Murió en Ginebra Elena Bonavita

Elena Bonavita decidió partir sin regreso. Lo hizo este lunes en Ginebra, donde había estado radicada por años. En Suiza, se había convertido en una embajadora uruguaya en las sombras y en la sombra de todos los embajadores uruguayos desde la dictadura hasta la fecha. Fue anfitriona y refugio de todo compatriota que pasó por esa tierra.

 

Era una activista por los derechos humanos, por la verdad y por la justicia. Fundadora de la organización no gubernamental «¿Dónde están?», era reconocida por todas las instituciones y organismos internacionales que actúan en torno a la sede de la Organización de Naciones Unidas en Ginebra.

Recorría los pasillos de la ONU para tramitar e impulsar los reclamos de decenas de organizaciones latinoamericanas defensoras de los derechos de sus pueblos. Los teléfonos se atendían y las puertas se abrían cuando Elena llamaba a los más altos jerarcas de los organismos internacionales. Era escuchada y respetada.

 

No se le negaba una entrevista ni una reunión. A través de ella, cientos de uruguayos y de latinoamericanos pudieron hacerse escuchar en Ginebra. Probablemente muchas vidas pudieron salvarse a través de trámites de refugio, de denuncias de prensa o por pronunciamientos de los organismos internacionales.

 

Se llamaba Elena Sandrés, pero tomó el apellido de su esposo, Carlos Bonavita, quien fue secuestrado en Buenos Aires el 29 de setiembre de 1976 y continúa desaparecido. Carlos, militante del Partido Comunista del Uruguay (PCU), era periodista y actor de teatro y televisión. Aún se recuerda su pasaje por el humorístico «Telecataplum».

 

Elena era una militante independiente que ya antes del golpe de Estado de 1973 se había constituido en sinónimo de la palabra solidaridad para decenas de perseguidos políticos y sindicales. Un invierno partió a Europa, en uno de los últimos viajes de la línea italiana de Costa Cruceros, y desde el viejo continente continuó su lucha.

 

Quienes encontraron la calidez del refugio de su casa, recuerdan amanecer con música de Vivaldi y olor a café. Recuerdan su diálogo profundo, sus frases punzantes y su humor casi sarcástico. Su capacidad de desnudar la intimidad de sus interlocutores hasta transformarse en amiga, madre o consejera.

 

El 3 de julio de este año se le había hecho un homenaje en vida en el Centro Cultural Tierra Incógnita de Ginebra. Decenas de cartas y mensajes llegaron ese día desde recónditas ciudades para testimoniar agradecimientos a Elena y recuperar algunas historias del libro de sus memorias que no llegó o no quiso escribir.

 

Elena tenía 76 años y la joven pasión de quienes luchan con la convicción de rescatar la verdad. Militante de la vida, era impulsora de la anulación de la impunidad y del enjuiciamiento de tanto crimen. Su pequeña figura, elegante, casi coqueta, apoyada en su bastón de convicciones, seguirá por las nubes, denunciando canallas…

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