Musicalizando en clave de FA

Un reportaje ocasional al maestro director Federico García Vigil se transformó en un impacto público, en la medida en que un órgano de prensa, «El Observador», ilustró con título de tapa y fotografías a colores, palabras alusivas a la cumbia villera, relacionándola con la pasta base, la ignorancia y la decadencia; cuatro tiros al blanco de impacto frontal que hicieron «saltar» estados de opinión en la sociedad de la peor manera: de costado y refilón que son los cortes que más duelen. Todo surge porque en el Ministerio de Educación y Cultura hay unos cursos de cumbia villera que no conciertan simpatía (y no sólo en García Vigil), este considera la iniciativa como una expresión de decadencia.

Todo ello es opinable, pero lo que irrita, a la vez que comprueba que ciertos comunicadores buscan el escándalo público lo que hiere y lastima aquello que irrita, confunde y entrevera. Por lo del tango «el mundo es una porquería… la Biblia junto al calefón».

Palabras pues, ideal para los buscadores de títulos de impacto, para los adoradores de lo escatológico, del hedonismo periodístico. Confrontar un exponente extraordinario de la música clásica con la música refugo, nacida en una Argentina singular, donde cada vez más «es lo mismo rey de bastos, colchonero, caradura o polizón» donde el bastardeo de los grandes medios busca hacer que la gente envilezca sus sentidos, invirtiendo así en los lados más oscuros del alma humana, hasta hacerla mediocre, cínica, sustituyendo el «pienso luego existo» de Descartes por el «existo y luego pienso». ¿Dónde está la decadencia? ¿En la miseria y la ignorancia de los ignaros? O en la frase de Marx, refiriéndose a la descomposición del imperio levantado por Napoleón III; la oligarquía financiera por sus gustos y sus vicios se asemeja al «lumpen proletariado». Algo de eso sucede en el mundo de hoy, masas desplazadas encuentran formas de expresión en lo social, en lo cultural, en lo musical, generan nuevos códigos, de ahí hay que poner la atención en las declaraciones del jefe del comando Vermelho, Beira Mar, en Folha de Sao Paulo, en que se dirige con realismo y agresividad hacia las clases altas poseedoras del poder, en ese Brasil tan poderoso como, a la vez, lleno de contradicciones. Pero la sociedad no puede rendirse a la descomposición de los valores elevados, de la postración del culto a la buena música o las buenas obras. De ahí que el proyecto cultural de la izquierda debe enfrentarse con el aventurerismo y el infame comercio que se hace en ciertos medios de prensa oral, escrita y televisiva, de la demagogia cultural donde quieren contrabandear por cultura hasta el ¡»baile del caño»!.

Al mismo tiempo no debe y no puede contemporizarse con el «vale todo», hace bajar los brazos ante la quiebra de marcos, reglas y valores que son las bases sustanciales en que se asienta la sociedad, estableciendo «per se» que una cosa es la democracia y otra cosa su bastardización, y que la autoridad no es autoritarismo, pero los derechos de uno terminan cuando empiezan los derechos de los demás. De ahí los marcos que da la ley para establecer el orden y la seguridad ciudadana, a la vez que los cánones culturales que impidan la degeneración de los mismos, en el teatro, la poesía, en la plástica y, por supuesto, en la música, sabiendo rescatar lo que es rescatable, lo que se aporta, lo que es aporte genuino, desechando malas copias de realidades diferentes, aunque parecidas. La cumbia es un gran aporte del pueblo colombiano, y en general el género tropical de los pueblos centroamericanos y caribeños a la música popular, al baile, al disfrute, al goce, son representaciones auténticas de pueblos, cuya música les da identidad nacional.

La cumbia villera en su música y en su canto, más allá de apoyos y adhesiones, es una manifestación musical no compartida por una gran parte de la sociedad, ello no la hace marginal, sino un ingrediente de la capacidad humana de generar hábitos y formas de existencia, no siempre compartidas pero que existen, porque en última instancia reflejan, son espejitos de realidades de un sistema que siempre se preocupó de que al costado de la «sociedad» hubiese verdaderos «ejércitos», una especie de reserva marginal sumida en la pobreza, en la miseria amorfa, siempre dispuesta a moverse a través de los instintos y no en la razón, siempre dispuesta a romper antes que a construir, siempre dispuesta a seguir antes que a pensar. Esa es la hercúlea tarea, la piedra de Sísifo a cargar; a no enceguecerse que el camino es largo, muy largo, y la inclusión social y la integración a una sociedad de igualdad de oportunidades, es una tarea histórica que va más allá de lo incidental y de la representación de los gustos musicales, es la educación integral compartida, admitida y aceptada por la sociedad.

La cultura es también una revolución moral, de hábitos de trabajo, de consumo, de convivencia, una cultura auténtica del espíritu de un país mejor. Siempre habrá tiempo para crear del barro negro, cenagoso, horneado con el fuego de una buena leña, prolijos ladrillos para la noble función de edificar y construir.

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