Gilad Shalit

El 25 de junio de 2006 un grupo del Hamas que pudo cruzar la frontera con Israel pasando por un túnel, le tendió una emboscada a los cuatro tripulantes de un tanque. Mataron a dos de ellos, hirieron a otro y se llevaron consigo al sargento Gilad Shalit, de 20 años de edad. Era un botín tan valioso como inesperado porque el Hamas por lo general no ataca militares sino civiles.

Al cabo de más de tres años e innumerables gestiones, la pasada semana, con mediación alemana y egipcia, Israel liberó a 19 prisioneras palestinas (algunas de ellas integrantes de organizaciones tales como la Jihad Islámica o el Frente Popular para la Liberación de Palestina). La contrapartida consistió en la entrega ­por parte del Hamas­ de una grabación de video que confirmó que Shalit sigue vivo y en buena condición física. O sea que el acuerdo consistió en un canje de personas presas ­algunas de las cuales, y dados sus antecedentes, nadie puede asegurar que no reincidirán en actos terroristas­ por información sobre la condición física de un prisionero. El gobierno israelí confía en que su gesto contribuya a «promover la confianza» y sea el prolegómeno de la devolución del sargento al seno de su familia ­¿será así?­, en el mejor de los casos por un precio diferente, traducido en la liberación de una cantidad muy superior de prisioneros vinculados de alguna manera a actos de terrorismo.

En realidad, no se trata de algo nuevo. En el pasado se han liberado cantidades de terroristas a cambio de un militar que cayó en sus manos, o para recuperar el cadáver de un soldado o simplemente para saber si un prisionero está vivo. A veces ni eso. Ha habido casos en que, no sólo organizaciones terroristas sino gobiernos de países árabes se negaron a entregar el cadáver de un israelí.

Esas actitudes de las organizaciones palestinas constituyen una flagrante violación de las normas más elementales de las convenciones internacionales relativas a prisioneros o militares muertos, por lo menos en la medida de que quienes integran las mismas se consideren a sí mismos combatientes y no terroristas. Es verdad que sucesivas Comisiones de Derechos Humanos de la ONU no se dan por aludidas ­ni lo harán en un futuro previsible­ aunque esto sea el camino más seguro para su descrédito. Pero no por eso la especulación y los réditos que los palestinos obtienen con cadáveres e información sobre personas aprehendidas ­ni siquiera en el marco de una conflagración bélica sino como resultado de una emboscada dentro del territorio de Israel­ dejan de estar emparentadas con el asesinato intencional de civiles, con la utilización en plena lucha de la propia población como escudos humanos, con el aprovechamiento de ambulancias, hospitales, escuelas y de edificios propios de las diversas manifestaciones de la vida civil, para escondite y almacenamiento de armas mortíferas, sin mencionar al terrorismo ­incluido el terrorismo suicida­, configurando un abanico de conductas que en su conjunto constituyen la marca del Hamas y organizaciones palestinas similares.

En modo alguno estoy criticando la decisión del gobierno de Israel. Todo lo contrario. Al igual que tantos hombres y mujeres israelíes y, en general, del mundo occidental, comulgo con la misma escala de valores que lleva a los israelíes a remover cielo y tierra para rescatar una vida y, en aras de ese objetivo, asegurarse en primera instancia, como en este caso, de que Gilad Shalit está vivo.

Pero el episodio de este canje, o sea liberación de presas que están cumpliendo las condenas impuestas en juicios sustanciados con todas las garantías del debido proceso, a cambio de una video-grabación, hecho que puede parecer de relativa importancia en el contexto del largo y sangriento conflicto que enfrenta a Israel con los palestinos, permite, sin embargo, apreciar nítidamente el doble estándar moral por el cual se rigen una y otra parte.

La sociedad israelí, hasta donde me consta, no se rebela contra este doble estándar. Todo lo contrario. Lo acepta como resultado de una escala de valores, los propios de la civilización occidental, que santifica la vida, respeta los derechos de todo ser humano por su condición de tal, se apasiona por el encanto de la libertad y comulga con el sistema democrático en virtud del cual el conjunto de los ciudadanos detenta la soberanía, por contraposición a la otra escala de valores que santifica la guerra y el martirio, deposita la soberanía en su divinidad, convierte a los seres humanos en súbditos y, termina, como sucede con el Hamas, por conferirle una dimensión religiosa al conflicto con los israelíes, creando una ideología que transformó la lucha por la tierra en un conflicto escatológico para el cual el único resultado aceptable es, como algunos han escrito, una victoria total que signifique la destrucción de Israel y el genocidio de los judíos en todo el mundo.

No es de extrañar que el «Boston Globe» haya publicado los resultados de un estudio sobre el entrenamiento de los reclutas israelíes, que describe el concepto israelí de «pureza de las armas» por el cual los soldados pueden verse en trance de arriesgar sus vidas para minimizar los daños de los no-combatientes. El código ético del Ejército de Israel ha sido confeccionado con la ayuda de algunos de los más renombrados filósofos y pacifistas del país y ­lo que no es menos significativo­ cuenta con el apoyo de una sociedad tan dividida en otros aspectos pero no en éste.

Es verdad que recurrentemente se producen desvíos pero nunca como producto de una estrategia planificada. Se trata de conductas individuales ­no tantas como quiere convencernos cierta propaganda­ que son investigadas y que, de confirmarse, determinan la baja del ejército de sus autores y a veces la imposición de penas privativas de libertad.

No conozco ningún otro país que enfrentando peligros similares se atenga a normas éticas tan estrictas con el agregado de que sus enemigos no sienten la menor inhibición para infringirle a otros los mayores sufrimientos cuando creen que eso sirve a su causa. Por eso, dicho sea de paso, provoca tanta desazón que desde diferentes ángulos se pretenda una y otra vez someter a Israel al oprobio público.

Afortunadamente, eso no es impedimento para que la prioridad de los israelíes siga siendo Gilad Shalit.

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