¡Que metan… menos el voto!

Estos días Uruguay está pendiente de las manos de Castillo, de la fuerza de Lugano y Godín, del trajinar de Gargano y Diego Pérez, de la habilidad de Suárez y Forlán. Les reclamaremos desde las tribunas o desde las pantallas de los televisores, sacrificio, entrega, que pongan «lo que hay que poner», para ganar y estar presentes en Sudáfrica. Sin embargo, algunos de los reclamantes les niegan el principal derecho que poseen como ciudadanos: el de votar. Que metan…lo que hay que meter, menos el voto. Ese derecho lo niegan los legisladores de los partidos Nacional, Colorado e Independiente, adalides de la patria fracturada. Con el criterio de esos legisladores, ni Artigas hubiera podido votar. Ante tanta mezquindad, será la ciudadanía la que decidirá si todos los uruguayos podremos votar. No hubiera sido necesario el plebiscito si dos tercios de legisladores hubieran votado la enmienda al artículo 77 de la Constitución.

Reflexionemos: no se decide si los no residentes pueden votar. Ese derecho no está cuestionado: el uruguayo, alejado del territorio nacional hace cinco, diez o cincuenta años, que tenga recursos para viajar desde donde esté y se lo permitan las condiciones de trabajo, familiares, etcétera, puede votar. En el ejemplo de los jugadores celestes, que sus clubes no tengan partidos ese fin de semana y que sus dirigentes los dejen viajar…

El impedimento es clasista en el peor sentido. Se retrocede a la Constitución de 1830, que exigía para votar no ser «sirvientes a sueldo, peones, jornaleros y soldados de línea», además de no ser analfabeto, con lo cual sólo el 10% de los habitantes obtuvo la ciudadanía y la cifra de electores estuvo por debajo del 5%. ¡Qué bueno sería para Lacalle, Bordaberry y Mieres, excluir del derecho al voto a toda esa «ralea» que hoy vive en ‘sucuchos’ o ‘cuevas’, como en 1830! Pero ­manes de la democracia­ por lo menos, tratan de evitar que vengan desde el exterior.

«El total de residentes uruguayos (en el exterior) a diciembre de 2004 se estima en 443.208 personas.» Si se suman sus hijos ­también uruguayos­ se alcanza una cifra no inferior a los 600.000 («Estimación de la emigración internacional uruguaya entre 1963 y 2004″, de Wanda Cabella y Adela Pellegrino). Es decir, es el 15% de los uruguayos, uno de los porcentajes más elevados del mundo. Dichas investigadoras cifran por períodos la emigración en 200.000 personas (1963-1975), 180.000 (1975-1985), casi 100.000 (1985-1996) y, según los registros del movimiento de pasajeros, aunque aminorada los últimos años continúa, pues en 2005-2006 fue de 27.000.

La emigración es un mal estructural del sistema capitalista y de Uruguay en particular. La desigual distribución de la riqueza entre los continentes y los países, atrae hoy hacia los de mayor desarrollo económico a personas de las regiones y países de menor desarrollo. Se trata tanto de una emigración no calificada ­para los trabajos indeseados y peor remunerados­ como de una calificada. Uruguay presenta un perfil de emigrado joven (entre 2000 y 2006, el 55% de las personas tiene entre 20 y 29 años) y de nivel educativo medio y alto. La mayoría se ha ido por necesidad, dada la incapacidad del país de ofrecerles condiciones de trabajo y vida apropiadas.

¿Qué criterio de nación predominará? ¿Incluyente de todos los compatriotas o restrictivo? ¿Valoraremos sólo el hecho de compartir el territorio, o también la identidad, la cultura, los vínculos sociales? La mayoría de los residentes en el exterior no han dejado de ser y sentirse uruguayos, y no sólo se identifican donde estén por el termo y el mate, el candombe o la celeste, sino que están pendientes del país ­vía de familiares, medios de comunicación, Internet­, ayudándolo siempre. Ingresan al país aproximadamente 150 millones de dólares por remesas anuales, y en 2008 fueron 208 millones; 300.000 no residentes llegan como turistas al año. Y aportan como científicos, artistas, profesionales, deportistas, representándonos en todas partes. Muchos sueñan con regresar, esperando primero obtener su jubilación en los países donde están.

El derecho al voto de sus ciudadanos en el exterior, es decir a la ciudadanía plena, lo han iniciado las naciones con fuerte peso de la emigración: España, Italia, Francia, pero setenta naciones ya lo han incorporado. En América Latina, Colombia (1963), Brasil (1965), Bolivia (1984), Ecuador (2002), y también Perú, Venezuela, Dominicana, Honduras, Nicaragua, Panamá, México. No le demos al mundo el ejemplo negativo y cada vez más solitario de mezquindad, violando tratados y convenciones internacionales ratificados por Uruguay, que reconocen ese derecho como fundamental. El 25 de octubre no sólo importa achicar la fractura social de la pobreza y exclusión social, sino eliminar la fractura con nuestros compatriotas no residentes.

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