Las miradas apuntan a Estados Unidos
La historia se repite en Honduras. Como en Chile, Argentina, Nicaragua o Venezuela. Detrás de la oligarquía nacional que no se resigna a que el pueblo tome las riendas de su destino, han movido sus hilos la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y los graduados de la Escuela de las Américas. Y como afirmó el politólogo estadounidense James Petras, Washington estuvo detrás del golpe. El presidente Chávez lo acaba de denunciar en Bolivia, al igual que lo hizo el ex presidente Fidel Castro.
El periodista Jean-Guy Allard ha revelado los orígenes del actual embajador de Estados Unidos en Honduras, Hugo Llorens. Según Allard, el diplomático, un cubano de nacimiento que llegó a Estados Unidos como parte de la Operación Peter Pan, es «especialista en terrorismo». La Casa Blanca de Bush captó a Llorens en 2002, nada menos que como director de asuntos andinos del Consejo Nacional de Seguridad, lo que lo convirtió en el principal asesor del presidente sobre Venezuela.
El golpe de Estado de 2002 contra el presidente Hugo Chávez se produjo mientras Llorens se encontraba bajo la autoridad del subsecretario de Estado para Asuntos hemisféricos, Otto Reich, y del muy controvertido Elliot Abrams. En julio de 2008, Llorens fue nombrado embajador en Honduras. El pasado 4 de junio, el embajador Llorens declaró a la prensa hondureña que «…Uno no puede violar la Constitución para crear una Constitución, porque si uno no tiene Constitución vive la ley de la jungla». Esas declaraciones se emitieron en referencia a la encuesta popular sobre la convocatoria de una posible asamblea constituyente, que debería haber tenido lugar el 28 de junio si no hubiera ocurrido el golpe de Estado contra el presidente Zelaya. Los comentarios de Llorens no sólo ponen en evidencia su posición contra la encuesta, sino, además, su total injerencia en los asuntos internos de Honduras.
Pero Llorens no estaba solo en la región. Luego de su nombramiento como embajador en Honduras -cargo que obviamente se le asignó debido a la necesidad de neutralizar la creciente presencia de gobiernos izquierdistas en la región y la potencia regional del ALBA-, se nombraron varios embajadores más de Washington en los países vecinos, todos expertos en la desestabilización de la revolución cubana y operaciones psicológicas. Primero llegó el diplomático Robert Blau a la embajada de Estados Unidos de El Salvador, el 2 de julio de 2008, como el segundo de la diplomacia estadounidense. En enero de este año, Blau asumió la embajada como encargado de negocios. Antes de su envío a El Salvador, Blau fue subdirector de Asuntos Cubanos del Departamento de Estado, luego de haber estado dos años en la Sección de Intereses de Washington en La Habana como asesor político. Fue tan eficiente en su trabajo en Cuba con la disidencia, que el Departamento de Estado le concedió el Premio James Clement Dunn a la Excelencia, debido a su labor con la oposición contrarrevolucionaria. Llorens y Blau eran viejos amigos, luego de trabajar juntos en el equipo de Otto Reich en el Departamento de Estado.
Después fue nombrado Stephen McFarland como embajador de Estados Unidos en Guatemala, el 5 de agosto de 2008. McFarland, graduado de la Universidad de Guerra de Estados Unidos y ex miembro de los marines en Irak, era el segundo en la Embajada de Estados Unidos en Venezuela bajo William Brownfield, quien incrementó de manera alarmante el apoyo financiero y político a la oposición contra Chávez.
Juntos, estos embajadores -expertos en golpes de Estado, desestabilización y propaganda- han preparado el terreno para el golpe contra el presidente Zelaya en Honduras, denunció Eva Golinger, escritora estadounidense-venezolana.
Hay que coincidir con Fidel y Chávez cuando indican que lo ocurrido en Honduras es un grave y peligroso precedente para América Latina, y puede significar el intento de la derecha regional, dirigida como siempre desde Washington, por revertir violentamente los cambios conquistados hasta hoy por los pueblos del hemisferio. Lo ocurrido en Honduras podría calificarse como un ensayo imperial-oligárquico, que en tanto saca de juego a un gobierno constitucional, sirve a los poderosos para calibrar hasta dónde pueden llegar en sus actos agresivos y qué modalidades asumir para, una vez realizadas sus criminales aventuras, perpetuarlas y extenderlas. Volveremos otra vez sobre el tema.
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