Un patrimonio universal que fortalece la común identidad

En el mundo globalizado en el que nos toca vivir, la preservación de la identidad es quizás uno de los mayores desafíos con los que se enfrentan los pueblos. La globalización, con todas las oportunidades que nos brinda, nos plantea el riesgo de vernos subsumidos en una suerte de identidad universal que es también un producto de las relaciones reales de poder mundial. No se trata de exacerbar sentimientos conspirativos, ni de plantear confrontaciones inconducentes, sino simplemente de verificar hechos y saber actuar en consecuencia.

Así como la identidad de los individuos se va conformando desde el inicio de la vida con los aportes del entorno familiar, su historia y sus tradiciones, es luego la sociedad la que va conformando y contorneando las propias realizaciones personales. Nadie es sólo hijo de sus padres y de su ambiente, pero nadie llega a ser quien efectivamente es si niega, reniega o ignora sus orígenes.

Algo muy similar ocurre con los pueblos. En el mundo global, fuertemente influido por los medios de comunicación, la gran cuestión parece radicar en responder con sabiduría al dilema de: ¿Cómo estar sin dejar de ser?

Ayer se supo de la decisión de la Unesco de reconocer al tango como «patrimonio inmaterial de la humanidad», lo que supone un importante logro en la afirmación a escala mundial de la identidad cultural del Río de la Plata. Este reconocimiento fue el producto de la acción conjunta de uruguayos y argentinos impulsada por la iniciativa también común de la Intendencia Municipal de Montevideo y del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Un reconocimiento similar obtuvo Uruguay con relación al candombe. Doble triunfo entonces para nuestro lugar en el mundo de la cultura universal.

Hubo tiempos en que el tango y el candombe eran negados por las elites culturales de las dos grandes capitales platenses. El primero, por asociarlo a la cultura arrabalera de los suburbios, territorio de burdeles y conventillos, poblado de prostitutas y compadritos cuchilleros. El otro, por tratarse de la expresión sobreviviente de la cultura afroamericana, recordatorio vergonzante de la barbarie esclavista y testimonio de rebeldía de quienes aún hoy, luchan por su definitivo reconocimiento. Ambos, por ser la expresión genuina del sentimiento popular, siempre amenazante a los ojos prejuiciosos de las minorías.

Hizo falta que el tango triunfara en Europa en las primeras décadas del siglo pasado, para que las puertas cerradas por el colonialismo cultural comenzaran a abrirse a una de las expresiones más ricas de la cultura popular universal.

Y recién entonces comenzamos a valorar debidamente a esta amalgama casi incomparable de música, poesía y danza. Le atribuyen a Discépolo, uno de sus más grandes poetas, haber definido al tango como «un sentimiento triste que se baila», ignorando, en un exceso de humildad, que sus propias letras suenan hoy con la misma desgarradora actualidad que seis décadas atrás. ¿No tendrá que ver eso de la tristeza con la frustración de nuestros grandes sueños colectivos? Y fue el escritor estadounidense Waldo Frank quién lo definió como «la danza popular más profunda del mundo».

Esta piedra preciosa de nuestra cultura, tallada a cuchillo de compadres y pulida con el roce del cuerpo de las milongueras, pareció extraviarse a comienzos de la década de los sesenta. Toda una generación se crió en el silencio de los bandoneones. Sólo nos quedaba la tristeza que supo estallar en furiosas rebeldías. Sin embargo el tango no había muerto y hoy nos sorprende con una vitalidad arrolladora que se expresa en los miles de jóvenes que se rinden ante su liturgia renovada y en este reconocimiento internacional que nos llena de alegría.

Al celebrar la decisión de la Unesco, no perdamos la oportunidad, uruguayos y argentinos, argentinos y uruguayos, de reflexionar seriamente acerca de la importancia de enfrentar juntos los desafíos que se nos presentan.

Si las dificultades nos dividen, habrán vencido las dificultades y los que con ellas se benefician. Si por el contrario somos capaces de enfrentarlas juntos, no sólo sabremos superarlas sino que como en este caso, reafirmaremos ante el mundo que en este «Sur que también existe» hay dos pueblos que son sólo uno al tiempo de defender sus valores y proyectar su porvenir.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje