Unasur, la guerra y la paz
Los imperialistas norteamericanos y las burguesías cipayas asociadas tienen sobradas razones para orquestar una campaña internacional contra Chávez. Una de ellas está dada por su distinción inteligente entre estrategia y táctica (la estrategia busca ganar la guerra, la táctica cada batalla de ella). Al día siguiente de la asunción de Vázquez en el Salón Azul de la IMM, aquél subraya la necesidad de apoyarlo y asimismo sostiene que había que aprender de Mao. En medio de una prolongada guerra civil entre los nacionalistas del Kuomintang y los comunistas, los imperialistas nipones invaden China (1937). Es cuando los comunistas detienen la guerra y proponen un frente unido anti-japonés. Este es aceptado por el Kuomintang y se mantiene mientras dura esa invasión y la Segunda Guerra Mundial, no sin sobresaltos ni combates parciales. Vencido Japón, los comunistas reanudan la guerra civil hasta vencer.
Cuando EEUU reactiva su IV Flota apuntando al Caribe y a América del Sur, las doce naciones sudamericanas firman el Tratado Constitutivo de la Unión de Naciones del Sur (Unasur) el 23/5/2008, ratificado aún por pocos (Uruguay es uno). Evo responsable de la redacción afirma que Unasur «es el punto de encuentro de los países de nuestra América». Lula abunda: «estamos superando la inercia, la resistencia que a lo largo de 200 años de vida política independiente impidieron que marcháramos juntos el camino de la integración».
La utilización por EEUU de bases en Colombia ha decidido a Venezuela a reforzar sus compras de armamento a Rusia y a Brasil, a comprar a Francia por valor de 12.000 millones de dólares para defender sus recursos naturales (petrolíferos, acuíferos, etc.). Unasur resuelve: «Instruir al Consejo Sudamericano de Defensa, para que analice el texto sobre Estrategia Sudamericana, Libro Blanco, Comando de Movilidad Aérea (AMC)» del Pentágono. Frente al intervencionismo en los asuntos internos de Colombia y la amenaza a otros países, hacen bien los vecinos fortaleciéndose militarmente. Condenar «la carrera armamentista» sin discriminaciones (Vázquez) es, en el más benévolo de los juicios, una ingenuidad.
Unasur ha dado pasos trascendentes: ha frenado la escalada separatista y golpista contra Evo Morales o la provocación colombiana contra Ecuador, ha condenado a los golpistas de Honduras y se ha movilizado ante la instalación de bases extranjeras. Levanta una barrera firme contra los planes bélicos estadounidenses y esboza la perspectiva estratégica de integración económica, política y militar. Por ende, para el imperialismo y sus socios sería ventajoso que desapareciera. Pero los gobiernos pro-norteamericanos (Colombia y Perú) no han tenido otra opción que sumarse a ella, mientras convierten a sus países en satélites y amenazan con irse. Lacalle ha ido más lejos y se ha situado a su derecha: de ganar la elección, Uruguay se retiraría.
Este bloque sudamericano independiente representa un frente táctico contra el imperialismo que, sin embargo, bosqueja perspectivas estratégicas distintas. «La idea de integración conlleva una doble proyección: por un lado, abroquela a Sudamérica y se propone defenderla, incluso militarmente, contra Estados Unidos; por el otro, con un agresivo plan de infraestructura que coloca a Iirsa (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana) como centro de gravedad, se propone reafirmar y desarrollar el sistema capitalista regional […] si de un lado choca con las necesidades y los planes de Estados Unidos, por otro colisiona con una perspectiva socialista». (Luis Bilbao, «Venezuela en Revolución». 2008)
Comprender dialécticamente la realidad, implica saber que en Unasur se libra un combate político e ideológico, reflejo de las luchas entre bloques de clases, entre quienes optan por un capitalismo independiente bajo hegemonía brasileña y quienes optan por el socialismo.
Los gobiernos de Perú y Colombia son los voceros imperialistas de la región. Los de Bolivia, Ecuador y Venezuela sostienen posiciones anti-imperialistas y socialistas. Los del Cono Sur Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay oscilan, mientras Brasil como Estado proyecta convertirse en potencia económica, política y militar. Que no se convierta en nueva potencia imperialista dependerá de las otras naciones sudamericanas y de la lucha de las clases populares brasileñas.
En juego está la cuestión nacional, la concreción de la vieja Patria Grande. Ha dicho Chávez: «La historia antigua y reciente lo confirma: no hay dominación posible si previamente no se socavan los procesos de soberanía e independencia. Por eso mismo, el imperio tanto le teme al avance de los pueblos suramericanos hacia la unidad». Para las clases populares no cabe la indiferencia ante la disyuntiva, la acusación de «populistas» a quienes están en la vanguardia, ni tampoco la postura ultra-izquierdista de meter a los gobiernos del Cono Sur en la misma bolsa con los de Colombia y Perú, o negarse a valorar las diferencias entre los eventuales gobiernos de Mujica y Lacalle.
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