EDITORIAL

Viejos recursos para la campaña electoral

Dijimos en un editorial la semana pasada que el doctor Lacalle no necesitaba recurrir a exabruptos tan desafortunados como la sugerencia de no invertir hasta tanto se conozca el resultado electoral. Y decíamos que para ese trabajo sucio contaba con eficaces colaboradores y con el nada despreciable apoyo del matutino de la Plaza Cagancha, cuyos virulentos editoriales antifrentistas nos retrotraen cuarenta años atrás, cuando la histeria anticomunista tenía en El País (y también en el desaparecido El Día) a sus más conspicuos voceros.

Veamos. En un reciente editorial, el escriba de turno recuerda los orígenes del Frente Amplio «cuando recién empezaba la séptima década del siglo XX» (en rigor era la octava). Recuerda los partidos y grupos que lo fundaron y no tiene empacho en incluir entre ellos a la OPR 33 Orientales, organización de origen anarquista que nunca integró el Frente Amplio; pero la tergiversación vale en la medida que puede servir para confundir a la gente y hacerle creer que en el FA prevalecían los grupos más radicales y violentos, coexistiendo con comunistas, socialistas, democristianos y sectores escindidos de los partidos tradicionales.

«Se estaba, pues, ante una verdadera colcha de retazos», continúa el editorialista desempolvando una expresión que tal vez tuviera sentido en aquel entonces pero cuya veracidad se vio desmentida a lo largo de los años posteriores a aquel 1971. Esa «colcha de retazos» sobrevivió a la más implacable represión dictatorial y resurgió con el fin de la dictadura para seguir creciendo electoralmente hasta alzarse con la victoria en 2004. En todo ese extenso lapso sólo sufrió contadas y pequeñas deserciones; y una vez en el gobierno, exhibió una cohesión y una solidez monolíticas, sin perjuicio –claro está– de diferencias que se superaron sin dificultad.

De modo, pues, que calificar al Frente Amplio de «colcha de retazos» resulta un anacronismo que no responde en absoluto a la realidad. No obstante, El País –que ha dejado a El Día sin asunto en cuanto a conservadurismo cavernario– no sólo insiste en ese calificativo obsoleto sino que dobla la apuesta sosteniendo que la colcha de retazos se convirtió en una «bolsa de gatos gruñones» (sic).

Este frenesí anti frentista casi oligofrénico se enmarca, desde luego, en el operativo que pretende desacreditar al gobierno del Frente. Para ello, han apelado a otro viejo recurso que surtió efecto en 1971: instalar el miedo en la población. Naturalmente que han maquillado convenientemente el discurso y han adecuado su contenido a la realidad de hoy. Ya no se trata de asustar al pequeño burgués con la presencia de tanques soviéticos en las calles de Montevideo, ni de conmover a las madres con la perspectiva de que se les sustraerán sus hijos para ser adiestrados en La Habana. Nada de eso.

Ahora las formas de atemorizar no son tan burdas. Ahora tenemos una juventud descarriada y alucinada por la pasta base, que se dedica a cometer los peores crímenes; y se presenta al gobierno del FA como inoperante e indulgente, incapaz de dar protección a la sociedad sana. Paralelamente a ese caballito de batalla, aparece ahora la reforma constitucional que acotaría el derecho de propiedad. Excelente oportunidad para hacer temblar a los viejitos que ya se imaginan despojados de su vivienda y echados a la calle. Del mismo modo, por más que el ex titular del MTSS Eduardo Bonomi lo explicó hasta el cansancio descartando toda posibilidad de efectos negativos, insisten en que la Ley de Negociación Colectiva será un desestímulo para los inversores.

A falta de propuestas creíbles, de programas claros e innovadores, la campaña blanca centra sus baterías en una crítica implacable y sin fundamentos a la gestión de gobierno del Frente Amplio. Habrá de verse si tal estrategia da los frutos esperados.

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