Lo fundamental ahora, y la perspectiva inmediata

LA REPÚBLICA brindó una cobertura excelente del Plenario del sábado 11 en Cambadu. Los que no estuvieron lo vivieron a través de esas páginas como si hubieran asistido. No sólo con la lectura de los discursos, sino con el reflejo del clima que allí se generó e irradió a todas partes.

A partir de ahí, todo cambió. Al bajón con que veníamos desde la proclamación de la fórmula, le sucedió la alegría. La confianza renació. La fraternidad se instaló como en los mejores momentos de la historia del Frente. Una cierta euforia razonada, sin estridencias, pero calando hondo en los corazones y en las miradas.

En forma circunstancial, he recibido testimonios casi inmediatos de cómo se trasladó el espíritu del Plenario al Interior del país. Un compañero me dijo: «Nos cambió la vida». Otro (de un departamento distinto): «Empezamos a vivir de nuevo». Curiosa coincidencia en los términos: como un renacimiento, una vida nueva, un rebrote de la esperanza.

Astori pronunció, al clausurar el plenario, un discurso extraordinario. El discurso de un estadista, se ha dicho. Ojalá ese espíritu y la concepción que lo anima pueda transformarse en el eje de la campaña electoral, ya relanzada con renovado empuje. Y que tenga salud para cumplir esa tarea. Que consiste en la explicación pública, accesible a cada uno, de los magníficos logros del gobierno en todas las esferas. Es desde ese ángulo que vamos a polemizar con los partidos de oposición, con los gobiernos anteriores y sus personeros. Y de allí surge la convicción de que podemos ganar en primera vuelta, para continuar esta obra fecunda a favor de las grandes mayorías, y de la República en su conjunto, en un segundo gobierno del Frente Amplio.

Porque de todos los datos y los argumentos con que Danilo fundamentó su exposición, yo quiero recoger sólo una de las cuatro claves que definió para la campaña electoral, sobre la base de «Una sola voz, un solo mensaje». Y es el siguiente: para ganar en octubre precisamos 800 mil votos más para el Frente que los que tuvimos en las internas del 28 de junio. Me van a decir que son cosas distintas, o que nuestra baja votación se explica por tales o cuales razones (ninguna de ellas me convence, dicho sea de paso, porque rigieron para todos por igual). Miremos la verdad al fondo de los ojos. Perdimos frente a los blancos en todos los departamentos del Interior, incluidos los siete que cuentan con intendentes frenteamplistas. Y aunque no es lo mismo, comparemos con la elección presidencial de octubre 2004, en que tuvimos más votos que todos los demás partidos juntos (los grandes, los media nos y los chicos) sumados a todos los votos anulados, los votos en blanco, los que votaron dos veces, todo, absolutamente todo lo que se puso en una urna se sumó contra nosotros, y les ganamos a todos juntos. En cambio, en las pasadas elecciones internas perdimos frente a los blancos solos. No nos sirve el consuelo, sino que debemos medir la magnitud de la cifra de los votos que debemos conquistar (o reconquistar) en estos tres meses y poco. Esa cifra mide la magnitud de nuestro desafío.

Si algo ha quedado absolutamente claro en este inicio de la campaña decisiva, es que una victoria de los blancos, o en su defecto de los rosados, sería la restauración, en el peor sentido del término, de todo lo peor de los gobiernos anteriores, un retorno al ancien régime exacerbado por su sed de revancha y de venganza, de lo que han sido intérpretes Lacalle y De Posadas. Una degollatina en toda la línea, un retroceso de varias décadas.

Por eso, un segundo gobierno del Frente es imprescindible para continuar la obra emprendida por el mejor gobierno de la historia uruguaya, para mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la gente, para afianzar la economía y el desarrollo nacional. Si hoy el Uruguay resiste los embates de la peor crisis de la historia de la humanidad, es por la solidez de la política económica del gobierno y a pesar de las agorerías y las malas ondas de líderes políticos de espaldas a los intereses nacionales. Pepe Mujica dijo, al presentar la candidatura de Astori en el Plenario, que éste había dado una lección de generosidad, y agregó: «Danilo no es segundo de nadie. Lo queremos para que sea primero a medias conmigo. Para que nos mejore el cuadro. Para que protagonice el gobierno».

Pero la nuestra es además una responsabilidad continental en esta hora peculiar que está atravesando nuestra América. Vivimos desde el inicio del nuevo siglo y milenio un cambio de época en el continente, con el acceso al gobierno de partidos de izquierda y progresistas en la mayoría de los países. El Uruguay del Frente Amplio integra con honor esa nueva correntada, a la que recientemente se sumó el gobierno de El Salvador. Hoy vivimos con preocupación inmensa lo que sucede en Honduras. Es una señal de que las antiguas clases dominantes de nuestros países están dispuestas a recurrir a cualquier medio, incluso el golpe de Estado, como lo hicieron también en 2002 contra Chávez o con las maniobras secesionistas e intentos de asesinato contra Evo Morales, con tal de recuperar sus privilegios y evitar que esta marejada purificadora se vuelva irreversible.

También, por esa razón, debemos conjugar los máximos esfuerzos para impedir la vuelta al pasado y para que Uruguay se mantenga en la cresta de la ola progresista y de izquierda, en alianza fraterna y mutua solidaridad con las fuerzas populares y progresistas del continente. Sobre esto último, quizá haya algo más que decir.

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