"Presentación de la política"

Hay un grado de vitalismo que expreso constantemente en mi pensamiento acerca de la filosofía política y que contrasta con quienes subrayan la discontinuidad de la política. No tengo optimismo como tampoco vitalismo. Si pensamos que en la filosofía contemporánea hay posiciones mortuorias en vez de vitalistas, diría que son las fundamentales. Basta pensar en Heidegger que es la filosofía de la muerte. La actitud represiva como negación de la política sólo puede organizarse sobre la muerte y el miedo. Por otra parte, es lo que siempre han enseñado los curas: la muerte como fin de la vida y el pecado como organización de la vida. Veamos, en cambio, cuál es la pasión fundamental que está en la base.

Yo considero que el ser, esta cuestión de la que tanto la filosofía como la política deben ocuparse, es un ser productivo. Es una posición que tiene una historicidad, de Maquiavelo, a Spinoza, Marx y el posestructuralismo. Es una línea respecto de la cual apostamos como apostamos siempre en la vida. Pienso que la vida es una cosa malditamente pesada, dura, pero que es construida. Pensemos en un bebé que nace, si no fuéramos un poco optimistas y no lo amáramos, moriría de inmediato y, en general, debemos tomar ese ejemplo para todo lo que sucede en la vida. Es sólo el amor, la solidaridad, la reciprocidad, lo que permite que la vida se reproduzca y pasar de las fases más elementales ­la asistencia a un bebé­ a lo que está hecho de ayudarse, de enseñarse el lenguaje, de trabajar, cosa que nunca hacemos solos, y así sucesivamente. Es este amor, en sentido ontológico ­no tiene nada que ver con Freud ni con la pornografía­ amor verdadero, sólido, el que construye la vida. ¿Si a eso lo quieren llamar optimismo? Llámenlo optimismo. Ciertamente, si no existiera este optimismo, que no es optimismo sino simple realismo, la vida no existiría. Fui anarquista en el sentido de individualidad antes de que me catalogaran de situacionista. Cuando tenía 20 años, trabajé en una comunidad congelada en los desgastados niveles de la fama, y el éxito y deviene en anarquista, individualista sobre la exigencia de una vida en común. Experimenté esa fase de mis tránsitos que fue muy bella. Después abordé mi tarea en el pensamiento contemporáneo, lógicamente en política y se me asimiló dentro de la internacional situacionista. Me inserté sobre todo en un proceso de lucha, entre los años 80, que fue creativo, realmente formidable, y que me permitió desarrollar una crítica extremadamente fuerte.

En Argentina, el 68 no fue un mayo, no fue un mes, fueron 15 años que nos permitieron, a mí, a miles, a millones de compañeros, desplegar una crítica del capitalismo como crítica, justamente, del modo en que el capitalismo maneja las pasiones. Luego de lo cual sufrí, viví exilios y huidas desastrosas por un discurso al margen de las corporaciones mafiosas del pensamiento único, que me permitieron desde la distancia hacer una revisión crítica, interpretando, criticando mi viejo anarquismo, pero recuperando al mismo tiempo esa capacidad que sólo da el estado de sobrevivencia de fundar sobre el mecanismo conatus vivente el conatus de vida, el conatus sensible, el amor o la cupiditas, como el momento de asociación constructiva y constituyente. Y después, el amor racional, ontológicamente constructivo, que me permitió reconquistar, no sólo el sentido de la tarea de vivir el pensamiento en acción, como instancia político-cultural en mi actividad individual, que el anarquismo, al margen del discurso retórico del político burgués me había enseñado, junto al sentido de la pasión que debe cubrir los conceptos y permitirles desarrollarse. Cuando, por otros motivos, me encontraba frente a un análisis constitucional positivo, aprendí de esa manera, por ejemplo, a evaluar si detrás de cada fórmula jurídica existía un conjunto de pasiones que era cultivada. Y cuando, posteriormente, en la etapa que siguió al exilio, me encontré con la temática de la crítica de las instituciones, del globalismo, del desarrollo de la biopolítica, el desarrollo foucaultiano, esas cosas se unieron y se dio esa síntesis que fue más o menos correcta. No creo que la historia de la filosofía nos enseñe mucho, al contrario como expreso en mi ensayo Per Se: «Espero no ser el único que no fue castrado por la historia de la filosofía».

La política, o sea, la elección de los conocimientos y las actividades que llevamos sobre la cosa común, sobre el Commonwealth, sobre la riqueza común, es fundamental. En general, la política, es decir, este conocimiento, esta experiencia ampliada del saber común para la reproducción del común, de la libertad, está en la base de todo saber. La vida de la comunidad está trazada sobre la política. La relación de gobierno es cada vez más una relación que ya no es para nada algo gerencial sino una relación de fuerzas; es gobierno sobre una red viva. Existe, además, una tentativa de empezar a narrar, a describir ese éxodo. Estoy convencido de que hay que salir del miedo de hacer una gran narración. Hoy recomienza el tiempo de una narración del proceso de liberación, porque todos estos elementos construyen ese mosaico sobre cuya base se puede volver a contar una historia de liberación que es absolutamente necesaria. El éxodo significa capacidad constituyente. El gran problema pasa a ser la difracción de los poderes constituyentes. Entramos en una nueva época donde lo contemporáneo vuelve a mostrar su solidez. Cuando se habla de la crisis de la forma partido se habla de la crisis de la representación política, de todo un sistema de formación y transmisión de la voluntad política que, justamente, caracteriza actualmente a la democracia. Por lo tanto, plantearse el problema más allá de los partidos significa plantearse también si existe otra forma de democracia. ¿Qué es, cómo puede concretarse el ideal de democracia absoluta? Creo que todavía se trata de moverse en el terreno de la investigación. Hoy tenemos un auténtico tejido en el cual la institucionalidad debe, muy probablemente, plantearse como problema, no de representación sino de presentación. Siempre consideré que no son los intelectuales los que inventan las formas en las que se organizan las masas o las multitudes; son ellas las que proponen a la reflexión las formas bajo las cuales actuar.

Es la inmanencia de la singularidad en el común. Esta inmanencia y esa autonomía común se dan como base tanto más institucional cuanto que si hay algo anárquico en este momento es el individualismo.

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