Los ojos en la nuca del doctor Lacalle
En un todo de acuerdo con el dicho «Haz lo que digo pero no lo que hago», el doctor Lacalle hace caso omiso al consejo que, bajo forma poética, el doctor Sanguinetti intentó internalizar en la sociedad uruguaya: «No hay que tener ojos en la nuca».
Esa era la gran consigna que las fuerzas conservadoras hicieron suya para evitar no ya el juzgamiento de los terroristas de Estado, sino incluso toda investigación que nos acercara a la verdad sobre lo que pasó bajo la predictadura pachequista y la dictadura formal cívico-militar. De lo que se trataba era de no mirar atrás, de barrer bajo la alfombra toda la sordidez y la indignidad, de proteger a los centuriones cobardes.
Sin embargo, el propio doctor Sanguinetti se ocupó de desoír su propio consejo, y recurrió, durante la anterior campaña electoral, a todo intento posible de descalificación del adversario, concretamente de quienes integraron el MLN en los 60 y 70 y, a través de ellos, asestarle un golpe al Frente Amplio. Todos recordarán una publicidad del Partido Colorado en la campaña de 2004 que la dirección del MPP ordenó retirar. En ella se hacía hincapié en la vocación no democrática y violentista de los Tupamaros, soslayando el magnífico ejemplo que han dado sus principales figuras al abrazar la vía democrática, someterse a la voluntad popular y lograr un éxito electoral sin precedentes.
En cambio, en la campaña actual, el líder forista parece haberse llamado a silencio. Y quien ha tomado la posta es el doctor Lacalle, que no vacila en aludir al pasado al tiempo que reclama no escarbar en el pasado; una flagrante contradicción que nadie parece advertir. Recordemos que el ex presidente y actual aspirante a la Presidencia propuso, en reiteradas oportunidades, que la campaña fuera limpia, sin agravios y sin que el pasado estuviera presente. Lo que el avezado líder herrerista se proponía era evitar toda referencia a su gobierno.
El pasado domingo, en oportunidad de inaugurarse un monumento al general Aparicio Saravia en Rivera, Lacalle reivindicó las «revoluciones blancas» de 1897 y 1904. Aludió en su discurso a la visión «parcializada» de la historia que tiene la izquierda, que «olvida todos los muertos, todos los secuestros, todos los robos, todas las torturas que se infligieron sobre el país por gran parte del Frente desde el 63 en adelante». Como contrapartida, las revoluciones saravistas «no fueron para secuestrar ni para encerrar bajo tierra» ni «contra gobiernos democráticamente elegidos».
¿Qué pueden responder el doctor Pedro Bordaberry, o el vicepresidenciable Hugo de León, o el mismísimo Sanguinetti, de clara vocación de historiador, o incluso el sobrino nieto de don Pepe Batlle, ante la afirmación de que Saravia no se levantó contra un gobierno democráticamente elegido? ¿Aceptan, sin más, que el de José Batlle y Ordóñez era un gobierno de facto, no democrático, espurio?
Al doctor Lacalle le cuesta admitir que Aparicio Saravia fue un sedicioso que se levantó en armas contra un gobierno legítimo, porque admitirlo implicaría justificar el uso de la violencia guerrillera, y podría resultar en una alabanza a la guerrilla urbana.
Pero el presidenciable blanco no se queda en esas; no es el único yerro histórico que comete. Cuando se refiere a la guerrilla urbana, intenta asimilarla, en sus métodos, con lo que fue el terrorismo de Estado, sosteniendo, muy suelto de cuerpo, que los Tupamaros fueron autores de torturas.
Doctor Lacalle: cuando mire con los ojos en la nuca, verifique que ambos están bien abiertos. Y si no quiere que se hurgue en el pasado, no lo haga usted, y mucho menos para tergiversarlo tan groseramente.
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