El honorable y el honorabilito

Leopoldo Amondarain *

 

s obvio que la originalidad es una virtud. Pero la sofisticación y búsqueda enfermiza por ser original puede llegar a rayar en la tontería. O sea, de lo sublime a lo ridículo sólo hay un «saltito». El «Cuqui» imbuido de su responsabilidad como presidente del Honorable de levantar el Partido que por su culpa, no exclusiva pero sí sustantiva, perdió 30.000 votos, se ha entregado a inventar o crear diversas «reformas» con el argumento de las modernizaciones de las colectividades políticas a nivel mundial y a la que el Partido Nacional, según él, no puede escapar.

Cierto es que los blancos fueron grandes e «hicieron patria» sin necesidad de copiar «modalidades» extranjeras. Entre otras muchas cosas, por eso, somos nacionalistas.

Ningún «gringo» por letrado que fuera le dijo a Saravia cómo debía funcionar u organizar el Partido Blanco pero, claro está, Aparicio murió y ahora está el «Cuqui».

Las cosas han cambiado «ligeramente». Es entonces, que en la necesidad de llamar la atención con «originalidades» por ejemplo se creó una secretaría de «asuntos sociales». La misma ya había sido creada por Wilson y muerto éste y sucedido por el Cuqui, la enterró. Pero ahora en su afán «originable» la crea de nuevo. Pero ¡cuidado!, la idea no fue como la del «grajo» sino de Wilson. La segunda, en su afán revolucionario sería la de citar pequeñas convenciones de alrededor de 50 convencionales –según trascendidos– por vez, periódicamente. Esas ‘petit’ convenciones examinarían el funcionar partidario dando, supongo, un aval a lo que el Honorable resuelva. Si poca «bolilla» le dan a las Convencioens mayores, que son digitadas, arbitrariamente dirigidas y groseramente presionadas, fácil es imaginarse lo que 50 pobrecitos convencionales puedan hacer mensualmente. En buen romance, la fantochada toma proyección. Pero el toque «exquisito» de la bobería es la presunta creación a nivel juvenil de un Directorio «infantil honorabílico». Hay que inscribir 100.000 muchachitos. Así de fácil es la sugerencia o mandato. Y para ello, entusiasmando a la masa joven, al Cuqui no se le ocurrió mejor idea que crear un «directorito» paralelo dependiente del Honorable, claro está. Y aunque la elección sea cuotificada y dedocrática, igual los botijas se sentirán «importantes». Esa será, según parece, la fábrica de dirigentes del futuro. Y punto ¡Oh cielos! ¡Qué horror! Los futuros dirigentes en lugar de formarse en la dura y quemante fragua de la vida del pueblo, de la calle, del interior campesino, conociendo las necesidades e inquietudes de doña María y don José, sensibles al sentir de las miserias humanas, conocedores profundos de las angustias de los barrios más carenciados y del pobrerío rural, serán como es obvio –con el preámbulo que sabemos de sobra– «tirifilos» peinados a la gomina de barrios aristocráticos «hechos» en las secretarías del Palacio Legislativo o en gabinetes seudos intelectualoides de organizaciones detectadas y dirigidas por las jerarquías. Y justamente allí está el error monstruoso.

La juventud debe ser independiente, revolucionaria, idealista y soberana en su quehacer político. Que haga memoria el actual presidente del Honorable, si cuando éramos jóvenes, en nuestros manifiestos, posiciones o actitudes consultábamos algo o a alguien. A nadie. ¿Recordará el doctor Lacalle el manifiesto juvenil del que tuve el honor de tener arte y parte junto con otros compañeros, alguno incluso hoy desaparecido, y que él firmó junto con su hermana, contra el acuerdo con el Fondo monetario Internacional? ¡Qué lindas épocas aquellas! Eramos dirigentes juveniles rebeldes, idealistas, nacionalistas y principistas. A ninguno se nos pasaba por la cabeza que con el andar de los años se pudiese andar del brazo de Clinton por los jardines de la Casa Blanca. Creo que al doctor Herrera tampoco le hubiese «gustado» de haberlo sabido. Toda la prensa, incluyendo los diarios «Acción» y «El Popular» lo publicaron en primera plana. Mientras los dirigentes se «agachaban» con el imperio, la juventud de la época, de pie, marcaba un ítem nacional y principista. La juventud partidaria se hacía en los clubes, en los barrios, en el trasiego ciudadano y tomando por supuesto, las iniciativas e ideas que los grandes hombres del partido nos habían legado y dejado por herencia.

En cambio estos «chicos bien» de ahora que serán elegidos directores dedocráticamente, engominados y oliendo a «Paco Raban» o «Paloma Picaso», ¿de quién tomarán ejemplo? De los que se entregaron al Partido Colorado con las coaliciones, los que no saben enfrentarse a los imperios, los que transaron con mercosures ruinosos y políticas globalizadas de beneficios extranjerizantes o de los que al decir del doctor Herrera les ponen «rueditas» a los bancos y se los llevan para la casa.

¡Por amor de Dios! ¡Volvamos a nuestras raíces! ¡Resucitemos a Oribe y a Leandro Gómez, a Herrera y a Wilson, y en esos ejemplos daremos el entusiasmo, cariño y amor por la causa blanca! No será con ñoñerías y estructuras huecas que pueda levantarse el Partido Nacional. Es con ideas, principios, ejemplos y juventudes que se integren revolucionariamente al pueblo con lo que volveremos a ser grandes. Parafraseando a Wilson: ¡Vivan los Blancos! ¡Carajo!

* Ex edil, convencional del Partido Nacional

 

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