La versión contemporánea del Muro de Berlín cumple siete años
El lector tiene bien presente que en 2002 Israel comenzó a construir en territorio de Cisjordania un muro alegando problemas de seguridad. El mismo fue condenado por el Tribunal Internacional de Justicia en 2004.
Hoy tiene 413 km de longitud y curiosamente se levanta en territorio ocupado por Israel en Cisjordania. Según señalan los entendidos, el 85% del trazado es en territorio palestino ocupando el 9,5% de dicho territorio.
Es casi seguro que alguien salga a contestarme acusándome de antisemita. No soy antisemita (los palestinos también son semitas), sí reconozco que no comparto la filosofía sionista que desde hace mucho tiempo predomina en el Estado de Israel (aclaro que tampoco soy antijudío).
Volvamos al tema central, el muro se comenzó a construir en 2002, bajo la mirada casi complaciente del resto del mundo. Y afirmo esto basado en que cuando «el mundo» quiere presionar, lo hace en serio y en general consigue lo que quiere. Por supuesto que EEUU es quien lleva la mayor responsabilidad (también está construyendo una nueva versión del Muro de Berlín).
Si uno apela a su memoria, podrá recordar lo que se dijo del Muro de Berlín. Hoy, políticos y prensa (televisión, diarios, agencias de noticias) callan sobre esta aberración, porque me pregunto y pregunto, ¿cuál es la diferencia con el Muro de Berlín? En aquel momento también se argumentaban problemas de seguridad.
Lo cierto es que esta nueva versión del Muro de Berlín provoca un impacto demoledor en la vida cotidiana de decenas de miles de palestinos, arruinando miles de negocios e impidiendo el acceso normal a hospitales, escuelas, universidades, fábricas y cultivos.
Según señalan algunos especialistas, pocos expertos creen que el tema seguridad fuera ni el único ni el principal argumento. Los tres grandes bloques de colonias Ariel y Maale Adumim son auténticas ciudades; Gush Etzión es un conglomerado de asentamientos en el que residen más de 50.000 personas serán anexionados a territorio israelí según el trazado del muro rediseñado cuatro veces por los gobiernos hebreos, lo que evidencia que la enorme barrera y las alambradas pretenden también dibujar la frontera que Israel desea imponer a base de hechos consumados. Las dificultades para acudir a hospitales, colegios y universidades separados de los pueblos o ciudades donde viven sus pacientes o estudiantes son un tormento.
A los campos de cultivo enclavados entre el muro y la frontera con Israel sólo se puede acudir si se cuenta con un permiso concedido por las autoridades israelíes y que hay que renovar semestralmente. Es una empresa penosa y humillante para 35.000 personas que viven en los 34 pueblos situados en esa franja y para el cuarto de millón de vecinos de Jerusalén Este. En el norte de este territorio, el 80% de los campesinos no cuentan con ese permiso. El Ejecutivo israelí anunció que construiría 70 puertas en el muro para que los agricultores pudieran llegar a trabajar sus tierras. Hoy, 28 están cerradas y 20 abren temporalmente. Sólo 22 permanecen abiertas diariamente.
Curiosamente, el muro y los vallados determinan el acceso a gran parte de los recursos hídricos de Cisjordania, casi siempre a favor de las colonias israelíes. La vergonzosa pared atraviesa 171 pueblos o ciudades de Cisjordania; ha desplazado a 28.000 personas; ha supuesto la confiscación de 5.000 hectáreas, y el aislamiento de otras 27.000.
Digan lo que digan, argumenten lo que quieran, lo que acabo de describir es una pequeña síntesis de una realidad incontrastable.
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