El retorno del pitecantropus

Como si se tratara de una ironía pergeñada por una mente perversa, el nombre de la discoteca incendiada hace seis años en Buenos Aires parece haber sido elegido para resaltar la similitud de espíritu ­basto y primitivo­ entre el hombre de Cro Magnon y el hombre del mundo posmoderno. El que tuvo la idea de bautizar así el local probablemente no tenía conciencia de su trágico acierto.

Nadie podría razonablemente esperar de aquellos ancestros homínidos del Paleolítico Inferior un comportamiento civilizado como se supone debería ser el del ser humano de comienzos del tercer milenio luego de miles de años de progreso de la civilización.

¿De qué sirvió Sócrates, de qué sirvieron los tratados de Aristóteles, las enseñanzas de Cristo, las elucubraciones de Descartes, las lecciones de grandes pensadores que enriquecieron el acervo espiritual del Hombre (así, con mayúscula) pero que los hombres (concretos, con minúscula) parecen no tener en cuenta?

Toda la evolución de la Humanidad, los adelantos científicos, el desarrollo tecnológico, los tratados de moral, las reflexiones de los enciclopedistas, toda esa portentosa exhibición de inteligencia, para que en el siglo XXI la gente encuentre diversión en bailar como posesos al ritmo de una música que, a fuerza de querer ser transgresora e irreverente, termina siendo desafinada y agresiva, al tiempo que rebasa con mucho el umbral de los decibeles tolerables. En ese contexto, para enardecer el clímax y llegar al paroxismo, como las luces psicodélicas no son suficientes, los pobres gurises que disfrutaban de esa jornada alienante no tuvieron mejor idea que encender luces de artificio y lanzar bengalas que iniciaron el incendio.

Después, cuento conocido: pánico generalizado, corridas, humo, asfixias, llamas, embestida baguala, puertas clausuradas… Y la huesuda, guadaña en mano, vigilando que no se le escapara nadie: el que no murió asfixiado se abrasó vivo o resultó pisoteado por el tropel de la muchedumbre descontrolada.

Después, el dolor, la angustia, los llantos histéricos de los familiares de las víctimas y el despertar del espíritu de venganza. A señalar a los responsables: los funcionarios encargados de habilitar el local, los organizadores de la garufa, los ejecutivos de la productora, el jefe de gobierno de la Ciudad. Que paguen. Y que paguen, también, los músicos integrantes de la banda de rock. Que rueden cabezas. Es así que hubimos de asistir al espectáculo de los familiares furiosos con el juez porque dejó en libertad a los rocanroleros. La mentalidad primitiva del hombre de Cro Magnon vuelve, a través de los siglos, para instalarse en Buenos Aires. El linchamiento como única respuesta; la Ley del Talión como única fuente de justicia.

Tozudamente, el ser humano se empeña en repetir los mismos errores. Con una patológica compulsión repetitiva, las naciones se embarcan en aventuras bélicas, inventan permanentemente nuevas armas cada vez más sofisticadas para que nos masacremos recíprocamente. Los nacionalismos se exacerban, aumentan la discriminación y la xenofobia, se promueve el individualismo y se devalúa la solidaridad. De la misma manera que muchos países siguen a rajatabla la máxima de Von Clausewitz (la guerra es la continuación de la política por otros medios), los individuos aplican una similar: el puñetazo es la continuación del diálogo por otros medios.

Así estamos.

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