Directorio
En jornada de muy auspicioso entorno, con alegría y entusiasmo partidario, se dio curso en el estadio del Club Atenas la Convención blanca dándole vigencia al nuevo Honorable Directorio. El Partido sufrió durante años serias divisiones que justo es señalar tuvieron trascendencia en sus respectivos tiempos. Basta recordar en la segunda década del siglo anterior entre herreristas y blancos independientes cuando al viejo tronco nacionalista le llevó más de veinte años poder restañar heridas que dejaban resabios indudables. Por esto, es importante mencionar que desde hace un par de elecciones internas a la fecha, tuvieron el mérito indudable tanto el Dr. Lacalle como el Dr. Larrañaga respectivamente haber logrado esta concordia y unidad tan necesaria para un funcionamiento homogéneo de la colectividad de Oribe. Se han obviado rencores y divisiones marcando actos de desprendimientos y grandeza específicos. Como lo fue la aceptación inmediata del propio Larrañaga al ofrecimiento a integrar la fórmula sin medir consecuencias, más que la del beneficio al partido y al país. Agréguese el acuerdo programático en el que también se omitieron diferencias menores que podrían traer rispideces que sembraran discordias y perjuicios naturales. Porque, seamos justos, en todos los partidos, incluso a nivel internacional, son notorios los fraccionamientos. Por supuesto, esto no es excluyente de que existan dentro de filas sectores con sus respectivos perfiles, de izquierda como de derecha a plantear con las moderaciones del caso, sin llegar a fracturas que puedan hacer insoportable la convivencia de ideas con los perjuicios inevitables que terminan sufriendo tanto los partidos como el propio país. El «Cuqui» con un perfil más conservador se equilibra con posiciones y criterios de centro progresistas del sanducero Larrañaga. En el propio Frente, no es la misma tendencia y es obvio que se marcó y notó, de Mujica el radicalismo de izquierda y el neoliberalismo de Astori que marcan diferencias indisimulables, aunque la inminencia electoral los obligue a fabricar «ungüentos» que artificialmente puedan unirlos. Es un trabajo pacifista de quien cultivó, en el blanquismo, la concordia como lo hizo el «guapo» e incluso en sus relaciones dialoguistas extra partidarias. Las relaciones con otras colectividades incluyendo el Frente con el Partido Nacional, es obvio que hace tiempo las lleva Larrañaga. El futuro presidente debe gobernar en la inclinación que marcó preelectoralmente y que prefirió la ciudadanía que le otorgaría el mandato. Pero debe haber un contrapeso natural que dialogue y acuerde con la oposición. Sea quien sea el que gane. Se ha tenido el buen tino de elegir una fórmula equilibrada que tenga las garantías de diálogo en posiciones encontradas entre partidos tan dispares. Lo peor que le puede suceder al país, es el cierre de diálogos entre la oposición y el gobierno, cualquiera sea el ganador. Terminado los comicios de noviembre, hay que evitar que las grandes mayorías se fracturen por razones ideológicas dando supremacías incluso, a jefaturas o influencias extranjeras como alguna vez en el tiempo se hizo con la Argentina y hoy se promete o se indica nada menos que al Brasil. Son los mismos que de siempre nos han querido «fagocitar». No existen «hermandades ideológicas». Solo hay intereses de cada aspirante a imperios futuros. Orgulloso de ser oriental. Ni cambá ni porteño como lo quiso Artigas y los suyos, entre los que estaba Oribe. Son muy románticas las revoluciones con sus anecdotarios, sacrificios y especulaciones ideológicas válidas para uno u otro caso. Pero cuidado con esos falsos romanticismos terminen con metralletas, muertes y rencores, con odios entre hermanos que son muy duros de superar. A la prueba nos remitimos. Por ello la importancia de gente «componedora» de diálogos fluidos, que aunque sean por razones constitucionales los que impongan las normas legales, tengan cerca a los que puedan servir y cumplir una función gravitante de contrapeso y acuerdos.
En el «campamento» blanco esa función parecería y en los hechos la tiene Larrañaga que ya la cumplió en la oposición. El «soberano» que es el pueblo, ya decidió que fuese Lacalle en el Partido Nacional el que lleve el bastón de mando, gústese o no, y el equilibrio en las relaciones y diálogo con los opositores lo tendrá el «guapo» de triunfar el nacionalismo. Es de suponer que el Frente, en concepciones ideológicas distintas, le pueda servir el ejemplo entre sus actores principales, Mujica y el neoliberal de Astori. En la Convención del Atenas, estos logros los concretaron los blancos para el futuro gobierno.
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