Tendencias del electorado
La encuestadora Equipos Mori dio a conocer la semana pasada los resultados de su último sondeo, en el que, más que los porcentajes generales, se destaca la intención de voto del cuerpo electoral uruguayo de acuerdo con cuatro niveles socioeconómicos: bajo, medio bajo, medio alto y alto.
¿Sorpresas? Tal vez; sorpresas y confirmaciones. Veamos.
Puede sorprender que en el nivel bajo, esto es, en los estratos menos privilegiados de la sociedad, la adhesión que recogen los partidos tradicionales sumados supera a la que concita el Frente Amplio: 38 por ciento del Partido Nacional más 9 por ciento del Colorado da un 47 por ciento, siete puntos más que el 40 por ciento que cosecha el Frente Amplio.
No obstante, es preciso tener en cuenta algunos aspectos. En primer lugar, la tendencia creciente de los sectores más sumergidos a volcar su voto a la izquierda, revirtiendo así la realidad electoral uruguaya hasta los setenta, que mostraba el predominio indiscutible de los sectores más reaccionarios de los partidos tradicionales en ese segmento de la población; los cantegriles exhibiendo mayoritariamente su adhesión a Pacheco Areco en 1971 cuando ya había aparecido el Frente Amplio es un signo inequívoco de la contradicción apuntada.
En segundo término, la encuesta de Equipos Mori revela que el predominio de los partidos tradicionales entre las capas bajas se da en el interior del país y no en Montevideo, donde las clases pobres manifiestan una intención de voto hacia la izquierda que supera ampliamente a los partidos conservadores sumados. Este hecho es sintomático de que la tarea proselitista de las fuerzas progresistas no ha logrado penetrar con fuerza en el interior profundo, a pesar del encomiable esfuerzo de la militancia frentista en el medio rurbano.
En el extremo opuesto de la pirámide, vale decir en los sectores altos de la sociedad, habitantes de la franja costera, la intención de voto hacia los partidos conservadores es ampliamente mayoritaria, lo cual resulta de una coherencia absoluta. El primer gobierno del Frente Amplio puso el acento en el rescate de los más sumergidos, y si bien mantuvo un sabio equilibrio para atender la realidad global de la sociedad, es claro que los sectores de altos ingresos vieron disminuidos sus ingresos en virtud, fundamentalmente, de la reforma tributaria. Resulta, por tanto, casi jocoso oír al dirigente quincista José Amorín sostener que durante el gobierno del doctor Vázquez no sólo no mejoró la redistribución de la riqueza sino que se profundizó la brecha entre ricos y pobres.
Luego tenemos los sectores medios medio bajo y medio alto en los cuales, si bien se observa una cierta paridad entre la izquierda y los partidos conservadores sumados, es notorio el predominio del Frente Amplio. Es de destacar la ventaja de casi diez puntos de las fuerzas progresistas sobre los partidos tradicionales en el segmento medio alto. Se trata de esa, un tanto difusa clase media que, según el discurso de los partidos tradicionales, se habría visto perjudicada por la política económica y sobre todo tributaria del gobierno del Frente Amplio.
En fin, quedan dos meses de aquí a las elecciones del 25 de octubre. Es preciso redoblar esfuerzos de parte de la militancia frentista para consolidar y aumentar su predominio sobre los partidos tradicionales. La jornada prevista para el 25 de agosto deberá ser el puntapié inicial de una gran campaña dirigida a hacer ver a la población que el Frente Amplio es la única fuerza política capaz de lograr que el país siga creciendo y, al mismo tiempo, mejore la distribución de la riqueza.
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