Uruguay: tarea colectiva y permanente

Opino que es necesario y conveniente llamar las cosas por su nombre. Para comenzar aclarando, digo que el domingo 18 de febrero perdimos. Que hayamos evitado una posible «goleada» en contra, es otro tema. Perdimos con dignidad, pero perdimos.

Ahora bien, si partimos de la base de que muy pocos o casi nadie creía –dadas las circunstancias por todos conocidas– que en ese contexto adverso se pudiera llegar a las 600.000 voluntades necesarias para posibilitar el referéndum, y habida cuenta que encaramos la tarea no sólo con convicción sino también apelando a la «vergüenza deportiva», entonces, claro está, no nos fue tan mal…

Pero si de alcanzar el objetivo propuesto se trataba, no es verdad que hayamos estado cerca.

Si el objetivo real era poner el tema en la agenda de los uruguayos, avanzar en conciencia y movilización, intentar «acumular», el análisis puede arrojar entonces resultados diferentes.

Soy de los que no se afilia a la tesis que sostiene que a la victoria llegaremos luego de varias derrotas, y menos aún de los que cree que las sucesivas derrotas sean las que nos lleven a la victoria final, pero debo sin embargo reconocer que no necesariamente nos alejan de ella. Pero, ¡mucho cuidado!

En primer lugar, busquemos la verdad; intentemos aproximarnos a ella. Con honestidad siempre. ¿Tan poco nos mienten los otros, que debemos mentirnos también nosotros mismos?

Entre otras razones porque pese a jactarnos de utilizar argumentos que ayuden al avance ideológico, muchas veces terminamos apelando a recursos emocionales o aún al «exitismo» con el fin de obtener el voto o la adhesión ciudadana. No estoy planteando que esté mal o que no deba hacerse. Intento establecer que de nada sirve creernos «puros» ideológicamente cuando la realidad indica que no es así.

Más aún, hablamos de acción política permanente, muchas veces en contraposición al «electoralismo». Aclaremos: no estoy proponiendo otra vía que no sea la electoral o constitucional, sólo señalo que a veces nosotros mismos propiciamos las instancias que aumentan –con sus resultados previsibles– el desánimo y no transitamos el camino de la tarea paciente de debatir, organizar y contribuir al proceso cotidiano de acumulación.

Porque ganar también puede ayudar a acumular, ¿o no? ¿sólo perder sirve?

Cuando hablamos de «vaciamiento ideológico», ¿no contribuimos al mismo recurriendo reiteradamente a mecanismos que, a pesar de permitirnos someter estos temas a la consideración pública, no tienen por qué significar de por sí un avance ideológico?

Dicho de otra forma, ¿no existe posibilidad de convocar a «cabildos abiertos» o de recorrer «pueblo a pueblo» si no estamos ante la inminencia de un acto electoral?

No tengo seguridades. Ni siquiera certezas; solamente planteo lo que creo puede ayudar a avanzar y si de algo me estoy convenciendo es que para saber qué piensa o siente el «pueblo», tal vez lo primero sea definir o saber cuál es el pueblo y qué tan inmersos estamos en él.

Porque supongo que debemos admitir que no llegamos el pasado 18 por varias razones.

Entre ellas, cito la existencia de un «manto de silencio» descarado, en la gran prensa; el temor (y aun el terror) de mucha gente que por ejemplo en mi departamento de Canelones tiene contrato con la Intendencia y entonces ni se asomó cerca del local electoral temiendo que la «fiscalización» del Partido Colorado (no sólo del Foro…) pudiera determinar el fin de su ingreso económico y todo lo que ello trae aparejado.

Pero también debo expresar que fracasamos, porque existe un sector importante de la población que por desidia, desinterés o por no entender que estas cosas afectan su vida, decidió no concurrir.

Porque la falta de credibilidad y la desesperanza son también datos de la realidad. Y esos uruguayos también forman parte del pueblo ¿o no es así? Y ya que hablamos de credibilidad, ¿por qué le exigimos a Tabaré lo que ni siquiera le pedimos a otros?¿O alguien puede creer que hubiera sido igual o mejor si Tabaré no hubiese intervenido?

¿Y cómo es posible, ideológicamente hablando, que un solo individuo, por acción u omisión incida –y de qué manera– en una situación social y por tanto colectiva?

Y sin nosotros los militantes de siempre, frenteamplistas y encuentristas, los referentes, los que dialogamos con los vecinos, los que ponemos los vehículos y trasladamos a mucha gente, ¿sería igual el resultado?

Creo sinceramente que no. Y que hay que evaluar seria y permanentemente.

Nadie puede solo

Creo también que, aunque se pudiera, tampoco es bueno «cortarse» solo en materia política. Hay que ampliar siempre. Además, si el asunto es de todos y a todos concierne, conviene que no se asuman decisiones o emprendimientos por parte de un solo gremio o una sola organización política, más allá de la representatividad que puedan esgrimir.

Para trabajar desde o con las organizaciones sociales, lo primero que debemos hacer es respetarlas, lo que implica tolerar sus tiempos y «bancar» sus resoluciones. No es cuestión de paternalismos o hegemonías. Cantar primero no es cantar mejor, ni asegura que habrá coro para el acompañamiento.

Habrá que tener paciencia –una vez más– y seguir trabajando con humildad. La prudencia lo aconseja y la historia lo demuestra.

Se deberá consultar. Proponer ideas y esperar respuestas antes de resolver, en un diálogo abierto, enmarcado en una estrategia común, que incluya y que no excluya.

Que no excluya, por ejemplo, al Nuevo Espacio ni a los progresistas que aún militan dentro de los partidos tradicionales.

Esto no significa pedir permiso ni esperar consentimientos. Se trata de tener en cuenta la mayor opinión posible de orientales honestos, sobre todo si estamos preocupados por mejorar la situación de la mayoría, en especial de los más carenciados.

De ir juntos, no delante de ellos

No hagamos lo que pueda parecerle a unos pocos y pretendamos después «arrastrar» al resto.

«Despacito y por las piedras», para vadear este cauce que no es tan llano como parece y más de uno ya la «quedó» en el intento. Los triunfalismos engañan y la seducción es peor que la gripe.

¿O acaso ahora sí podemos creerle a Batlle cuando nos dice que el domingo 18 no hubo vencidos ni vencedores?

Si alguien cree que estamos mejor que hace dos años, digo enfáticamente que yo creo que se equivoca. Podemos mejorar, sí, pero siempre que no nos confundamos.

El país está peor, ¿y quién me puede demostrar que el hambre o la angustia generen conciencia revolucionaria? ¿Qué hay de nuevo o positivo? ¿O era imprevisible esta votación y la «sorpresa» nos descolocó?

Llamo a reflexionar y a debatir. En muchos ámbitos y muchas veces. Las que sean necesarias. A hacerlo fraternalmente. Sin exclusiones.

Es posible que los talleres en donde se debate acerca de la actualización –o no, ¿quién sabe?– del FA, sirvan para esta tarea de aunar voluntades y definir rumbos para ese cambio tan anhelado como imprescindible que permita que la mayoría se beneficie mejorando su calidad de vida, en una democracia participativa.

Es posible también (casi seguro, agrego) que no alcance con esto. Pero por algún lado hay que empezar.

Debemos trabajar con paciencia y humildad. Ningún triunfo se construye a la ligera o creyendo que los que hace siglos nos oprimen, lo hacen solamente porque nosotros somos perezosos.

Por favor, no creamos que este 18 fue tan revelador como para siquiera insinuar que la historia es una antes y otra después de esa jornada.

Ni tanto, ni tan poco. Todo tiene su valor y suma. La cuestión es distinguir
entre lo esencial y aquello que no lo es.

Y, como en el fútbol, tener presente siempre que jugar rápido es una cosa y jugar apurado es otra.

Hasta la próxima.

* Diputado Alianza Progresista (EP-FA) 

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