Nahum Bergstein, vocero de Micheletti
Me produjo indignación el artículo de Nahum Bergstein publicado el día 26 bajo el título «Zelaya y nuestra política exterior». Al dictador Roberto Micheletti, un vulgar usurpador condenado por la unanimidad de los 192 países en la Asamblea General de la ONU y por todos los estados miembros de la OEA, le ha salido un solitario defensor en estas tierras, que no tiene más compañía que algunos representantes de la ultraderecha republicana de Estados Unidos. En verdad, da vergüenza.
Todo el artículo está basado en falsedades, de principio a fin, y lo voy a demostrar. En la primera parte se sostiene que Zelaya buscaba la reelección por medios ilícitos, o que habría incurrido en violaciones a la Constitución al querer organizar un referéndum para mantenerse en el poder. No es así, en absoluto. Para no repetir lo que ya he dicho en una serie de artículos, cedo la palabra a Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, que al respecto escribe: «Tales afirmaciones son falsas. El presidente Zelaya no vulneró un solo artículo de la Constitución. No organizó ningún referéndum. Ni deseaba prolongar su mandato, que termina el 27 de enero de 2010. Su intención era organizar una consulta no vinculante (es decir, un simple sondeo o encuesta de opinión), preguntándole a los ciudadanos: ‘¿Está usted de acuerdo que, en las elecciones generales de noviembre de 2009, se instale una cuarta urna para decidir sobre la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente que emita una nueva Constitución de la República?’. O sea, se trataba de una pregunta sobre la eventualidad de hacer otra pregunta. Ningún artículo de la Constitución de Honduras le prohíbe al presidente la posibilidad de consultar al pueblo soberano» (y agrego por mi parte que casi medio millón de firmas solicitaban a texto expreso efectuar dicha consulta).
Es notorio, además, que en ningún momento se intimó ni se oyó a Zelaya, ni se le dio la menor posibilidad de defenderse, no hubo flagrancia ni nada parecido, es decir, se violaron todas las garantías del debido proceso.
Sobre esa base falsa, Bergstein justifica el golpe de Estado. Véase cómo lo describe: «Eso (o sea las anteriores falsas acusaciones) determinó a las Fuerzas Armadas a sacarlo de su casa (no dice la forma bestial en que se procedió y los graves peligros que corrió su hija) y ponerlo en un avión con destino a Costa Rica». Se presenta como la cosa más natural del mundo, y aparece como plenamente justificado. Los golpistas de tomo y lomo, al estilo pinochetista, son caballeros que velan por la defensa de la Constitución. Esto es escandaloso. Y más aún cuando poco después se escribe con todas las letras que Zelaya «hizo méritos para ganarse su derrocamiento» y que los golpistas, tan buena gente ellos, «pretenden preservar la precaria institucionalidad de Honduras». Dígase si exagero al afirmar que los golpistas se han ganado un defensor a ultranza.
Pero hay todavía más. A renglón seguido se escribe que «el mismo día, (del golpe) el presidente del Congreso, Roberto Micheletti, asumió la Presidencia de la República al frente de un gobierno de coalición» y que «el nuevo gobierno convocó a elecciones generales para noviembre».
Aquí, una mentira se edifica sobre otra. La investidura de Micheletti, que se hizo nombrar presidente por el mismo Congreso que él presidía, fue una farsa de punta a punta. En este aspecto nadie me puede desmentir porque vi el desarrollo de toda la sesión por TV. Digamos antes que Micheletti y consortes habían presentado una hoja que contenía una presunta renuncia de Zelaya, que nunca existió. Se exhibió ese presunto documento, que era un adefesio sin firma, con un garabato al pie, y resultó tan burdo que después lo retiraron de circulación y en la sesión no se habló más de ello. A la reunión no fueron citados los parlamentarios de Unificación Democrática, que ya a esa hora comenzaron a ser perseguidos por las fuerzas represivas, las mismas que en los días siguientes mataron a ocho personas, cerraron medios de comunicación y persiguieron a periodistas, apalearon a mansalva a los manifestantes pro Zelaya con toletes de hierro y mantienen encarcelados a cientos de ellos, de todo lo cual Bergstein no se enteró. La sesión en sí duró menos de 5 minutos, un vago secretario leyó una página prefabricada, ni siquiera la puso a votación y menos se contabilizaron los votos, proclamó a Micheletti presidente y se mandaron mudar. Eso es lo que los golpistas denominan «la sucesión presidencial». Pero entre las potestades del Congreso no está la de destituir al Presidente.
Por otra parte, es falso que ese «nuevo gobierno» haya convocado a elecciones generales para noviembre. Las mismas no sólo estaban convocadas desde hace meses, sino que hay varios candidatos que están haciendo campaña, y por cierto que Zelaya no está entre ellos. En esas elecciones, como en las anteriores que dieron la presidencia a Zelaya (que dicho sea de paso le ganó la nominación en el Partido Liberal a Micheletti, que ahora se toma venganza), se vota en tres urnas para presidente, diputados y alcaldes respectivamente; y si la consulta del 28 de junio hubiese dado afirmativa, se proponía instalar una cuarta urna para que el pueblo se pronunciara sobre una eventual reforma de la Constitución, a tramitarse posteriormente.
Bergstein echa a rodar además otros bolazos. No sé de dónde sacó el «rumor de que al otro día de la encuesta Zelaya disolvería el Congreso». Eso no lo dijo ni siquiera Micheletti. Su panegirista lo supera.
Y por añadidura, se permite darle consejos a nuestro gobierno en la materia, que éste por cierto no precisa. Se pronunció claramente en la ONU y en la OEA por el retorno a la legalidad institucional y de Zelaya a la presidencia, el no reconocimiento del gobierno de facto ni de ningún otro emanado de comicios efectuados bajo su vigencia, posición reiterada en la declaración conjunta de los presidentes Tabaré Vázquez y Felipe Calderón en Montevideo. Y eso es lo que sigue estando al orden del día, más aún desde que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos documentó las brutales violaciones perpetradas por la dictadura y que tras la misión de cancilleres y el secretario general de la OEA quedó claro que Micheletti y su camarilla, repudiados por el mundo entero, sólo aspiran a enquistarse en el gobierno al que llegaron por el golpe de Estado del 28 de junio.
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