El fracaso

Al cabo de veinte años de gobiernos blancos y colorados, tuvimos la peor crisis económica y social de toda nuestra historia. El país no solo no creció sino que tuvimos un retroceso acumulado del orden del 20% y un enorme deterioro de toda nuestra capacidad productiva.

 

Sufrimos un proceso de cierre de industrias y pérdida de fuentes de trabajo. La inversión fue prácticamente nula. Colorados y blancos afirmaron que el Uruguay industrial era inviable, que el único modelo posible era el país de servicios y plaza financiera. En 2002, la plaza financiera que se impulsó durante 20 años, en 2 meses se hizo añicos, tocamos fondo, el gobierno se equivocaba todo el tiempo, mientras el presidente decía disparates y luego lloraba pidiendo disculpas.

Las exportaciones uruguayas no superaron los cuatro mil millones de dólares en el año y 50% de las mismas dependía, como toda la vida, de las compras de Brasil y Argentina. Nos decían todo el tiempo que había que abrirse al mundo y competir, teníamos que ser como «los tigres» del sudeste asiático, pero en 20 años de viajes y gestiones comerciales no abrieron ningún mercado importante.

 

En el último período de gobierno de colorados y blancos, hubo una importante pérdida del salario real de los trabajadores. El salario mínimo durante el período fue de 1.050 pesos y en el último año subió a 1.400. Se dejó sin efecto la negociación colectiva y el Estado se desentendió. Se registró el auge de las tercerizaciones, creció fuertemente el trabajo precario e informal y la desocupación alcanzó el 16%.

Se generó una grave fractura social y un proceso de empobrecimiento sin precedentes. La cantidad de uruguayos en situación de pobreza ascendió a 32% y la indigencia superó el 3% de la población. No había políticas sociales consistentes, no había plan nacional ni programas sociales dirigidos a los sectores sociales más postergados. Escuchamos mil veces que había que esperar que la torta creciera, de lo contrario no se podía distribuir y que, en el libre mercado, había ganadores y perdedores, que siempre había sido así y no se podía solucionar.

En 2004, el presupuesto global de la educación ascendía a sólo 450 millones de dólares, el salario de los maestros y el de los profesores de secundaria era paupérrimo, faltaban materiales de todo tipo y se vivía en permanente conflicto.

La salud pública se caía a pedazos, el sistema mutual estaba en crisis, las mutualistas se fundían y eran ocupadas por sus funcionarios. El salario promedio de los médicos era ruinoso. Había más de 400.000 niños sin cobertura alguna en materia de salud

La inflación fue el principal enemigo del salario de los trabajadores y por momentos fue incontrolable. Llegó a 130% en el último año del primer gobierno de Sanguinetti y a más de 50% en el gobierno del Partido Nacional.

 

No se investigó, no se buscó, ni se hizo nada por aclarar el destino de los desaparecidos. Se comunicó oficialmente que no había niños desaparecidos. Tampoco se aclaró ningún caso con respecto a las graves violaciones de los derechos humanos ocurridas durante la dictadura. Se garantizó todo el tiempo la impunidad de un conjunto de militares responsables del terrorismo de Estado y de los peores crímenes de lesa humanidad.

 

El Banco Hipotecario se fundió en reiteración real, producto de pésimas decisiones, del clientelismo y el despilfarro. La pérdida acumulada ascendió a 1.500 millones de dólares. Durante una década prácticamente no se construyó. Como alternativa, se impulsó un patético programa de viviendas miserables, llamadas núcleos básicos evolutivos, que resultó una auténtica vergüenza nacional.

Durante 20 años la torta no creció, nunca se repartió y vivimos de caída en caída, de ajuste fiscal en ajuste fiscal. Nos afectaron todas las crisis financieras internacionales, hasta las más lejanas. Nos golpeó el efecto tequila, la caída de «los tigres» del sudeste asiático, el efecto vodka, el efecto caipiriña, cualquier convulsión financiera en cualquier parte del mundo nos liquidaba, por la extrema debilidad de nuestra economía.

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