Aparicio, guerrillero de la patria grande

«La revolución está en pie y la lucha continúa. Pero no es sólo para decir que la revolución continúa, sino para demostrar que no es tan fácil derrotar a un pueblo a quien lo guía la justicia de una causa y el derecho de vivir en paz. Ahora veo claramente todo: los rebeldes son tantos y van y vienen a lugares tan diferentes, que es imposible atraparlos. Pero siento la necesidad de unificar todas estas partidas que andan huyendo de la persecución gubernista, saltando de un lado a otro, en pequeños grupos. ES NECESARIO UNIFICAR ESAS PARTIDAS Y CONVERTIRLAS EN UN GRAN EJÉRCITO, QUE NO ESTARÁ COMPUESTO SÓLO POR BRASILEÑOS, SINO POR ARGENTINOS, URUGUAYOS Y DE OTROS PAÍSES. Y PODREMOS FORMAR UN GRAN EJÉRCITO AMERICANO».

APARICIO SARAVIA ­ 1895*

Las masas rurales que convocaba el movimiento saravista eran las de los desheredados de la campaña. Los «mas infelices», al decir de Artigas, los eternamente postergados y expatriados de la república oligárquica constituida por los agentes del puerto, sus mercachifles y doctores, sustentados por las tropas mercenarias que pagaba el capital inglés a cuenta de la riqueza de nuestros campos.

La república que surge tras la derrota sangrienta del artiguismo a manos de los veteranos ejércitos portugueses comandados por el general Lecor y Beresford, el mismo que había venido con las invasiones inglesas, es la consagración de la republiqueta oligárquica unitaria. La mentada Constitución impuesta en 1830, excluía de la ciudadanía a todos los habitantes menos: varones blancos, propietarios, alfabetos. Excluía a mujeres, negros, indios y cualesquiera no alfabeto ni propietario. En el mejor de los casos un 5% de la población adulta. Para el patriciado del puerto vivíamos bajo estado de derecho, su Constitución era la adecuada a sus negocios y formas de vida. Pero no para la multitud de desarrapados de la campaña, despojados de derechos republicanos. ¿Pedirles fidelidad a una Constitución que los excluía? A poco de tener los pies en la tierra y el corazón paisano, los Saravia no podían sentir respeto por los que había que sacarles a balazos migajas de derechos, a cambio de dejar el tendal de paisanos muertos y lisiados en cada campaña.

A la impopularidad de la carta debemos agregar la de sus mentores y ejecutores, los cuales, desde Rivera en adelante, con su Salsipuedes, cuanto valía su palabra y buena fe, y en cada batalla demostraron su proverbial «inclemencia para los vencidos», aplicando degollatinas masivas a cuantos no escapaban de sus garras. La política de tierra arrasada se impuso, por parte del la facción unitaria riverista a lo largo de todo el siglo XIX. Fue la excepción la revolución del Quebracho, en 1886, en la que Santos supo perdonar a los hijos del patriciado montevideano, tal vez por eso mismo, ser blancos, letrados e hijos de sus vecinos y compadres…

La llamada república y su mentada Constitución, garantizaban militarmente el funcionamiento de «la estancia cuyo directorio está en Londres», como bien lo dijo Julio Herrera y Obes, presidente en 1894. El alambrado había expulsado definitivamente a los pobladores de la campaña, a lo que se llamó «pueblos de ratas»*.

La revolución era entonces la única oportunidad de vida para los condenados al hambre o al abigeo.

Chasteen dice refiriéndose a los combatientes que acompañaron a Gumersindo Saravia hacia el Brasil: «Muchos de los agregados y jornaleros eran negros y mulatos…había vagabundos harapientos negros, indígenas, blancos y mestizos provenientes de mezclas varias: la última generación de gauchos verdaderos… Algunos todavía sabían la lengua indígena, el guaraní». No era broma aquello de «los indios de Aparicio», pero también supo reunir tras de sí a lo mejor de la juventud montevideana. Entre ellos, Javier de Viana, Herrera, Carlos Roxlo y «Pepe «Villamil, actuaron de cobradores de impuestos revolucionarios en la campaña de 1904. Pasada la contienda un colorado acusó a Viana de ladrón y le preguntó si pensaba pagar los bonos revolucionarios algún día, a lo que éste respondió: «Si hubiéramos ganado, sí».

Esa juventud patricia de Montevideo, vuelta a casa tras la muerte de Saravia en 1904, vio la realidad social que había a «extramuros de la ciudadela». Carlos Roxlo y Luis A. de Herrera se juramentaron que de volver con vida, lo primero que harían eran leyes de protección al trabajador. Y eso mismo hicieron. Herrera y Roxlo presentan en 1905 la primera ley laboral, limitando la jornada de trabajo a 10 horas, las leyes de pensiones a la vejez y otras más, que en el transcurso de los años, vencidos y vencedores unidos pondrán en marcha en el primer cuarto del siglo XX.

Al pituco que propone bañar a los pobres, «sacar de circulación» a los desesperados. Vive en la lucha por la integración americana, soberanía y redención social.

Aparicio pertenece al pueblo fiel a su mandato: «Patria para todos».

*Luis Vignolo, «La revolución social saravista».

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