EDITORIAL

En 1980, ¿había lugar a la duda?

La dictadura se sentía consolidada. Iban diez años del golpe de Estado. Era la hora de pasar a su institucionalización, para crear un nuevo modelo de sociedad y perpetuarse en el poder; así lo entendían los golpistas en el gobierno.

Aunque parezca paradójico la dictadura sentía que no podía continuar sin nuevas instituciones, refrendadas por el pueblo uruguayo. Por eso se lanzó a la aventura del plebiscito de 1980. Apuntaba a un fascismo sostenido por las urnas, sin abandonar las bayonetas. Su intención era, además, dividir a los partidos tradicionales.

Fue un momento de decisión histórica para cada uno de los uruguayos, para sus partidos políticos ilegalizados y/o clandestinos. Todo el Frente Amplio, tanto dentro como fuera del país, se pronunció en su contra. Desde la resistencia, la clandestinidad, la cárcel y el exilio, se construyó una sola voz: decirle NO a la dictadura.

Dentro de los partidos tradicionales se produjo una fuerte fractura, pero la mayoría de sus dirigentes se pronunció por el NO, mientras que el SI quedó en manos de las derechas de esas colectividades políticas, los grandes medios de comunicación ­los mismos que hoy apoyan a la oposición­ y la Junta de Comandantes, el «cerebro» de la propuesta de la nueva institucionalidad.

La gran mayoría de la dirigencia política del país se pronunció por el NO y eso creó, en el entretejido de la sociedad, un nuevo estado anímico que reforzó las convicciones democráticas. Fue así que en las entrañas de Uruguay comenzó a surgir una nueva época, alentada por el trabajo clandestino e ilegal.

La gente, apenas se conoció el proyecto constitucional, comenzó a confluir y atenderse, sin preguntar a quién habían votado en la última elección. El objetivo era frenar la institucionalización de la dictadura, para abrir una nueva etapa de lucha. El pueblo uruguayo pasaba, con la bandera del NO, de la resistencia a la ofensiva democrática.

A esta gran correntada de pueblo se incorporaron muchas mujeres y hombres jóvenes, que votaban por primera vez y lo hacían bajo una dictadura.

El último domingo de noviembre de 1980 el pueblo uruguayo asombraba al mundo, ganándole el plebiscito a los militares y a la derecha cívica proveniente de los partidos tradicionales. Comenzaba la cuenta regresiva para los fascistas, que hoy en su gran mayoría están presos por haber violado despiadadamente los derechos humanos.

Ayer nos enteramos, por boca del ex senador Alberto Zumarán, de que el doctor Luis Alberto Lacalle tuvo en un primer momento la intención de votar junto a los fascistas, poniendo en la urna la papeleta por el SI.

Si eso no ocurrió fue por el poder de convencimiento del profesor Pivel Devoto, quien recibiendo instrucciones de Wilson Ferreira Aldunate convenció a Lacalle de que la única salida que tenía el país era pararse de frente ante la dictadura y votar NO.

Nos enteramos tarde de esta duda del presidenciable nacionalista. Es de esperar que no la intente justificar diciendo que en esos días era un hombre muy joven, porque los jóvenes de aquella época no se lo perdonarían. No se lo van a perdonar.

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