De Quito a la Patria Grande

Al español, imperio con pies de barro, le llega su decadencia plena en 1808. La corrupción y luchas intestinas en la Corte, las renuncias de Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII y la de padre e hijo en la localidad francesa de Bayona a favor del hermano de Napoleón, José (apodado por el pueblo español «Pepe Botellas» por su afición alcohólica) y la invasión napoleónica a la península Ibérica, crea una ausencia de autoridad central reconocida.

Primaba entre los españoles el concepto de monarquía usufructuaria (y no patrimonial), vale decir, que los reyes usufructuaban el poder que residía en el pueblo, como dueño exclusivo de la soberanía. Toda España se subleva contra el intruso y se forman Juntas Gubernativas a nombre del rey apresado. Hispanoamérica no es ajena al fenómeno. Aunque no ha sido invadida y las autoridades nominadas continuarán ejercitando sus funciones, los criollos aprovechan la coyuntura para ejercer iguales derechos que los peninsulares. Ese movimiento es el germen del conflicto entre absolutistas y liberales en España y en Hispanoamérica y también de la emancipación colonial.

Los criollos forman Juntas en Bogotá, México y Montevideo en 1808; en Buenos Aires, Chuquisaca, La Paz y Quito en 1809. Pero será en Quito donde fundamentan mejor sus razones. Manuela Cañizales provoca la reacción de los quiteños: «¡Cobardes…hombres nacidos para la servidumbre!». Pero se atrevieron, en el primer balbuceo patriota: el 10 de agosto se comunica al presidente de la Audiencia ­anteriormente designado desde España­ que su mandato ha caducado y se instala la Junta Suprema de Gobierno liderada por Francisco Javier Espejo (sólo con criollos). La represión ­temerosa del independentismo­ parte desde Perú y Nueva Granada (principalmente Colombia actual) y es dura, con detenciones y matanzas. El alegato del Dr. Manuel Rodríguez de Quiroga, al ser enjuiciado como reo de alta traición a su majestad, sienta la doctrina legal del movimiento, dentro de las pautas de lealtad al rey de España. Los ecuatorianos lo consideran el Primer Grito de Independencia, de fuerte impacto en el Virreinato de Nueva Granada (del que formaban parte) y en la vecina Capitanía General de Venezuela.

Al año siguiente, controlada España por Napoleón, una segunda oleada juntista se desata, encaminada ya hacia la independencia. México, Caracas, Bogotá y Buenos Aires son sus centros. Muy distante está México, mientras Buenos Aires es dominada por la oligarquía conservadora que digita el proceso que sacude al Virreinato del Río de la Plata. Será desde Caracas y Bogotá ­de la mano de Simón Bolívar­ que irrumpe la lucha integracionista hispanoamericana. Bolívar convoca al Congreso de Panamá (1826), el mayor intento de crear una federación de estados surgidos de las colonias españolas. Pero fracasa ante el desinterés y el encono de las clases dominantes que transigen con el colonialismo, más la acción obstructiva de Gran Bretaña y Estados Unidos. En rigor, las mismas fuerzas que hoy se oponen a la unidad latinoamericana y caribeña, a la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas).

Bernardino Rivadavia, uno de los responsables del fracaso, es elogiado por Bartolomé Mitre, quien escribe: «El gobierno argentino, fuerte en sus principios, reaccionó contra el plan absorbente del Congreso de Panamá, compuesto de cinco repúblicas sometidas a la influencia de Bolívar, y el proyecto quedó desautorizado.»

Dos siglos después, la unidad no se proyecta sólo entre las repúblicas nacidas del Imperio Español, sino que contempla a Brasil y a todas las naciones caribeñas. Los políticos expresivos de la clase dominante actual, aliada a las potencias imperialistas en el saqueo de sus pueblos, también se oponen a la integración antiimperialista de una Patria Grande, mucho más vasta que en tiempos de Bolívar. Como Rivadavia combatía a Bolívar, Lacalle combate a Chávez. Aunque dice no tener «enemigos», sus dardos van contra los constructores del futuro, los arquitectos de la Patria Grande que buscan reposicionar fortalecidos y con dignidad a los pueblos y países del Sur.

Si bien la expresión Patria Grande aún no existía, su idea anidaba en la mente de Bolívar, de Artigas y de otros precursores. Su fracaso se explica por la falta de condiciones económicas, sociales y políticas, cuyos orígenes se encuentran en el mismo proceso colonizador. Hoy, en otras circunstancias históricas más favorables, la idea resurge ampliada y con potencia. Sus impulsoras son las fuerzas de siempre. Las opositoras también son las fuerzas de siempre. Las nuestras residen en la capacidad de ganar a los seres humildes, de las calles y los campos, al decir de Morosoli. La de los enemigos, en los círculos estrechos que defienden con egoísmo sus privilegios. El combate está entablado.

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