Los 100 años de Tel Aviv y la Scala de Milán
En el año 1903, Teodoro Herzl, el formulador del sionismo político, escribió lo que a la postre sería su obra póstuma porque falleció al año siguiente. El nombre del libro es «Vieja y Nueva Patria («Altneuland» en el original alemán).
Cuando fue llevado al hebreo, el traductor, Nahum Sokolow, quien llegó a ser presidente de la Organización Sionista Mundial, optó por un título más sugestivo; «Tel Aviv», la colina de la primavera.
A pesar de que en la topografía del lugar no hubiera el más mínimo atisbo de una colina, fue la denominación que utilizó Dizengof en 1909, cuando con 64 familias fundó sobre las orillas del Mediterráneo, pegado a Yafo, una nueva ciudad. Es así que Tel Aviv debe ser un caso singular, quizás único, de una ciudad que lleva por denominación el título de un libro.
Dizengof se había fijado elevadas miras. Quería una ciudad diferente donde incluso el forastero se sintiera como en su propia casa, y al mismo tiempo fuera sensible a la peculiar impronta de una ciudad moderna, enteramente judía. Obtuvo el apoyo de caracterizados integrantes de la «Bauhaus», el movimiento vanguardista que revolucionó la arquitectura de entonces, para establecer las pautas en función de las cuales se hizo la planificación y se dio comienzo a su construcción para llegar a ser lo que es hoy.
Por eso no debe extrañar que Tel Aviv fuera declarada por la Unesco, Patrimonio Universal de la Humanidad.
Pero lo que Dizengof seguramente no pudo entrever ni siquiera en sus sueños más ambiciosos, es el protagonismo que en las celebraciones del primer centenario habría de tener el Teatro de la Scala de Milán, el cual, dicho sea de paso, rara vez actúa fuera de Italia.
Esta participación se tradujo en la interpretación de dos obras cumbres del repertorio verdiano, «Aída» y el Requiem.-
El 14 de julio, la Orquesta, Solistas (en la primer función subsiguiente la soprano compatriota María José Siri sustituyó a Violeta Urmana en el rol de Aída), Primeros Bailarines, Coro y Cuerpo de Baile del Teatro de La Scala de Milán, con la conducción de Daniel Barenboim, escenografía de Franco Zeffirelli y coreografía de Vassiliev, brindaron, en una explosión no se me ocurre otro término de imaginación, música, canto, drama, y ballet, amén del deslumbrante colorido y belleza de escenografía y vestuario, que provocaron, al cabo de las cuatro horas de duración, una interminable ovación de los mil quinientos espectadores que desbordaron la Opera de Tel Aviv.
Dos días más tarde, en un parque público, se dieron cita cien mil telavivenses para escuchar el Requiem, también dirigido por Barenboim. Hubo quienes se preguntaron por qué una misa católica debía ser una de las dos obras elegidas para conmemorar los cien años de Tel Aviv.
Pero la elección no pudo ser más apropiada porque para muchos, entre quienes me encuentro, este Requiem se convirtió, en tiempos del Holocausto, como expresara Ervin Birnbaum en el Jerusalem Post, en el símbolo musical de la resistencia judía.
Esta afirmación requiere una explicación. Theresienstadt era un campo de concentración que, de tanto en tanto, los nazis intentaban maquillar para que pareciera algo diferente a lo que era en realidad, un campo de muerte del cual sobrevivieron 14.000 internados de los 140.000 judíos que cruzaron su portón de acceso.
Uno de ellos, Raphael Schachter, con la ayuda de otros presos, formó una orquesta (se supone que a Theresienstadt eran deportados artistas, académicos, científicos, y también músicos, todos reconocidos en sus respectivos ámbitos) la cual interpretó en repetidas oportunidades dicho Requiem, que se convirtió así en su obra emblemática.
Birnbaum, además, sostiene que Schachtel habría introducido dos ligeras modificaciones en su interpretación del Requiem las cuales traslucían el sentido que le atribuía; un augurio de que eran sus guardianes quienes estaban destinados a las llamas del infierno, que esta música embellecía sus tristes vidas, evadiéndolos, aunque sea por un breve lapso, de la miseria, el miedo y la locura en las cuales estaban sumergidos. Muy difícil que los nazis captaran este mensaje de los condenados a morir a breve plazo.
El canto al amor de Aída y la esperanza del Requiem, interpretados como lo hizo La Scala de Milán, aún reverberan en mis oídos: Pregonan el significado del centenario de Tel Aviv y de la propia existencia del Estado de Israel como una de las grandes aventuras del espíritu humano.
Como escribiera Heinrich Heine, «donde mueren las palabras, nace la música».
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