Lo que falta para llegar a la meta
Los titulares que dan cuenta de las últimas encuestas electorales a fines de setiembre consignan la caída del Partido Nacional y ponen el acento en que «el Frente Amplio le gana a toda la oposición junta». Eso está bien, pero no alcanza para ganar en primera vuelta. Es una condición necesaria, pero no suficiente. Por eso hay que evitar todo triunfalismo y no dormirse sobre los laureles, porque puede resultar fatal. Hay que esforzarse todos los días a toda hora para conseguir más votos para el Frente. Si falta un poquito, perdemos y hay que enfrentar una problemática segunda vuelta. Todos los esfuerzos son necesarios para ganar en la primera, con un margen mayor que el que llevó a la Presidencia a Tabaré Vázquez, para mayor seguridad.
Hay comentarios que introducen una enorme confusión, que puede ser un suicidio, cuando hablan de que se necesita el 50% más uno de los votos válidos. No es así, en absoluto. Hay que alcanzar el 50% más uno de todos los votos emitidos, a cualquier título que sea. El artículo 151 de la Constitución, injertado a fórceps por blancos y colorados en la reforma constitucional, establece: «El Presidente y el Vicepresidente de la República serán elegidos por el Cuerpo Electoral por mayoría absoluta de votantes». Quiere decir que en un platillo de la balanza se colocan los votos del Frente Amplio y en el otro todos los demás: los votos por los restantes partidos (Nacional, Colorado, Independiente, Asamblea Popular y algún otro como el PT), más todos los votos en blanco, los observados, los anulados, todos estos juntos y sumados. El primer platillo debe pesar más. De lo contrario sonamos, aunque nos falte un voto.
Huelga decir que es el régimen más antidemocrático que rige en el mundo entero. Lo sostengo sin ninguna vacilación. En algunos países basta tener la mayoría relativa para ganar la Presidencia. En otros, donde se instauró el balotaje, se toman en cuenta exclusivamente los votos válidos. En otros, como en Argentina, se establece un mecanismo complementario: por ejemplo, alcanzar como mínimo el 40% y, además, superar en más del 10% al que llega en segundo lugar. Aquí no existe nada de eso. Hay que superar la mayoría absoluta de todos los votos emitidos a cualquier título, incluso los que serán anulados y los tramposos. (Lo mismo vale, dicho sea de paso, para el referéndum sobre la Ley de Caducidad: el que no coloca la papeleta rosada en el sobre está votando contra su anulación).
Recuerdo perfectamente cuando la reforma constitucional que consagró este balotaje inaudito se discutió en el Senado. Hubo intervenciones descollantes de Joselo Korzeniak, de Danilo Astori, de Jaime Pérez, para eliminar o atemperar este mecanismo absurdo y falaz, pero se estrellaron contra la muralla, no ya de razón alguna, sino de los votos sumados de blancos y colorados, que en esta materia fueron inflexibles. En realidad, toda la reforma constitucional se hizo para impedir la llegada del Frente Amplio al gobierno. Lo que lograron fue retardarla por un período. Antes de la elección en la que triunfó Tabaré, ya el Frente era el primer partido, pero no llegó al 50% más uno y perdió en la segunda vuelta frente a la sumatoria rosada. Dijimos entonces que se nos había colocado el listón muy alto, pero aceptamos el desafío y en 2004 saltamos más arriba. Ahora hay que repetir la hazaña, y con un margen mayor.
Quienes venimos siguiendo este último tramo de la campaña electoral, tenemos la convicción profunda de que estamos ante una posibilidad real. La campaña se ha enderezado, ha superado escollos, se hace en unidad absoluta. Esto es lo que debemos valorar por sobre todas las cosas. Cuando andamos por América Latina vemos cómo en todas partes se valoriza la experiencia unitaria del Frente. Sin vanagloria podemos decir que es una fuente de inspiración y de reflexión para muchos partidos, y más en esta hora de transformación y cambio, de nueva época en el continente. Por eso nuestra responsabilidad de hacer las cosas bien es no sólo un compromiso con la sociedad uruguaya, sino con los pueblos hermanos de nuestra América.
Y para ello hay un amplio margen. De ninguna manera el Frente ha llegado al techo, de eso tengo también la más profunda convicción. Y puede fortalecerse con el aporte, la participación y el voto de compatriotas venidos de otras tiendas políticas, lo cual está inscrito en la mejor tradición del Frente desde su fundación hace 38 años, que atravesó la prueba de fuego de la dictadura y siguió adelante en la etapa de la recuperación democrática hasta hoy. Recordemos lo que significó en aquel momento augural la valentía de figuras como Zelmar Michelini y de dirigentes blancos que saltaron la valla de los lemas tradicionales y vinieron a la gran corriente de pueblo y de la izquierda. Las formidables realizaciones del gobierno frenteamplista, que se trata de continuar a un nivel más alto en un segundo gobierno que sea de continuidad y de cambio progresivo, constituyen un poderoso acicate en esa dirección. Baste citar las perspectivas abiertas por el Plan Ceibal. Los nutridos actos de nuestra fórmula en el Interior o iniciativas surgidas de la entraña popular y juvenil como el banderazo, revelan que nuevos contingentes humanos, de muy distintos orígenes, se incorporan a la patriada. Ello alimenta un optimismo razonado y, más que nada, ganas de trabajar por la victoria.
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