Dawson Isla 10 y el recuerdo de Lucho Corvalán
El 11 de setiembre el mundo recordó a Salvador Allende, el presidente mártir de América Latina, a los 36 años del golpe pinochetista. Se reprodujo en esta ocasión una nota de Fidel Castro, que reseñaba su actuación en La Moneda, hora por hora, en ese fatídico día, pero referido casi exclusivamente a su carácter de combatiente con las armas en la mano. Hay solamente una breve referencia final a su discurso de las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, que quedó en la historia para siempre.
Esta versión de los hechos, con información de primera mano, descarta definitivamente la tesis del suicidio. Sobre el tema hemos polemizado en más de una ocasión. El asesinato de Allende está descrito con toda precisión: «A las dos aproximadamente (…) el presidente estaba parapetado, junto a varios de sus compañeros, en una esquina del Salón Rojo. Avanzando hacia el punto de irrupción de los fascistas recibe un balazo en el estómago que lo hace inclinarse de dolor, pero no cesa de luchar; apoyándose en un sillón, continúa disparando contra los fascistas a pocos metros de distancia, hasta que un segundo impacto en el pecho lo derriba y, ya moribundo es acribillado a balazos».
Antes, en horas de la mañana, se había producido el bombardeo del Palacio de la Moneda por los Hawker-Hunter, que yo presencié desde la esquina de Teatinos. Antes aún había visto la huida de las tanquetas cebradas de carabineros del general Mendoza, el felón que Allende estigmatizó.
En esta fecha se estrenó la película de Miguel Littin titulada «Dawson Isla 10″, basada en la novela del mismo nombre de Sergio Bitar, que fue ministro de Minería del gobierno de la Unidad Popular. El libro retrata la vida de los prisioneros políticos de la dictadura recluidos en esa isla situada en el extremo sur del continente. Bitar fue uno de los 99 presos llevados a la isla y en su libro aparecen José Tohá, Orlando Letelier, Clodomiro Almeyda, entre otros. En cambio, se ha señalado críticamente que el libro (y la película) hayan excluido a los comunistas presos en Dawson, entre ellos Luis Corvalán, secretario general del Partido Comunista, el subsecretario del Interior Daniel Vergara, el rector de la Universidad Técnica del Estado Enrique Kirberg, el ministro de Economía José Cademártori (que yo entrevisté en su despacho en vísperas del golpe y que participó hace un tiempo en Montevideo en una actividad de la Fundación Rodney Arismendi).
La presentación de la película en Santiago reunió a varios supervivientes de Dawson con los realizadores de la película y con autoridades del gobierno chileno, comenzando por la presidenta Michelle Bachelet. Esta tuvo un encuentro muy cálido y afectuoso con Luis Corvalán, ampliamente difundido. Se recordó en el acto que Corvalán (que era Isla 2) fue el único prisionero entrevistado en la isla por un medio de prensa extranjero, la revista brasileña Visâo, y que una de sus frases dio la vuelta al mundo: «Amo la vida, pero no le temo a la muerte si he de morir por una causa justa». Otros libros dedicados al mismo tema fueron mencionados en la ocasión, como «Dawson», de Sergio Vuscovic, ex alcalde Valparaíso, «Cerco de Púas» de Aníbal Quijada, «Testimonio de un destierro» de Edgardo Enríquez, «Reencuentro con mi vida» de Clodomiro Almeyda, además de un capítulo («En el infierno helado») del libro del propio Corvalán «De lo vivido y lo peleado».
Esta reaparición pública del antiguo dirigente comunista chileno despertó en mí una oleada de recuerdos.
Lo conocí en el Congreso del PC chileno de 1969 que decidió impulsar con toda energía la candidatura de Allende, instancia en la cual acompañé a Rodney Arismendi y a Juan Diakakis. En esa ocasión visitamos a Neruda en Isla Negra junto con Volodia Teitelboim. Después, ya en la campaña electoral de 1970 que culminó en la victoria, fui a entrevistarlo a Santiago, y me propuso hacer el reportaje durante la gira de Allende. Presencié actos memorables, como el de Valparaíso, con Neruda diciendo sus poemas y Allende con un discurso programático de fondo. Allí pude apreciar la perspicacia política de Corvalán. Observando el frente embanderado de las casas, me hacía notar que había mucho Alessandri (derecha) y muy poco Radomiro Tomic (Democracia Cristiana), y que la Unidad Popular sólo podía ganar con una mayoría relativa si los otros dos candidatos se repartían los votos más o menos por igual. Y así ocurrió: Allende ganó con algo más del 35% de los votos.
En esa gira me invitó a almorzar a un apartamento que tenía en Viña del Mar, y antes pasamos por el puerto a conseguir unos pescados. Los pescadores amigos se los querían regalar, y él no aceptaba de ningún modo. Al final terminaron regalándomelos a mí, que se los llevé en triunfo a su esposa y los regamos con buen vino chileno, como cuadra.
En el período entre la victoria electoral y la asunción de Allende, en octubre 1970, Corvalán participó en Uruguay en un acto del PCU junto con Arismendi en el desaparecido cine Astor (con entrada por Agraciada y por Yatay) y expuso la experiencia unitaria de la Unidad Popular. Fue un valioso antecedente para la creación del Frente Amplio en febrero siguiente. Cuando lo despedíamos en Carrasco, estallaron los sucesos de Bolivia. El conocía muy bien sus entretelones y aconsejó que yo viajara a La Paz. Esa tarde me estaba embarcando y debo agradecerle porque (después de no pocas vicisitudes), pude presenciar la asunción de Juan José Torres al Palacio del Quemado en hombros de los mineros, y todo lo demás.
En otra de las vueltas de la vida fui a comer a su casa en Santiago, lo hicimos en un terreno al aire libre, entre medio de gallinas que picoteaban aquí y allá. Su esposa tenía un alma campesina y él era un ejemplo de la cordialidad y el ánimo fraterno de los chilenos, que no es poco decir.
Ahora acaba de cumplir 93 años, vivito y coleando. Enhorabuena, don Lucho.
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