El pecado de Manuel Zelaya

Al presidente Manuel Zelaya le falta poco para concluir su período, para el cual fue electo por el pueblo hondureño. Lo podía hacer sin mayores contratiempos, para ello sólo tenía que no cometer «pecado» alguno, sólo dedicarse a administrar una democracia liberal, totalmente desgastada, con una economía de mercado al margen de las mayorías depauperadas de ese país centroamericano.

Sin embargo, este hombre, sin mayores complicaciones desde el punto de vista económico, pero con un sueño por delante, intentó dar un salto cualitativo para que el pueblo del país donde nació ese gran unificador de Centroamérica como lo fue Francisco Morazán, tuviera, al menos, la posibilidad de expresar una opinión sobre uno de los amarres del sistema político representativo, que impide que la soberanía pueda manifestarse de forma directa y de manera clara y transparente.

Ese «pecado», el de la consulta popular, acompañado con un acercamiento a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y las amistades con sus miembros, en particular con el presidente Hugo Chávez Frías, no podía pasar tan fácilmente desapercibido y quienes representan los intereses de las élites de Honduras, entre los cuales se encuentra la alta jerarquía eclesiástica, apoyados por los sectores más conservadores de Estados Unidos, importándoles un bledo la opinión del pueblo de ese país y de la comunidad internacional, implantaron un gobierno de facto y ahora lo defienden a costa de lo que sea, incluso de mayor represión y pobreza para el pueblo hondureño.

Esas élites reaccionarias que tienen el poder económico y mediático en todos nuestros países, han lanzado un globo de ensayo. Lo que se pretende con este golpe de Estado es dar una lección para todos los zelayas que se han atrevido ­o se puedan atrever­ a mostrar sus inclinaciones hacia los procesos de cambios que se han abierto en el continente americano a favor de los olvidados, de los descamisados, de los de a pie, de los que sólo reclaman el cumplimiento de sus demandas sin afectar para nada los privilegios de los sectores históricamente favorecidos.

Estos golpistas no han respetado la resolución de la Cumbre extraordinaria del Grupo de Río celebrada en Managua el 29 de junio, la decisión de la Asamblea General Extraordinaria de la Organización de Estados Americanos (OEA), del 4 de julio, basada en el artículo 21 de la Carta Democrática Interamericana, las condenas del Mercado Común del Sur (Mercosur), de la Unión de las Naciones Suramericanas (Unasur), el exhorto de la Asamblea General de las Naciones Unidas y tampoco a la Constitución de Honduras.

Por el contrario, lo que han desatado es una represión y persecución contra el pueblo hondureño, políticos y representantes del gobierno de Zelaya, lo que evidencia que el régimen se sustenta a través de las armas. Hostigan a periodistas extranjeros (como los casos de Telesur y de Venezolana de Televisión) y se meten en viviendas de personas que han rechazado el golpe militar.

Para todos los gobiernos democráticos del mundo en Honduras hay que restaurar la democracia y el Estado de Derecho y restituir al presidente José Manuel Zelaya, de manera que pueda cumplir con el mandato para el que fue democráticamente elegido. Lo demás es una farsa.

Por supuesto, estamos conscientes de que el problema de fondo está en el «pecado» que representan hoy en día Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y otros, pero, por los momentos ­según el pensamiento de estas élites­, hay que evitar la reincidencia en el mismo que ha encarnado Manuel Zelaya.

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