Los últimos tramos
A poco de culminar las jornadas electorales, vale hacer apreciaciones. Como mero dirigente blanco que carga con esa «mochila emocional» tan característica de un partido político que ha hecho de ese factor uno de los principales pilares de sus 173 años de vida, no podemos menos que señalar a nuestro criterio aspectos diferenciales y hasta bastante atípicos en las características de los candidatos. Particularmente en el aspecto cultural y programático.
Yo he tenido, es por demás notorio y sería una grosera falsedad disfrazarlo, en épocas anteriores con mi actual candidato y correligionario Lacalle duras discrepancias. No es por casualidad mi personal militancia hasta en la «interna» última, en sectores dentro de la colectividad diferentes a su corriente. En esos comicios se venía trabajando y se logró felizmente una unidad tan necesaria como deseada que nos reencontró en el mismo frente de batalla.
Allí, por méritos particularmente de mi amigo y candidato hoy a la «vice» Larrañaga y del «Cuqui» propia, se logró ese «norte» o logro que presenta el nacionalismo. Sin agravios ni rispideces. Por supuesto con los perfiles progresistas del «gaucho» sanducero y del conservador del lacallismo, hay planes de gobiernos sin improvisaciones ni radicalismo como se dan en las otras tiendas frenteamplistas, donde se amenaza nada menos que terminar con el régimen de la tenencia de la tierra, que dejaría de ser de particulares para pasar a manos del Estado, que la arrendaría, sin determinar a «quiénes ni en qué condiciones». Toda una inquietante referencia a vagos regímenes marxistas perimidos y fracasados en el mundo entero. Eso, como dato puntual.
Pero es obvio que entre los candidatos de ambos partidos los hay más gravitantes. Máxime en lo personal. Pero, alternativas mediante que se puedan tener con Lacalle, incluyendo las que pude, es obvio, tener en su momento, nadie le puede negar capacidad y cultura sin perjuicio de idoneidad y experiencia en materia de gobierno. Lo admitió expresamente el propio Tabaré Vázquez a la salida de una entrevista en su casa: «Lacalle fue un gran presidente». Y este aserto excluye cualquier comparación con el otro candidato al que el propio presidente Vázquez lo destrata por decir «estupideces». ¡O sea, no es una apreciación arbitraria, antojadiza y guaranga llevada por el fragor, lo digo!
No se puede improvisar. Como si presidiera un club de bochas.
Da la impresión de que el «Pepe» se quedó en 1917 ideológicamente. O sea, en la casa de Moscú y la toma del acorazado Potemkin. Pasaron casi 100 años de la muerte de Lenin y de Rosa Luxemburgo. ¡Avísenle!
En buen romance, no hay de su parte, y no nos tire con Astori, a quien no le va a dar «pelota» con sus ideas neoliberales, exposición de soluciones o fundamentos programáticos. ¡Es un gran páramo intelectual pero da la impresión que deja, sin perjuicio de lo «divertido» de su «jerga»! Gobernar un país no es divertido ni se puede «descansar» en gobernantes extranjeros como Lula, porque nos parezca simpático.
Representar y defender la soberanía del país con eficacia y hacerse respetar internacionalmente sin mojigaterías, improvisaciones o payasadas, se basa la permanencia futura de la patria misma. No basta con haber sido guerrillero para ser presidente. Por citar algo notorio, ni Maurolandia (a) «Tiro Fijo» cuando vivía o su segundo el «Mono» Jojoy, con todo el prestigio que tuvo uno o tiene el otro hoy. Objetivamente, se les ocurrió ser presidentes de Colombia, que yo sepa. Hay que saber ubicarse en sus funciones. Se puede haber sido eficiente en unas e ignorantes en otras.
¡Zapatero a tus zapatos, como dice el adagio sabio!
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