Eliminar las internas

Hace meses que se ha comenzado a generalizar en el FA la idea de una Asamblea Constituyente, donde confluyan temas sociales y políticos que deban modificarse o incluirse en la Carta Magna a favor del «proyecto popular». Sin lugar a dudas hay temas esenciales como la propiedad de la tierra, las inversiones de extranjeros, el control del capital financiero y el papel del Estado en la producción y la distribución de la riqueza.

Pero en estas líneas, queremos mencionar temas electorales a ser modificados ya sea en una Constituyente o una Reforma Constitucional. Más cuando se hacen públicas de parte de dirigentes la posibilidad de democratizar el ejecutivo, a través de una elección indirecta del presidente, a través del Parlamento. Es correcto discutir cualquier modificación institucional que limite los excesivos poderes del Ejecutivo. Sin embargo, en una sociedad acostumbrada a los «equilibrios institucionales», cualquier mecanismo visto como desestabilizador, aunque esté en la Constitución, nunca llega ni a mencionarse, siquiera de parte de la oposición. Por ello, cualquier límite al Ejecutivo debe ser expreso; por ejemplo: el veto presidencial. Es correcto que Mujica haya dicho que no lo va a usar, para que no lo usen otros, hay que eliminarlo.

 

Las primarias

Las elecciones llamadas internas, ­primarias porque de internas no tienen nada­, fueron un «invento» blaqui-colorado para solucionar su problema para elegir candidato único a presidente, figura electoral que se le venía encima por la práctica histórica del FA, que no tenía ese problema, porque tenía organismos de participación política permanente, definiendo en su Congreso los candidatos únicos.

Tres experiencias ya han demostrado la inutilidad de las mismas, la deformación electoral que contienen (no son internas, baja participación y brutal influencia de las encuestas), con la no-obligatoriedad ­en un país donde el resto de las elecciones son obligatorias­ y en medio del invierno (no exagero, si afirmo que es la única elección del mundo en esta estación).

Pero lo principal es, que en un período histórico de escasa intervención política de la gente, en lugar de potenciar instrumentos de participación continua, se apela a aquellos que la alejan llevándola a intervalos electorales de cinco años y bajo el influjo de afiches con fotos y músicas pegadizas y no en el intercambio colectivo sobre programas, estrategias y proyectos. Es, por otro lado, una lesión a la autonomía partidaria de elegir sus candidatos y autoridades tal como lo desea: a nadie se le ocurrió ­aún, porque gente con imaginación anti­colectiva no falta­, que haya internas para ver el orden de las listas al Parlamento. Eso queda en manos de los partidos y se resuelve entre las «cuatro paredes de los locales»: Oh!!! ¡Qué horrible! Además este sistema ­por el tipo de instancia que lo decide­ peca de antidemocrático al eliminar de la contienda a presidente a partidos menores. Que sea la elección a presidente y legisladores que «ubique a cada uno» en el plano electoral.

 

El balotaje

Otro «refrito» blanqui-colorado ha sido el sistema de dos vueltos, «descubierto» como la panacea democrática de la elección presidencial, recién luego de que el FA tuvo posibilidad de ganar. Un mecanismo que tuvo como único objetivo ­lo logró en 1999 y sueñan con repetir en 2009 o cuando sea­ impedir la llegada del FA al gobierno, con la unión en la segunda vuelta de la «familia ideológica» que debería estar junta siempre y no sólo cuando les conviene para enfrentar al FA.

Una segunda vuelta que siquiera le da un plus al ganador que mantiene la correlación parlamentaria que le impide la mayoría simple, por tanto debe salir a buscar votos en otros partidos. Si esto se da igual ¿por qué no mantener el resultado electoral de una sola vuelta? ¿Por la legitimidad de haber ganado? En el Parlamento ­como cualquiera ha podido ver­, lo que cuenta son los legisladores que cada cual tiene y esto ­repito­ no lo cambia la 2ª vuelta.

 

Las departamentales

Por último hay que resolver la relación en el tiempo entre nacionales y departamentales. O se separa de veras, por ejemplo el último domingo de noviembre dos años después de la elección nacional o se las vuelve a juntar con las nacionales. De otra manera es otro gasto electoral, el peso del resultado de las nacionales continúa y los gastos electorales se agigantan, sin aumentar la reflexión, la discusión de programas y proyectos y por supuesto sin aumentar la participación popular consciente. La definición de los candidatos a intendentes, que debieran ser uno por partido al igual que los presidenciables, deben quedar en las manos libérrimas de los partidos.

En síntesis: el funcionamiento partidario, siempre es más participativo que un voto cada cinco años. Es más en calidad y potencia para que lo sea masivamente, contra la cantidad embrutecida por los medios masivos de comunicación. En todo caso la complementación de la democracia directa y la indirecta es la mejor forma de llegar a las mayorías con contenidos.

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