Lo que queda por hacer
No caben dudas de que el gobierno progresista ha logrado éxitos resonantes en varias áreas del quehacer nacional. No obstante, entre ese cúmulo de logros y de mejoras en la calidad de vida de la población, es preciso señalar algunos flancos débiles.
Aunque la reforma impositiva implantada por el gobierno actual es uno de los blancos predilectos de la oposición para atacar al gobierno, creemos que con explicaciones sencillas se puede demostrar la falsedad de ciertas acusaciones caras a la oposición. Del mismo modo, el otro caballito de batalla que blancos y colorados montan con entusiasmo para lanzarse, sable en mano, a denostar al gobierno la inseguridad puede desvirtuarse con sólo observar cómo ha mejorado la eficiencia policial en la previsión, la persuasión y la represión del delito; es más, hay que resaltar que nunca antes se había logrado asestar golpes tan certeros al gran contrabando, al narcotráfico y a la corrupción interna en el instituto policial.
Pero precisamente ese mejor desempeño policial (que consigue aportarle pruebas firmes al magistrado para que éste decrete el procesamiento del detenido) se ha traducido en un notorio incremento de la población carcelaria. Sin una adecuada infraestructura edilicia, sobre todo después de constatarse la mala calidad de los módulos metálicos, el Estado se ve en figurillas para cumplir a cabalidad con el artículo 26 de la Constitución, que establece textualmente: «En ningún caso se permitirá que las cárceles sirvan para mortificar, y sí sólo para asegurar a los procesados y penados, persiguiendo su reeducación, la aptitud para el trabajo y la profilaxis del delito». El hacinamiento, que no es de ahora sino que proviene de la imprevisión de los gobiernos anteriores, juega fuertemente en contra del precepto constitucional ya que torna prácticamente imposible todo intento de reeducación y la consiguiente rehabilitación y reinserción laboral y social. Nos consta que el gobierno se preocupa por esa situación en el sistema carcelario, y sabemos que en esa materia hay propuestas concretas para mejorarlo.
Otro problema, también vinculado con la delincuencia y que se ha convertido en una pesadilla, es lo que tiene que ver con la minoridad infractora. No son demasiados los jóvenes problemáticos, pero su comportamiento tiene efectos espectaculares y genera la explicable angustia de la población. Aquí se ha incorporado en los últimos años un factor nuevo. Estamos hablando de la adicción a una sustancia especialmente nociva: la famosa y nefasta pasta base, cuyos efectos causan trastornos psíquicos y convierten al individuo en un peligro para la sociedad.
Tanto desde la Junta Nacional de Drogas como desde el INAU, las autoridades han desarrollado una batería de medidas plausibles para el combate a las drogas más duras y perniciosas. No obstante, los locales del INAU destinados a recluir a los menores más peligrosos y tratarlos adecuadamente se han vuelto insuficientes y exhiben carencias de todo tipo. Pero además, en esta área los esfuerzos del gobierno chocan contra la muralla sindical, ese gremialismo mal entendido que muestra un nefasto espíritu corporativo.
Las autoridades del INAU deben luchar, pues, contra la droga y los malos hábitos de los jóvenes, y al mismo tiempo contra la intransigencia y los vicios de un sindicato cuyas actitudes a veces parecen inexplicables.
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