EDITORIAL

¿Alineamiento?

La reciente visita de la fórmula presidencial del Frente Amplio, José Mujica y Danilo Astori al presidente de Brasil, Luis Inácio Lula Da Silva, tuvo importantes repercusiones, algunas esperadas, otras realmente llamativas.

Entre las esperadas la confirmación de la sintonía común entre Lula y los principales dirigentes frenteamplistas. No es de sorprender, porque representan dos partidos referenciales de la izquierda latinoamericana, el Partido de los Trabajadores y el Frente Amplio. Dos partidos con historia, profundamente arraigados en sus países, con tradición de lucha y de buen gobierno, a nivel municipal y ahora a nivel nacional.

El PT y el FA fueron dos de los partidos que en América Latina resistieron el vendaval neoliberal que pregonaba el «fin de la historia» y construyeron con paciencia y con apego a los principios espacios de encuentro, de apoyo, de reflexión común y de proyección, en muy difíciles condiciones, de una alternativa de izquierda.

El PT y el FA, junto al FMLN de El Salvador y el Partido Comunista de Cuba fueron de los principales impulsores del Foro de San Pablo, un espacio de coordinación política, de la izquierda latinoamericana, virulentamente denostado por la derecha, cuyos partidos hoy gobiernan en 12 países y tienen en conjunto más de 100 millones de votos.

Todo eso se expresó en la notoria buena sintonía y cercanía entre Mujica, Astori y Lula; por supuesto también abonadas por la experiencia común de gobierno del presidente brasileño con Tabaré Vázquez.

Si a ello sumamos que Brasil es el principal socio comercial de Uruguay, la octava economía del mundo y uno de los actores políticos y económicos principales de la región y del mundo, sobra destacar la importancia de esa buena relación.

Por eso suenan tan fuera de tono las afirmaciones del candidato del Partido Nacional, Luis Alberto Lacalle, que criticó a Mujica por un supuesto «alineamiento con Brasil» que además agregó que podría comprometer la «soberanía» de nuestro país.

Seguramente el doctor Lacalle hizo esas afirmaciones, convenienmente amplificadas por el circuito de medios de comunicación, pensando en un rédito electoral.

 

Pero no parece un camino recomendable.

El gobierno del Frente Amplio y su fórmula presidencial promueven la integración regional y de América Latina; han defendido el Mercosur a pesar de todas sus dificultades, muchas ellas hijas de la concepción primigenia del bloque regional casi exclusivamente comercial y sin prever ni siquiera la posibilidad de una complementación productiva.

Pero este gobierno también ha defendido la independencia de nuestro país, ha opinado y sostenido posiciones soberanas sin ataduras de ningún tipo y ha apostado y apuesta a que América Latina tenga una voz propia y potente en el mundo.

Los tiempos de los «alineamientos» fueron otros y con otros países, no precisamente con Brasil.

Los «alineamientos» se dieron diáfanamente claros en los tiempos de la ofensiva neoliberal, privatizadora. Fueron los tiempos de alineamiento sin condiciones con EEUU y los mandatos del Consenso de Washington.

Los tiempos de Carlos Menem, Fernando Collor de Mello, Alberto Fujimori, Juan Carlos Wasmosy y Luis Alberto Lacalle. Los tiempos de la «relación carnal» con EEUU.

Los tiempos en que el gobierno de Jorge Batlle, que Lacalle apoyó, le hacía mandados a EEUU en Ginebra para lograr la condena de Cuba y presentaba como propia una moción que había sido «sugerida» seis meses antes por el Departamento de Estado de EEUU.

Esos fueron los tiempos de «alineamiento», no estos.

Estos son los tiempos de la unidad regional, sin ocultar diferencias, sin callar opiniones, pero con un horizonte común.

Eso fue lo que se expresó en la visita de Mujica y Astori a Lula, y eso es lo que molesta, lo demás son chicanas electorales, fuego de artificio, nada más.

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