Listas partidarias y elecciones nacionales

Las discusiones por el orden de las nominaciones en las listas a competir donde se elegirán eventuales integrantes de gobierno, seguramente nunca son sencillas.

Desde las decisiones democráticas hasta los sorteos, pasando por antiguos caudillismos que disponían nombres a discreción, cualquiera sea la forma, integrará la dimensión del olvido automáticamente luego de surgida la esperada plancha, benemérito elemento material de inefable carga humana y espiritual. Tanto que contiene la confianza del electorado entusiasmado en ver sus banderas flameando de triunfo, sumada a las esperanzas de los protagonistas que anhelan ser electos y se supone responden al sentir de los distintos sectores de la ciudadanía. Lo cierto es que las aspiraciones de quienes desean postularse a cargos parlamentarios son, además de legítimas en tanto no se demuestre lo contrario, lógicas de toda lógica, pues la política partidaria incluye en su dialéctica la instancia de los sufragios. Ello implica la previa y a veces ingrata tarea de confeccionar dichos papeles impresos habilitantes de un excelso mecanismo republicano como son las elecciones nacionales y departamentales, que inexorablemente contendrán a unos y descartarán a otros, independientemente de cuáles sean los criterios utilizados para la selección. Desde que entramos en tal orden preestablecido para cambiar la realidad en paz, va de suyo someternos a las formalidades institucionales que regulan su correcto tratamiento público.

 

No comprendo en ocasiones el malestar flotante estilo preconcepto que alude a meras ambiciones de poder, endilgables a algunos de los aspirantes a lugares elegibles en las listas y a otros no, como si según el portador, las intenciones se santificaran o se contaminaran. Partimos de la base de que es imprescindible ocupar los espacios para poner en práctica las ideas y demostrar las aptitudes.

Hablando de gobernar, si se reniega de los que quieren ser candidatos a diputados o senadores, también se podría criticar a los que no se exponen a tales responsabilidades. Puede resultar cómodo el espacio de crítica sin el peso del involucramiento directo en la gestión.

Es razonable creer que si un grupo toma armas político partidarias para aplicar su ideología de país, acepta las normas de tal coyuntura donde el sistema eleccionario de autoridades representativas es parte esencial. Para qué luchamos en estas lides sino es para aplicar nuestra visión sobre los temas colectivos.

La intencionalidad en la puja por ocupar sitios de decisión gubernamental no puede presentar dudas a priori a la hora de la integración de las listas. Tal vez el prejuicio sea un resabio de tiempos en que ser parlamentario era sinónimo de acomodos y enriquecimiento individual promovido por el accionar no santo de muchos dirigentes blancos y colorados. Un ajetreo desvirtuado en sus virtudes cívicas, cuyos valores deberíamos interesarnos en recuperar o cambiar, como que está de antemano mal visto pretender un sitio destacado en la administración estatal, o debiera alguien avergonzarse de tener proyectos y metas vinculados a su militancia.

 

Otro elemento a tener en cuenta es el de las alianzas entre sectores, un manejo válido aunque no del todo fiel para con los votantes de cada agrupación que usa los votos prestados para apoyar a otros, con los que se pautan vericuetos electorales dependientes de las matemáticas y las proyecciones estadísticas. Una estrategia que vale a la hora de lograr objetivos, pues las ideas van con sus líderes aunque sean sinuosos los caminos para defenderlas. Lo que no está bien es organizar un juego sin reglas claras para saber si jugamos o no, o que se cambien las pautas sobre la marcha.

 

En el tema listas partidarias todos queremos estar y tenemos algo para aportar; allí se manifiesta el clímax del ideal en el cual volcamos capacidades, lealtad y compromiso, esfuerzos y coherencia grupal. Sería óptimo para cuantificar el apoyo y garantizar en alguna medida el éxito de lo buscado; fundamentalmente cuando hablamos de conglomerados heterogéneos; que todos marcáramos para saber cuál es la medida del respaldo que tiene lo que enarbolamos como bueno para los demás. Tal vez algún día exista un sistema electrónico que permita saber cuántos votos lleva cada quién y la opción a que decida la gente junto a la elección, el orden de los nombres en las listas. ¿Sería muy loco? Puede ser.

Sabemos que la herramienta partidaria es importante aunque no la única; si damos aquí la batalla es en busca de resultados pues en este ámbito, la causa sin votos no da frutos. La inclusión de la diversidad cultural en el Parlamento respondería a un sentimiento mundial rumbo a la pluralidad de enfoques enriquecedores en el desarrollo de los pueblos.

Vamos por más Frente Amplio en Uruguay con José Mujica Presidente para continuar cambiando hacia una justicia social profunda, con rotación de actores políticos para demostrar igualdad de oportunidades.

Sea lo que sea, estamos tranquilos.

 

Atabaque solamente puede crecer.

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