Fuerzas armadas: si o no. Una respuesta que se impone

En la página 11 de LA REPUBLICA del día miércoles 26, un señor profesor de la Universidad Complutense de Madrid, de nombre Javier del Rey Morató, se descarga contra el derecho del Uruguay a tener FFAA, porque: (sic) «Son caras e inútiles».

 

Varias precisiones se imponen:

1-El señor profesor está en pleno derecho de hacer críticas sobre el tópico que más le interese, y yo respeto ese derecho.

2-El señor profesor, en el final de su artículo dice que «la cuestión militar no es un tema de la campaña electoral. Pero sí podría serlo si alguien lo plantea». Y agrega el señor profesor: «Veamos si alguien recoge el guante».

3-Yo, Oscar Lebel, oriental, casado de 84 años, de profesión marino militar en retiro, ciudadano y político integrante del grupo Vertiente Artiguista y ocasional periodista «free lance», acepto el desafío y ante cualquier duda aclaro:

a. No me duelen prendas defender la vigencia de las FFAA uruguayas. No sólo porque su existencia está avalada por la Constitución de la República sino porque el actual gobierno aprobó legislativamente la Ley Orgánica de esas FFAA. Y agrego: en lo personal, he defendido su validez en la prensa oral y escrita y en todas las tribunas.

b. Pero, sin que sea contradictorio, he firmado a favor de la derogación de la ley de impunidad. O sea, he reafirmado mi rechazo a las otras FFAA, las que con sus lacayos civiles impusieron la dictadura, durante la década infame..

c. He rechazado también, tanto a la «Doctrina de la Seguridad» como su herramienta hábil provisto por la «Internacional de las espadas». (Léase «Plan Cóndor»).

Hechas las necesarias precisiones vayamos al meollo del asunto.

El señor profesor pone en cuestión la existencia de FFAA en Uruguay. No en España, su país, (que dicho sea de paso, de la mano de Franco dejó 1 millón de muertos y 40 años de invierno cultural) no en Chile, no en Brasil, no en Dinamarca, no en EEUU, no en Rusia, no en Vietnam, no en el resto del mundo; sólo en Uruguay. Y saca a relucir el ejemplo de Costa Rica.

 

Y de Costa Rica hablando, me permito afirmar que es un ejemplo irrepetible.

Es que el caso Costa Rica no sólo es único sino intransferible. Costa Rica es diferente a los demás países de Centro América y hay razones para ello. Los conquistadores españoles que no encontraron metales preciosos ni mano de obra indígena dócil, sino guerreros extremadamente belicosos, luego de exterminarlos, asentaron en la región a un grupo de colonos andaluces y extremeños que, al igual que sus homónimos de Nueva Inglaterra, tuvieron que hacerlo todo por sí mismos. Surgió así una sociedad de aldeanos menesterosos, étnicamente europeos, donde las distancias de clase, o no existían o eran muy tenues. Cuando se llevó a cabo la independencia de España, estos campesinos mostraron una estabilidad y una cordura que contrastaba con la pesadilla en que quedó envuelta el resto de Centroamérica. A partir de la primera importación de cafetos, comenzó una cierta prosperidad de signo dependiente. Con ella la aparición de una oligarquía cafetalera, con su contrapartida de enfrentamientos con los campesinos asalariados. Desde 1870 a 1882 gobernó férreamente el general Tomas Guardia, quien por la fuerza mantuvo la «paz social» reclamada por la aristocracia blanca, que exprimía a un proletariado, también blanco, hecho muy peculiar en la región y que contrastaba violentamente con el resto de los países del istmo, cuya mano de obra servil, era india o negra. Minor Keith, encargado de tender el ferrocarril, plantó bananos en ambos lados de las vías, iniciando así una empresa que pasará a la historia con el nombre de «United Fruit». Los obreros maravillados por su fecundidad, la llamaron «Mamita». Adaptando fónicamente el sonido inglés de «United», lo pronunciaron «iunai». Así nació, «mamita iunai» , madre maldita, cuyos hijos bastardos, producto del apareamiento con el Comando de los marines, que por décadas ocuparon el Caribe, pasarán a ser capataces, pero con el doble grado de general y presidente a la vez ­faltaba más­ de las que de ahí en adelante se conocerían como «repúblicas bananeras». En Nicaragua fue «Tacho» Somoza (padre); en República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo; en Honduras (tierra del frustrado y fusilado unificador de Centro América, Morazán), Tiburcio Carías; en El Salvador, Maximiliano Hernández.

Estamos en 1940. Sube a la presidencia de Costa Rica Rafael Calderón. Su hermano será ministro del Interior, su padre vicepresidente. Será apoyado por los comunistas, en auge a raíz de la Segunda Guerra Mundial. En 1944, Calderón apoya a Teodoro Picado, quien con el aval comunista y un eficaz fraude, triunfa en los comicios. En el 48, será un Picado agradecido quien propicie el regreso de Rafael Calderón. Triunfan, sin embargo, los opositores, quienes sostenían al periodista Otilio Ulate. La victoria electoral es desconocida y se produce un levantamiento popular dirigido por el hacendado José (Pepe) Figueres. Las fuerzas del gobierno, en extraño contubernio con los comunistas y los soldados enviados por «Tacho» Somoza de Nicaragua y Trujillo de la República Dominicana, fueron derrotados al precio de casi 2.000 muertos. El 8 de mayo se firma el pacto Ulate-Figueres que, bajo la mirada benevolente de los EEUU, disponía la «Supresión del Ejército». También, y ya en plena retórica de la «guerra fría» se declara al comunismo fuera de la ley. Cuando en 1949 se convoque una Asamblea Nacional Constituyente, en el punto tercero de su mensaje se leerá ­obsesivamente­ : «Progreso social sin comunismo».

Don Pepe recorrerá luego a América Latina para convencerla de que «él no es comunista». A su paso por Montevideo, la «prensa grande» le recordará a los estudiantes que Figueres no es tercerista como ellos sino un buen aliado de los EEUU. El propio Pepe Figueres insistirá patéticamente: ­Mi vínculo con los EEUU es afectivo. Mi esposa es americana. Allá he vivido, largo tiempo y probablemente he leído más inglés que castellano. Me comporto como un norteamericano que, por conocer bien a nuestra patria al sur, protesta por la indiferencia del norte».

Figueres entrega el poder a Ulate pero, al final del mandato de éste, será reelegido, ahora por las urnas. En 1955, exiliados costarricenses, dirigidos por el hijo de Picado (egresado de la academia militar de EEUU), invaden Costa Rica, acusando a Figueres de «asociado con los comunistas» Rómulo Bentancourt de Venezuela y Juan José Arévalo de Guatemala. Se ametrallaron diez ciudades, y todo parecía ir en camino de empeorar, cuando los EEUU hicieron dos cosas: vendieron cinco aviones de combate a Costa Rica, a dólar por aparato y enviaron al vicepresidente Nixon, quien después de cerciorarse que las plantaciones bananeras estaban bien, impuso un tratado de paz a Trujillo y Somoza. Este último, en pleno estado de belicismo tropical, quería batirse a duelo, a lo ­cowboy­, con Figueres en la línea fronteriza. La actitud pragmática de Don Pepe logró que la potencia norteña reconociera a Costa Rica como un modelo democrático, un tanto atípico entre tantas tiranías, digno de ser protegido y destinado a suavizar la imagen de unos EEUU estrechamente allegados y cómplice de las peores dictaduras de Centro América.

Y será mérito, hasta tanto los EEUU lo dispongan. Las intervenciones directas de los marines en República Dominicana, en Grenada, en Panamá o las indirectas en Nicaragua, Salvador y Guatemala no animan al optimismo. Por eso al profesor le decimos: el caso Costa Rica es único e intransferible.

Pero razonemos. En el mundo hay FFAA, porque en el mundo hay guerras. La guerra es un fenómeno social, brutal pero social. Los moralistas dirían que ello se debe a la falta de virtud de la especie humana; los biólogos afirmarían que es un aspecto de la inevitable lucha por la existencia; los etologistas, que es debido a la innata carga de agresividad de la especie humana; los marxistas o
rtodoxos, que se debe al defectuoso sistema capitalista etc.etc. Con este telón de fondo, la Constitución, volcada a las leyes orgánicas de las FFAA establecen que estas: «Tienen por misión y esencia, defender la integridad territorial del Estado, su Honor su Independencia y las leyes de la misma».

Estas obligaciones han sido siempre muy genéricas. Exigen, para todas las ramas de las FFAA, ser interpretadas y transformadas en tareas específicas que se cumplen con medios también específicos. A eso se le llama la «Misión». Desde que la existencia del instituto armado es inherente a la condición del Estado como tal, su organización y área de empleo está en función del poder político, quien en forma explícita o implícita determinará su misión. La «Misión Explícita» supone no sólo que el poder político está en conocimiento de la capacidad operativa (tanto en lo humano como en lo material) de las FFAA, sino también de las «tareas» que permitan que esa misión se concrete. La «Misión Explícita» tiene la impronta de la inmediatez.

La «Misión Implícita» es en esencia el análisis que, en el más alto nivel, llevan a cabo los centros de estudio y estados mayores, a fin de ofrecer al poder político un abanico de opciones, que cumplan con las directivas de ese poder. La expresión «Misión Implícita», es una figura retórica de carácter dialéctico, ya que en un Estado democrático, ninguna tarea militar puede ser ni concebida ni realizada sino a través del mandato y contralor del poder político.

No obstante, cada vez que ese mandato tenga la doble característica de ser genérico y de largo plazo, el análisis implícito estará en la esencia de las «Misiones Implícitas», que en las FFAA equivalen al estudio de campañas de prevención epidemiológicas del MSP. En síntesis, asumamos que las FFAA están para guardar las fronteras de aire, mar y tierra. Que para el cumplimiento de esa misión dentro de parámetros que no escapen a las realidades del Uruguay, pequeño y despoblado, las fuerzas militares deberían ser concebidas para actuar en dos planos: uno de respuesta inmediata; otro de largo plazo. El primer punto implica dotarlas de elementos mínimos, pero de severidad suficiente como para desalentar injerencias gratuitas a la soberanía. El segundo requiere una respuesta a largo plazo, concebida estratégicamente en hacer que «Uruguay, fácil de engullir, se vuelva imposible de tragar».

Para finalizar. El profesor no está sólo en lo de «Uruguay, por su pequeñez no tiene enemigos y, de tenerlos, no podría siquiera defenderse». Lo acompañan bastantes compatriotas uruguayos en la tesitura. Es un logro de la lógica del imperio, para la que no basta haber conseguido la supremacía material. Requiere, ­como el profesor­ , su correlato, el desarme mental, la aceptación apática y desmotivada de la superioridad del otro. Por eso y a pesar de los porta aviones y misiles de crucero, las cadenas de radio y TV trabajan incansables en la reiteración de pautas filosóficas y conductas que tratan de tapar con vistosa perfumería dialéctica los malos olores de la escala de valores malinches inducidos o impuestos a los desheredados del mundo. Aún así, no queda resuelto el problema de la defensa nacional, cuya solución, los pacifistas y antimilitaristas remiten al día hermoso en que la humanidad suelte el garrote y se tome las manos. La historia humana no favorece ese optimismo, y en todo caso los individuos y las sociedades han de llegar sanos y salvos al día de la redención. Para ello deberá recorrer un camino plagado de criminalidad individual y agresión externa. Y no hay defensa sin resistencia, ni resistencia eficaz sin preparación y entrenamiento. Que todo sea para bien.

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