Falseamientos en la campaña electoral
Ha dado comienzo la campaña electoral. Desde hoy hasta el 25 de octubre la sociedad uruguaya será bombardeada con una propaganda implacable en busca de adhesiones del electorado.
De acuerdo con lo que señalan las encuestas de opinión y sin que ello deba tomarse al pie de la letra, la elección será reñida y todo hace suponer que la Presidencia podría dirimirse en una segunda vuelta.
Los partidos tradicionales, por primera vez en el llano desde hace cinco años, desplegarán todo su esfuerzo para reconquistar el gobierno; habrán de poner todo su empeño en la tarea sin escatimar recursos financieros para tal fin. Eso entra en la lógica de toda campaña, de toda competición político electoral, y es un aspecto insoslayable del libre juego inherente a un sistema democrático. También entra en esa misma lógica el afán por magnificar virtudes, minimizar defectos y evitar o soslayar los aspectos cuestionables del candidato o del partido. Lo que no debería estar presente en ninguna campaña civilizada son los eslóganes vacíos, las propuestas demagógicas, la descalificación del adversario ni, mucho menos, las tergiversaciones o el falseamiento de la verdad.
Pues bien, el doctor Lacalle ha incurrido en algunos de estos recursos apenas horas después de las elecciones internas que lo consagraron candidato único del Partido Nacional. Esa suerte de llamamiento a los potenciales inversores en el sentido de aguardar hasta diciembre antes de resolver invertir en el país configuró una actitud que revela la decisión de apelar a cualquier medio para desacreditar al Frente Amplio; del mismo modo, la metáfora de la motosierra para talar el gasto público fue inoportuna, desacertada e irritante.
Todo esto demuestra la voluntad férrea de alcanzar su meta sin preocuparse de los medios, olvidando que el fin, por justo o noble que sea, no puede en ningún caso justificar la utilización de medios innobles. Por otra parte, no el propio Lacalle sino algunos de sus acólitos o voceros más conspicuos, no reparan en medios para descalificar al candidato frentista recordando su pasado guerrillero o cuestionando su imagen no convencional y su vocabulario popular; parecería que la sencillez y la autenticidad fueran pecados imperdonables.
Pero más allá de estos recursos de baja estofa que terminan por descalificar a quien emite tales juicios, la estrategia opositora se nutre de dos o tres ejes que apuntan a tergiversar la realidad. Nos referimos al caballito de batalla en que han convertido a la inseguridad, al Impuesto a la Renta y a la política laboral desarrollada por el gobierno. Es así que aunque el gobierno ha logrado éxitos resonantes en el combate al delito en general y al narcotráfico en particular, blancos y colorados insisten en afirmar que el gobierno es inoperante. Por más que la reforma impositiva significó un paso trascendente hacia la justicia tributaria, no vacilan en sostener que los impuestos abruman a la población, soslayando el hecho sin precedentes de que cerca del 80 por ciento de los uruguayos se ha visto aliviado de la carga impositiva. Y finalmente, actuando como voceros oficiosos del empresariado, la emprenden contra las medidas de protección a los trabajadores dispuestas por el gobierno. Eduardo Bonomi fue muy claro al demostrar la voluntad negociadora del gobierno en cada una de las leyes enviadas al Parlamento, pero empresarios y políticos blancos y colorados insisten en lanzar agoreros aullidos para advertir que tales medidas traerán el caos y ahuyentarán a los inversores.
Cada una de estas afirmaciones provenientes de los partidos conservadores es un flagrante falseamiento de la realidad y ellos son perfectamente conscientes de esa tergiversación pero se mantienen en sus trece en una especie de emulación de Goebbels.
El Frente Amplio deberá prestarle especial atención a todo esto de modo de contrarrestar este deplorable operativo de mentiras urdidas por las fuerzas conservadoras.
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