Inversiones extranjeras (1)
El tema de las inversiones extranjeras (IE) un centro polémico de la campaña electoral debe presentarse como cuestión de soberanía y de desarrollo económico. El Dr. Lacalle envía el mensaje al bloque hegemónico dominado por el capital trasnacional para que espere el resultado de las elecciones antes de invertir. El Dr. Vázquez afirma que bajo su gobierno las IE superaron abiertamente a las habidas durante la gestión presidencial del Dr. Lacalle. Ambos, prometiendo «más y mejores» garantías el primero e «iguales» el segundo, se esfuerzan por demostrar a los inversionistas y a los ciudadanos que aquellas estarán seguras.
Sin embargo, la discusión debería girar en derredor de un eje previo que se da por laudado y que amerita interrogantes: ¿Cuán necesarias son las IE? ¿Todas son convenientes? ¿Cuáles son las ventajas y desventajas que acarrean?
La cuestión posee antecedentes históricos que deben resaltarse; y además, debates actuales de singular importancia en diversos países, muy especialmente en Brasil, país cuyo presidente Lula es ejemplo del presidenciable del Frente Amplio.
El capital tanto nacional como internacional se dirige hacia donde obtenga mayor ganancia y su función no es «dar trabajo» o mejorar las posibilidades de desarrollo del país o región elegidas. Por consiguiente, a partir de esa constatación el gran debate que surca la historia radica en la conveniencia o inconveniencia de su presencia.
Bajo el batllismo y gobiernos semejantes en otros países, ferozmente criticados por los «libre-empresistas» las nacionalizaciones constituyen una barrera defensiva contra la sangría del capital extranjero. El mensaje presidencial de Batlle y Ordóñez en pro del monopolio de seguros del 26 de abril de 1911 establece: «El Estado como organización económica que es, asume ahora sin vacilaciones, la producción de determinados servicios, buscando el desarrollo y una repartición más justa de la riqueza nacional.» Su discípulo, el Dr. Baltasar Brum, al plantear en 1927 la estatización de los ferrocarriles, se pregunta y responde: «¿Qué es más conveniente para la economía nacional: una administración dispendiosa por el Estado o una administración rigurosamente mezquina por empresas cuyos capitales radican en el exterior? A la economía nacional le convendría, en el menos favorable de los casos, la administración dispendiosa del Estado.» Y lo subraya: «… aún cuando fuera cierto que el Estado es mal administrador por el encarecimiento que comporta en los servicios, siempre sería preferible, desde el punto de vista de la economía nacional, una mala administración por el Estado, a una administración excelentemente ahorrativa por cuenta de capitalistas extranjeros.» Esa debe ser la primera cuestión a debatir. Los liberales y neoliberales en materia económica han optado y optan por el capital privado, nacional o extranjero, mientras que los progresistas (como los batllistas de Don Pepe) y los socialistas, optan por la inversión y administración estatales.
Pero como la realidad no es «en blanco y negro» sino dialéctica, las IE suelen necesitarse. En los primeros años de la Revolución, Lenin propuso su ingreso al faltar en Rusia capitales y tecnología adecuada; en el presente, Cuba, China, etc. las promueven. De modo que, así como la ingesta de sustancias extrañas al organismo en un medicamento es admitida por necesaria y no por deseable, en determinadas condiciones el capital extranjero (que succiona la riqueza para sus países de origen) también es admisible.
Hace medio siglo los «desarrollistas» orientados por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París rechazaron la idea de que un país «subdesarrollado» pudiera salir de tal condición aliado al capital extranjero, ya que dicha alianza implica mayor dependencia. Las concepciones socialistas en América Latina abrevan en esas y otras fuentes para llegar a la misma conclusión. Para ejemplo, basta citar los aportes del Che Guevara o de Vivian Trías.
Cuarenta años después (año 2000) el secretario general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, Rubens Ricupero en el cuidado lenguaje empleado por las altas autoridades internacionales, fijando el balance de las políticas aperturistas al capital extranjero, sostuvo: «Los objetivos comerciales de las multinacionales y los objetivos de las economías anfitrionas no coinciden necesariamente.»
Descubrir la diferencia de objetivos pasa a ser esencial ante la marea de neocolonialismo agrario en el mundo o ante el ejemplo de creciente dependencia brasileño.
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