EDITORIAL

Las dos guerrillas

Con motivo de conmemorarse un nuevo aniversario (el centésimo quinto) de la muerte de Aparicio Saravia, desde filas blancas ­y por medio de su vocero oficial, El País­ se insiste en tratar de diferenciar la gesta saravista de la acción guerrillera en los sesenta y setenta.

Claro, se nota que los irrita profundamente que la arenga saravista que terminaba exclamando «Habrá patria para todos o no habrá patria para nadie» se haya convertido en consigna del grupo guerrillero que actuó desde mediados de los sesenta hasta 1972, cuando fue derrotado militarmente y sus miembros terminaron muertos, desaparecidos, encarcelados o exiliados. Por eso un suelto editorial de El País del jueves 10 expresa ­destilando su clásico veneno­ que dicha consigna fue «plagiada por la degeneración de parias resentidos que conmovieron a un país y un pueblo pacíficos para imponer su dictadura y de la mano otra».

Utilizando un lenguaje nada conciliador, nada respetuoso e incluso particularmente agraviante, el coro de cacatúas se desgañita para inventar y marcar una distancia que no existe entre las revoluciones de Saravia y las acciones guerrilleras del MLN: (al morir Saravia) «culminaba así la última revolución oriental, que algunos sacrílegos del pudor quieren comparar con las monstruosidades de la guerrilla de los años sesenta».

Pero sin dudas lo que más irrita al Partido Nacional, y al matutino de la Plaza Cagancha en particular, es que, al igual que lo ocurrido con los ideales que levantó Aparicio Saravia (que resultaron triunfantes a pesar de la derrota militar), los líderes tupamaros, derrotados militarmente y sometidos durante años a las peores condiciones de reclusión, cuentan hoy con la adhesión de un alto porcentaje del electorado y con las simpatías de la mayoría de la población. La izquierda toda nucleada en el Frente Amplio, que en 1971 sólo había cosechado el apoyo electoral de menos del 20 por ciento de los ciudadanos, se ha convertido desde 1999 en la primera fuerza política del país.

Del mismo modo que, luego de la derrota militar en Masoller, los revolucionarios blancos se transformaron de guerrilleros en políticos respetuosos del orden constitucional y continuaron su lucha en pos de los mismos ideales aceptando las reglas de juego de la democracia, la mayoría de los dirigentes tupamaros optaron, al salir de prisión, por continuar su lucha por medios pacíficos acatando las normas de un sistema democrático. Y ese viraje, tanto de unos como de otros, antaño y hogaño, permitió que sus ideales se plasmaran en realidad: los servidores del cuatro obtuvieron garantías de sufragio y lograron democratizar la política uruguaya de principios del siglo pasado; y los militantes del MLN accedieron a puestos claves de un gobierno popular y progresista surgido del inapelable fallo de las urnas.

Esta realidad objetiva es lo que el Partido Nacional no puede tolerar. Y por eso recurre a las peores bajezas para descalificar a los ex guerrilleros, hoy convertidos en legisladores y jerarcas del gobierno, y definitivamente reconocidos por la población como figuras de referencia.

Deberían recordar el nulo éxito que tuvo el Partido Colorado cuando en la campaña electoral anterior pretendió ensuciar a Eleuterio Fernández Huidobro y a José Mujica.

Los blancos, y El País especialmente, no se han dado cuenta de que agitar los fantasmas del pasado no reditúa electoralmente, sobre todo cuando a la población en su inmensa mayoría ya no la asusta el pasado guerrillero de algunos candidatos; del mismo modo que, a comienzos del siglo XX, poco le importó el pasado guerrillero de Luis Alberto de Herrera.

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