EDITORIAL

El retorno de la política del "gran garrote"

Resultaría un ejercicio mental interesante pensar que EEUU instala 7 bases militares en Brasil. ¿Cuál sería la reacción del Partido Nacional?

¿Habría una reacción activa para rechazarlo, tal cual lo hizo Herrera en su momento cuando se propuso a Uruguay instalar una base en nuestro país?

Si bien tenemos clara la respuesta, preferimos que sea el lector que realice el ejercicio de llegar a una conclusión. Pues bien, trasladémonos, dejemos la teoría y pasemos a la realidad que nos indica que Colombia ha permitido la instalación de 7 bases norteamericanas en su territorio.

Todos los países de Sudamérica rechazaron esto, salvo Colombia y Perú. La pregunta que formularíamos es si se trata de un problema de seguridad interna para Colombia o hay algo más.

Si analizamos la historia de nuestra Sudamérica podremos constatar que se trata de un hecho inédito y, enmarcado en una gran nube, espesa, de incomprensión, de falta de justificación para concretar una medida de este tipo.

Hasta ahora la argumentación ha sido combatir el narcotráfico y la guerrilla. El primero es un tema interno de EEUU que es el principal consumidor de estupefacientes, por lo que habría que afirmar: zapatero a tus zapatos. Si no son capaces de resolver su problema interno, no tiene sentido que se presenten como los únicos capaces (y a través del método militar) de solucionar el problema de otro país. Ya conocemos cómo utiliza EEUU su enorme poderío militar: en muy poco tiempo comenzarán las disculpas por haber matado a cientos, miles de civiles por «un error».

Pero tampoco podemos caer en la ingenuidad de no pensar que lo que se busca es controlar y, si es necesario, tomar las medidas militares necesarias, contra los dos país vecinos de Colombia: Ecuador y Venezuela. Ambos con procesos progresistas, integradores, antiimperialistas, por lo tanto enemigos de EEUU.

El actual presidente de dicho país ha querido mostrar una cara diferente al incapaz y violador de cuantas leyes existen en el mundo, su predecesor, pero, en definitiva, no puede permitir que EEUU pierda terreno en América del Sur, razón por la cual recurre a la consabida política de todo imperio: la razón de la fuerza.

Lo que se está armando con el aval de Colombia es una fortaleza militar que permita acceder, junto a la flota naval, a cualquier país en pocas horas para «restablecer la democracia».

Como frutillita de la torta nos enteramos en estos días que también hay militares israelíes implicado en este operativo, los mismos que realizaron una política al estilo Atila en tierras palestinas hace muy poco tiempo. Claro que esto no es demasiada novedad ya que la política propiciada por Uribe al invadir Ecuador se definió como una «medida preventiva», un concepto similar al que se esgrimió en la Franja de Gaza.

Qué situación tan extrema, tan peligrosa, qué convulsión social y/o institucional existe en nuestra América (salvo el golpe de Estado de derecha en Honduras y los levantamientos separatistas en el sur de Bolivia) que justifique que EEUU intervenga de una manera tan rápida y tan contundente?

En realidad existe la preocupación de perder el control sobre las riquezas nuestras, ya que las políticas del país norteño han ido generando bloques políticos y asociaciones comerciales que miran con simpatía hacia otros lados. Es así que China, Irán, Rusia, potencias mundiales tienen hoy una participación y presencia como nunca la han tenido en Sudamérica ya que no apelan a los sistemas utilizados por el patrón del Norte. Este se muestra cada vez más temeroso de seguir perdiendo posiciones en una América que, a través de diversos mecanismos, y con muchos problemas, viene trabajosamente armando un entramado institucional integrador. Eso les preocupa a los norteamericanos, quienes encuentran eco en algunos criollos que se oponer al Mercosur, al Parlasur, al ALBA, a la Unasur, en fin, a todo cuanto signifique mayor unión entre los sudamericanos.

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