EDITORIAL

Mano firme, la propuesta blanca contra la delincuencia

Uno de los eslóganes del herrerismo postulaba que «con los blancos se vive mejor». En caso de que el Partido Nacional acceda al gobierno, aquel eslogan debería trocarse por «con los blancos se reprime mejor», teniendo en cuenta la batería de medidas contra la delincuencia en general y contra la minoridad infractora en particular que el binomio Lacalle-Larrañaga anunció por estos días.

Como lo hemos sostenido en varias ocasiones, la inseguridad es uno de los ejes de la campaña opositora, particularmente la del Partido Nacional, colectividad política que ha hecho del incremento de la delincuencia el caballito de batalla de su plan de gobierno y uno de los aspectos que ya empezó a utilizar para desacreditar al gobierno del Frente Amplio tratando de demostrar su inoperancia.

Nadie puede sensatamente negar que la sensación de inseguridad que vive la población tiene su origen en datos de la realidad. Por más que se diga que los informativos de televisión magnifican los hechos policiales, la realidad muestra que efectivamente se han multiplicado los hurtos, las rapiñas, los copamientos, los asaltos a locales comerciales, generando alarma y angustia entre la población. Tampoco puede negarse que el gobierno tiene la obligación de responder al aumento de las conductas delictivas mediante el accionar de la Policía, cuya función consiste en prevenir, disuadir y eventualmente reprimir los delitos. Del mismo modo, la sociedad espera que la Justicia Penal actúe con eficiencia y disponga el castigo que el infractor merece. Y finalmente, se aspira a que los establecimientos de reclusión estén en condiciones de albergar a los delincuentes y de reeducarlos, pero, sobre todo, que sean suficientemente seguros de modo que no se produzcan fugas.

Para la gente en general, el hombre y la mujer de la calle, doña María y don José, la gran preocupación es lo que ven, lo que palpan y eventualmente lo que padecen; esto es, el rostro visible de la delincuencia. Y los políticos tradicionales, de reconocido olfato para percibir el sentir popular, elaboran sus propuestas de acuerdo con esa percepción conservadora del común de las gentes; por eso sus propuestas no van más allá de la «mano firme», lo que equivale a atacar los efectos del fenómeno soslayando sus causas.

Lo reiteramos: estamos de acuerdo en que se mejore la eficiencia del accionar policial, en que los delitos no queden impunes, en que la población merece ser protegida y en que el sistema carcelario cumpla la función que la Constitución le asigna. Pero lo que la gente no tiene en cuenta ­y que los políticos blancos y colorados prefieren no ver­ es que mientras no se ataquen las causas de la delincuencia, todo lo que se haga para mejorar la seguridad pública será en vano pues la usina generadora de delincuencia seguirá funcionando a pleno. Esa usina se sustenta en la pobreza, la marginación, la deserción escolar, el descaecimiento de los valores; todos esos ingredientes se ven potenciados por la irrupción de un nuevo elemento: el consumo de drogas, especialmente la pasta base, cuyos efectos devastadores son por todos conocidos.

Por todo ello, consideramos que el incremento del rigor punitivo que propone la fórmula blanca, las medidas extremas para evitar las fugas de los menores infractores, la vigencia de los antecedentes penales de los menores, y en general el espíritu de la propuesta nacionalista no resolverán el problema. Se construirán más cárceles, se ampliarán las existentes, pero al cabo de un tiempo, volverán a estar saturadas. Ergo, a menos que el doctor Lacalle decida que el presupuesto nacional se destine íntegro al sistema carcelario y se convierta al país en un enorme campo de concentración donde albergar a los delincuentes, la sensación de inseguridad no podrá ser conjurada.

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