Alegrías de la vida
Por Niko Schvarz Periodista
El jueves pasado salía de una reunión de la Comisión Internacional del Frente y me regresaba por la calle Colonia cuando, al llegar a la esquina frente a la cancillería, me detuve ante una escena nueva para mí.
Hay allí un café y bar que en otra época se llamaba Los Estudiantes. En una mesita circular en la calle, un poco retirada de la entrada, había dos niños frente a una laptop verde claro, y enfrente uno un poco mayor frente a otra.
Los dos chiquilines movían los dedos sobre las teclas con total desenvoltura, sin ninguna inhibición, ensayaban una y otra lectura de la pantalla, comentaban entre ellos y seguían de lo más entretenidos y animados, como en un juego. El mayor estaba concentrado y silencioso.
En los ojos de los niños brillaba la luz de la inteligencia. Y el placer del descubrimiento, de vislumbrar algo nuevo que les mostraría la pantalla por primera vez.
Me dijeron que las laptops se las acababan de entregar en su escuela, la República Argentina, que queda enfrente. Entre los dos manipulaban una, y la otra se la habían prestado a su amigo que está en 1º de liceo.
Se acercó un hombre cuarentón, pobremente vestido, y quedó atrapado por el espectáculo. Empezó a hacer preguntas, los chicos le respondieron calmosamente, como si fuera la cosa más natural del mundo. Estaba fascinado. Dijo que en su época nunca había tenido algo así. Nos quedamos un buen rato, mientras ellos seguían apretando teclas. Yo seguí viaje y, a poco andar, frente a la puerta de entrada de la escuela, me encuentro a otros dos niños manipulando gozosamente sus propias laptops.
Me quedé feliz. Recordé una historia que otras veces he contado, incluida por Saint-Exupéry en «Vuelo Nocturno» (no vayan a creer que concibió sólo ese Principito que nos deslumbró). Describe la imagen de un niño que ve durmiendo en el suelo, de noche, en un vagón de ferrocarril, hijo de mineros polacos del carbón que venían a trabajar al norte de Francia, y que (según el autor imagina) vivirá una vida con perspectivas muy limitadas, cuando en otras condiciones podría llegar a ser un Mozart.
Con este instrumento tan manuable, nuestros niños, todos, tendrán una puerta de entrada al mundo del conocimiento, de la cultura y el arte, de las maravillas creadas por el hombre a lo largo de su historia. Y podrán asomarse también ¿por qué no? al mundo de la imaginación, de la creación, de la invención, del desarrollo pleno de sus capacidades latentes, a lo mejor de la condición humana. Con todas las perspectivas abiertas y un amplio ventanal sobre el mundo. ¿Hasta dónde podrá llegar y renovarse toda la enseñanza a la luz de este instrumento pequeño que abriga tantas potencialidades? Es una verdadera revolución. A condición, claro está, que los docentes sintonicen cabalmente esta nueva onda.
Pienso a la vez en la proyección de esta nueva realidad en los hogares. De esto se ha hablado mucho y bien, empezando por los propios padres, receptivos a que los ceibalitos les enseñen, incluso para después poder colaborar juntos en las tareas domiciliarias. Es un afectivo y efectivo vínculo intergeneracional que, en suma, abarcará a toda la sociedad en un trance de renovación. ¿Puede haber algo mejor?
Después leí la nota sobre Eduardito contada por Raúl Legnani (que no puede con su vocación de maestro) y la contratapa en que Gonzalo Perera explica en forma didáctica las virtudes de la banda ancha, a la que conecta con los libros, la música, el cine, la educación, el empleo, el crecimiento económico y el desarrollo del ser humano. Pero para las nuevas generaciones, las del futuro cercano, todo empieza con la magia de esa laptop verde claro.
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