EDITORIAL

Se consolida el pacto rosado

Si alguien todavía abrigaba dudas sobre eventuales diferencias ideológicas, políticas, programáticas o en el aspecto que fuera, que distinguirían al Partido Colorado del Partido Nacional, los doctores Lacalle y Batlle se han encargado de disiparlas.

Mientras el candidato blanco le reclama reciprocidad a su rival tradicional en la hipótesis de un balotaje, el ex presidente ha proclamado públicamente su intención de retribuir el gesto. En un acto proselitista en Minas de Corrales, localidad del único departamento con gobierno municipal colorado, el doctor Lacalle envió el siguiente mensaje a los votantes colorados: «Le digo a los colorados que recuerden lo que hicimos nosotros por ellos en 1999″, en referencia a la decisión del Directorio nacionalista de acompañar la candidatura del doctor Jorge Batlle en el balotaje de noviembre de aquel año.

El doctor Jorge Batlle, por su parte, adujo razones de lealtad política para su decisión de votar a Lacalle en un eventual balotaje que lo enfrente a Mujica. «Lo voy a votar de la misma manera que él me votó a mí», sostuvo el polémico líder quincista.

Esta postura del doctor Batlle ­aunque no representa oficialmente a toda su colectividad­ no debe sorprender a nadie, ya que no es sino la confirmación, o la oficialización, de algo que viene arrastrándose desde hace ya un buen tiempo y que tuvo su primera expresión en la reforma electoral de 1996. Teniendo a la vista el resultado de la elección de 1994, en la que se había registrado prácticamente un triple empate, blancos y colorados pergeñaron la incorporación del balotaje al sistema electoral uruguayo. De ese modo pretendían evitar un posible triunfo del Frente Amplio, cosa que lograron en la siguiente elección pero que no pudo impedir el triunfo en 2004.

Pero la reforma electoral introdujo otras novedades de enorme importancia que suelen olvidarse y que resultaron decisivas para clarificar el sistema político uruguayo.

Nos referimos a la derogación del doble voto simultáneo y la obligación de que cada lema concurriera a los comicios con un candidato único a la Presidencia. Esta disposición llevó a que las cooperativas de votos que eran los partidos tradicionales, que se presentaban ante el elector con multiplicidad de candidatos a la Presidencia ­cada uno de ellos con un programa diferente y, por lo general, radicalmente opuestos­, ofrecieran una única opción. Recuérdese cómo en el 89, por ejemplo, Alberto Zumarán fue candidato a presidente de Por la Patria, con un programa de avanzada inspirado en el ideario de Wilson Ferreira, y terminó acumulando sus votos para que el doctor Lacalle resultara electo. Y después, Zumarán fue uno de los más fervorosos militantes contra la Ley de Empresas Públicas.

La obligación de presentar un candidato único despojó a los lemas tradicionales de sus sectores progresistas, los cuales se vieron reducidos a meros grupos testimoniales o directamente se incorporaron a las filas del Frente Amplio.

Los partidos históricos se mimetizaron, dejando por el camino sus perfiles, y actualmente representan a la derecha de la sociedad.

El doctor Larrañaga, y los sectores que lo apoyan, que pretenden encarnar lo poco de wilsonismo que aún queda en el Partido Nacional, han sido derrotados por los sectores más conservadores y debieron resignar sus aspiraciones de ser el centro para acompañar, sin chistar, la cruzada restauradora del líder herrerista.

De modo que el panorama está claro para el elector: sabe que al votar a cualquiera de los dos partidos históricos estará eligiendo una única opción conservadora. A no engañarse.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje