Un mal comienzo de la campaña blanca
En la noche del domingo 28 de junio, apenas se conocieron los resultados de las internas que confirmaron las tendencias anunciadas por las encuestadoras, el doctor Luis Alberto Lacalle, exultante por el éxito obtenido, dirigió unas palabras a sus seguidores en el local central de su postulación. Fueron palabras mesuradas, de respeto hacia sus adversarios internos pero también de mano tendida hacia quienes serían sus competidores, los candidatos de otras tiendas políticas. Habló de concordia, de respeto mutuo y de la necesidad de que la contienda electoral no se rebaje a la injuria ni a la descalificación y exhiba la cultura cívica proverbial de los uruguayos.
En términos similares se expresaron los restantes candidatos ungidos en aquella jornada. Sin embargo, el doctor Lacalle borró prontamente con el codo lo escrito con la mano aquella noche; extemporáneamente, emitió una reflexión que sacudió el ambiente político y provocó la airada y justificada reacción de todas las figuras relevantes del partido de gobierno. No era para menos. El ex presidente Lacalle envió un mensaje que se lee así: Señores inversores, les aconsejo abstenerse de invertir o de continuar invirtiendo en Uruguay hasta no conocer el resultado de la justa electoral de octubre-noviembre. Si yo resulto electo presidente, los espero con los brazos abiertos pues tendrán todas las garantías para hacer buenos negocios; en cambio, si tenemos la desgracia de que sea el Frente Amplio el triunfador, vuestros negocios corren serios peligros.
Resulta curioso que quien aparecía en los cortos publicitarios besando niños, viejitas y pulperos y terminaba estampando un beso lleno de devoción patriótica en la bandera de la Patria, no tenga empacho alguno en lanzar un mensaje de tono tan fuertemente antipatriótico. Tamaña exhortación entra en flagrante contradicción con la consigna tan repetida y tan incumplida que proclama la prioridad de los intereses del país por encima de los del partido; el doctor Lacalle está actuando exactamente en sentido inverso. En efecto, resulta claro que al emitir ese mensaje a los inversores, está anteponiendo sus mezquinos intereses electorales a los supremos intereses del país, o de la Patria, como a él le gusta decir. Queda en evidencia que, con tal de desprestigiar a su adversario para obtener réditos electorales, no vacila en perjudicar al país.
Esta actitud de Lacalle ha exacerbado los ánimos con razón, y puede ser el primer balde de agua echada sobre el terreno para embarrar la cancha. Mal comienzo para una campaña que puede ser áspera, dura y con debates apasionados, pero que no debe caer nunca en bajezas por el estilo. No se entiende muy bien por qué razón el doctor Lacalle prefirió hacer caso omiso de su propósito enunciado en la noche del domingo. Creemos que el doctor Lacalle no necesitaba caer en tal exabrupto, porque de todos modos, tiene laderos duchos en ensuciar la campaña, amén de contar con un órgano de prensa que no se caracteriza precisamente por su objetividad ni por el respeto al adversario. El matutino El País y muy especialmente sus editorialistas hace ya un buen tiempo que perdió los estribos y no tiene prurito alguno, a pesar de la prosapia patricia de sus escribas, en injuriar a las principales figuras del Frente y a Pepe Mujica en particular. Un día sí y otro también lanzan anatemas varias y virulentos ataques al aliño o al lenguaje del candidato frentista, en lo que resulta una muestra patética de la pretensiones aristocráticas que caracterizan a ese medio de prensa.
El Frente Amplio debe ningunear las injurias pero no debe dejar de responder con altura, con dignidad y con firmeza a las falsedades a que recurrirán los adversarios.
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