólo en apariencia volverá a retroceder: si sabemos mirar bien, advertiremos que esa curva de retorno está más alta que la anterior. Bueno; en esas mismas vueltas andamos, tú y yo. Te invito a que sigamos el mismo rumbo y que juntos aprendamos a vivir en lo alto de las sierras, que es por donde transcurre el empinado sendero del Frente Amplio.

La razón de ser, el porqué y el para qué de nuestro Frente Amplio, está en realizar una tarea histórica, fundamental; cumplir el proceso revolucionario en nuestro país. En transformar las viejas estructuras económicas, políticas y sociales de nuestro país hoy caducas, y crear las nuevas que corresponden a la instancia que nuestro pueblo debe vivir. Y es sí, un verdadero, un auténtico proceso revolucionario, porque lo que nuestro Frente se propone es no sólo el cambio profundo de las estructuras, sino la sustitución de las clases en el poder. Desplazar del poder a la oligarquía y llevar al pueblo a gobernar.

Estamos viviendo un tiempo revolucionario. Y no es ésta una simple frase de discurso, tan olvidable como las promesas demagógicas de otros sectores y otros personajes. Lo creemos profundamente, y lo decimos con toda humildad. Nuestro Frente Amplio no es el supremo hacedor de los tiempos nuevos que vivimos; es solamente su intérprete, y pretende ser su cauce.

Así como dijimos el 25 de agosto que nadie se despierta un buen día convertido en gobierno, hoy decimos que ninguna sociedad se convierte en revolucionaria a partir de un día cualquiera del almanaque. Este que vivimos es tiempo de decisión. Porque en ningún momento de nuestro pasado se ha vivido con tanta intensidad el proceso de cambio y en ningún momento se ha palpado tan cercamente el pasaje de una instancia histórica a otra que la está sustituyendo cada día que pasa.

 

Una tarea histórica

Construir el futuro: tal es nuestra vocación y nuestro deber. No debemos engañarnos afirmando que se trata de una tarea fácil. En cada encrucijada histórica siempre están los que optan por el mal menor, por la seguridad mediocre, por el camino del medio, que no lleva a ningún lado. Pero también están presentes quienes no se resignan a sufrir la historia, sino que están dispuestos a crearla. Son los que convierten en posible lo imposible, son los que logran demostrar que, en ciertas circunstancias, resignarse equivale a traicionar.

Todos nosotros debemos hacer nuestra la aspiración del Jefe de los Orientales: «Nadie habría para mí más lisonjero; nada más satisfactorio que el que se arbitrase lo conducente a restablecer con prontitud los surcos de la vida y prosperidad general». Y es en cumplimiento de esta aspiración, de esa responsabilidad, que hoy venimos aquí para levantar la bandera del Frente Amplio, la bandera del Protector de los Pueblos Libres.

La patria no se salva, por más espectadores preocupados por su suerte que existan, si reaccionan sólo como público, emotiva y superficialmente. Y la patria tampoco se salva con autómatas, meros ejecutores de planes salvacionistas enviados desde las alturas, por inspirados que ellos sean.

Salvar la patria no es tarea para iluminados o visionarios, es trabajo para todo un pueblo. Ahora se trata no ya de una movilización competitiva en busca de votos o voluntades, como en el correr de 1971, ahora es cuestión de uruguayos de todas las clases sociales y de todos los partidos políticos.

La paz no es un regalo que obtienen los pueblos, sino una conquista laboriosa y heroica. Esa justicia, ese respeto por el hombre, esa defensa de nuestras tradiciones culturales, todo ello constituye el núcleo, la sustancia de la paz por la cual combatimos.

Nuestro concepto de la pacificación no es estático, sino dinámico. No concebimos la pacificación como un estado, sino como un proceso de lucha por la paz. Luchar por la paz significa, en las actuales circunstancias, luchar por los cambios que la aseguren, luchar por los derechos humanos vulnerados, luchar por una justa distribución del ingreso y de la riqueza; luchar, en fin, por la soberanía nacional, por nuestro suelo, por los derechos de los orientales sobre nuestra riqueza enajenada.

 

El Frente Amplio

El Frente Amplio se presenta ante la ciudadanía toda como la única fuerza política capaz de recuperar para el país la verdadera paz, el verdadero orden, la verdadera justicia. Porque la concepción política del Frente Amplio se entronca con lo mejor de nuestra historia. Es el reencuentro de los orientales, dispuestos nuevamente a ser, al mismo tiempo, mandantes y mandatarios. Es el reencuentro de los orientales con la raíz de su soberanía.

¿Por qué nosotros podemos hacer lo que ningún otro partido, fracción o fuerza política puede hacer? Justamente porque nuestra vida, como colectividad política, no es meramente electoral; y es por eso que afirmamos que constituimos la mayor fuerza política del país, aquella que no es una simple coalición de oportunistas, una cooperativa formada para sumar votos, sin otra trascendencia. Porque a los lemas tradicionales sólo les importan los que votan, y al Frente le importan los que luchan.

Nosotros somos los fuertes, compañeros. Tenemos la fuerza de un pueblo en marcha, que conoce su destino y que sabe caminar en medio de la tormenta. No es la nuestra, la fuerza de los soberbios, ni de los atemorizados. La fuerza del Frente Amplio está en su organización, en la certeza de sus procedimientos, en la firmeza de su combativa militancia.

Pero no se trata sólo de enriquecer y fortalecer la militancia frenteamplista. Nuestra vocación última es la patria, y nuestra meta es ser libres y soberanos en una sociedad justa. De nuestro esfuerzo depende que esa meta se convierta en un destino nacional.

Es necesario atraer a nuestras filas a sectores cada vez más numerosos de la población por el único medio de proselitismo que nos permitimos: vale decir, ayudar a ver claro, iluminar en la conciencia de cada uruguayo las raíces de su inseguridad, de sus problemas económicos, y demostrar que las nuestras son las únicas soluciones verdaderas y perdurables.

Además de nuestros propios conceptos sobre el desarrollo económico y la sociedad del futuro, poseemos una mística que nos une y nos hace invencibles. Una mística elemental y primaria pero profunda, el respeto por el hombre y la dignidad de su condición.

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