EDITORIAL

Actitud discriminatoria

Cuando hemos entrado al tercer milenio y la civilización, con dificultades, marchas y contramarchas, avanza hacia nuevas instancias de liberación del individuo y de profundización de la tolerancia, en nuestra sociedad se siguen generando hechos discriminatorios, que deben preocupar.

Estamos hablando de lo que informó el semanario Búsqueda en la contratapa de su última edición, jueves 3 de setiembre. El padre Marcelo Fontona, director nacional de la Asociación Uruguaya de Educación Católica (Audec), reveló al periodista que dicha asociación considera inconveniente que los colegios católicos contraten a docentes divorciados y vueltos a casar (o divorciados que viven en concubinato) ni a quienes reconocen su homosexualidad.

«A una persona que ha hecho una opción distinta de lo que es el pensamiento de la Iglesia, hay que mostrarle que no es conveniente que trabaje en la institución. (…) No es lo mejor para él, no es lo mejor para la institución y tampoco es lo que están buscando los padres. Al no haber una coincidencia de intereses, no es saludable para ninguno», sostuvo este sacerdote-educador según Búsqueda.

En fin, por más que huelguen los comentarios, no podemos resistir la tentación de efectuar algunas reflexiones al respecto. Bien conocida es la postura de las autoridades eclesiásticas respecto de ciertos asuntos como el aborto o las opciones sexuales de los individuos; la Iglesia ha llevado adelante una prédica sistemática contra la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo y contra las prácticas sexuales heterodoxas, esto es, contra la homosexualidad.

Ahora bien, nadie podría censurar una opinión o una creencia; no se puede condenar a quien piensa de modo diferente de lo que son las propias convicciones de uno mismo. Pero lo que no es admisible desde ningún punto de vista es el discurso y las prácticas discriminatorias. Nadie cuestiona que alguien piense que la homosexualidad es una opción antinatural e incluso que predique a favor de las relaciones «naturales». Lo que sí es cuestionable e inaceptable es cualquier manifestación discriminatoria hacia quienes han elegido una sexualidad diferente.

Desde hace ya un tiempo, la militancia a favor de la diversidad ha logrado avances importantes: se acepta la convivencia de las parejas homosexuales, y se ha criminalizado toda forma de discriminación en ese sentido. No obstante, ciertos sectores de la sociedad se muestran renuentes a aceptar la diversidad y, a pesar de un discurso aparentemente tolerante, en los hechos braman contra lo «diferente».

Es el caso de los sectores de un catolicismo preconciliar, y particularmente, de esta postura de la Audec, que prefiere docentes heterosexuales con absoluta prescindencia de su capacidad pedagógica y didáctica.

Con esta actitud, la citada asociación se aleja de la doctrina cristiana, reniega de sus principios y excluye, de hecho, a un segmento de la sociedad (e incluso de su propia grey) de cuya fe y compromiso con el cristianismo nadie puede dudar.

En definitiva, estamos ante una discriminación que debemos denunciar por retrógrada y a contramano de todos los avances de tolerancia, democratización e inclusión logrados en otros ámbitos de la sociedad.

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