Norma y uso del idioma
Porque creo en los valores fecundantes de la discusión civilizada, voy a contradecir un par de opiniones de Mendieta aparecidas hace un cierto tiempo ya, en este diario. Me voy a referir al uso de pago en papel de participio y a la denominación de un país, Nueva Zelanda, que considero incorrecta como trataré de fundamentar.
Entonces, cojo lucha con Mendieta, como dicen en Cuba.
Empecemos por el final, como corresponde y hagámoslo con una simple pregunta dirigida a Mendieta: ¿cuál es su nombre? o bien ¿cómo se llama usted? aceptando de antemano que su respuesta sería la única válida: Mendieta y no Pérez o Dupont que podría ocurrírsele a cualquiera.
Bien: otro tanto sucede con Nueva Zelandia. Ese país ha firmado el protocolo correspondiente a las denominaciones que le conciernan en las diversas lenguas, que en español es la de Nueva Zelandia y no Nueva Zelanda. Como es obvio ha participado en la formulación del Boletín Terminológico de las NU, boletín que lleva el número 135, y el nombre Nueva Zelandia así aparece allí avalado por aquel país. No lo invento yo.
¿Qué valor tienen los puntos de vista –muchas veces tan discutibles– de la Real Academia Española al respecto? Ninguno en especial. ¿Acaso tantos de ellos no reflejan particularidades españolas locales? ¿Acaso no confunden dativo con acusativo cuando escriben o dicen le mataron en vez de utilizar la fórmula lo mataron, que es la correcta?
Lo que nos viene de España en materia de idioma, en particular de la Academia, tiene un valor, es claro, pero un valor testimonial lo cual no es poco, pero no es norma, incluso aunque haya en ella miembros correspondientes latinoamericanos. Y pese a que la RAE crea que establece pautas indiscutibles en este idioma que tan mal hablan. Así en España se dice al-lántico por Atlántico, al-lético por atlético y escelencia por excelencia, dicho sea de paso sin pretender abordar el tema en su totalidad porque sería tarea imposible.
Saltemos ahora al primer punto en discusión: ¿Pago o pagado? Decía el maestro Unamuno que una cosa es la razón y otra cosa es la verdad, con lo cual tenía razón y verdad unidas.
Sobre la autoridad de la Real Academia ya queda opinión líneas más arriba por lo que no reiteraremos argumentos. Lo que sí nos queda es el hecho del uso de pago por pagado, tan extendido entre nosotros. Es cierto que todo idioma no es el que ahora se está hablando (no es, está siendo) y menos el que se escribe desde una perspectiva ‘culta’. La calle dice mayoritariamente pago cuando debiera decir pagado. Eso en nuestro país, donde se habla de gastos pagos, por ejemplo. Pero allí no se cierra el debate. El proceso de permanente cambio de las lenguas se ha hecho y se hará inexorablemente pese a las normas, por lo cual hay idiomas, como el inglés, que prefieren no establecerlas, hecho en el que, por cierto, hay sabiduría según entiendo.
Ya lo dijo el famoso lingüista sueco Bertil Malmberg con autorizada palabra: «Hay que tener en cuenta (…) que cuando se considera la lengua un organismo vivo que se desarrolla según leyes ciegas, parece fuera de lugar todo tipo de purismo normativo» (…) etcétera. A lo que agrega que la lengua «se modifica constantemente (…) nunca permanece inmutable salvo en ciertas lenguas artificiales empleadas con distintos fines (culto, sociedades secretas) que son mantenidas estáticas».
De todas maneras no olvidemos que la verdad siempre va por el medio, ni tan tan ni tontón, «como dijo El Otro«, personaje evocado por Quevedo como recurso retórico para eludir responsabilidades en materia de opinión.
Es cierto que si las lenguas no estuvieran en permanente descomposición –léase cambio— esta ‘disputa teológica’ sería en latín y tal vez empezara diciendo venient annis secula seris… (vendrán otros años en la serie de los siglos…) como expresa Séneca en la Medea, premonitoriamente.
Y en esa serie de los siglos muestran y acumulan cambios que no están regidos por la razón sino por la sinrazón, o por la verdad simplemente, una verdad inmediata y contingente pero impuesta por el uso.
Hecho que debemos aceptar para abordar el fenómeno de la variabilidad de las lenguas.
Sea como sea, hay un enfoque dialéctico que a nuestro modo de ver es el verdadero: aceptemos el cambio cuando ya la lógica ha sido derrotada, lo cual no exime de luchar permanentemente por ella, por la lógica. Tal nuestro caso.
De otro modo, si se me antojara, podría llamar beque al perro y caliti al gato. Y está claro que podría hacerlo ya que nada me lo impide. ¿Pero me entenderían? La respuesta no se dice de tan evidente.
El idioma sería entonces el resultado de esa dialéctica que, a nuestro modo de ver, tiene por polos la norma y el uso. Entre el cómo se debiera decir y el cómo se dice.
Quienes nos alineamos en el primer contingente debemos reconocernos vencidos en el largo plazo, pero vencidos después de haber luchado para que prevalezca un orden lógico, por ello tan opuesto a lo humano, que es la más loca ilogicidad que debemos reconocer y contar con ella.
Deberíamos decir pagado y decimos pago en carácter de participio pasivo. Así lo dice la calle mientras nosotros seguiremos tratando de llamarle perro al perro y gato al gato, ya que si cada uno los denomina según su gusto y paladar, ¿cómo podríamos entendernos?
* Escritor
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