Los hechos tercos y porfiados
Del domingo 28 emerge un panorama corroborante de ciertas afirmaciones y más preocupantes de lo pensado en otros planos, que no debemos edulcorar para vencer en octubre.
Bajo el título «Mujica y Lacalle: el Sur y el Norte», describimos en esta columna el 9 de abril el escenario que se ha configurado. «En la derecha, los asustados por el derrumbe de lo viejo parecen optar por un timonel avezado, que como en el pasado reciente, sin dudas aplicará el recetario de la burguesía trasnacionalizada: mayor sujeción al Norte rico y mayor hambre y palos para el Sur pobre. En la izquierda, las clases necesitadas de acelerar las transformaciones optan por un viejo jugado, que podrá cometer errores, pero que en todo caso no nombrará a sus ministros en Washington ni hará sus grandes anuncios ante la ADM. Su recetario es simple: con los pobres del Sur y contra el servilismo al Norte». «Lacalle, acérrimo defensor de un TLC con EEUU, expresión de la explotación nacional, y enemigo de la Patria Grande sudamericana y latinoamericana, representa a ese Norte privilegiado y es garantía de que Uruguay cumpla el papel asignado por los imperios de turno: el de Estado tapón, enfrentado a las naciones vecinas hermanas. Lo ha dicho, prefiere a aliados poderosos y lejanos. Mujica, identificado con Fidel, Chávez, Correa y Evo y convencido antiimperialista, representa a este Sur pobre.» Aunque después Mujica haya tomado como modelo a Lula, no cambia sustancialmente lo expuesto.
Se criticó al Congreso -que aprobó un programa y apoyó con el 71 % de los votos a Mujica- y se juzgó que la suya no era la opinión de los frenteamplistas. Los electores, sin el mismo nivel de compromiso, también han sido categóricos: 53.8 %. Ha vencido el enfoque de los que, a la vez que defienden logros de este gobierno, critican sus inconsecuencias, su debilidad frente al proceso de concentración y extranjerización de la economía, su tibieza, su «corrección» ante los organismos internacionales y el gran capital, su distanciamiento de los fenómenos político-sociales que conmocionan al continente (Venezuela, Bolivia, Ecuador).
Sin embargo, nadie esperaba que el 46 por ciento de los concurrentes a votar fueran electores del Partido Nacional, que el 12 fueran del Partido Colorado y que sólo el 41 fueran del Frente. Los argumentos de que la competencia era mayor en el P. Nacional o que las encuestas hayan desestimulado la presencia de los frenteamplistas dando por ganador a Mujica, son pobres cuando se dirimía el predominio entre «dos izquierdas», según afirmara Astori, valoración mitigada tardíamente en términos también tajantes, pues estaba en disputa «el rumbo, los énfasis, el manejo de los tiempos y la orientación» del gobierno. La verdad dolorosa es que el gobierno y la fuerza política, que lo ha respaldado continuamente, no han entusiasmado ni motivado el fervor y el espíritu de sacrificio de su militancia. La numerosa presencia de ex militantes de la estructura partidaria, convertidos en gobernantes o funcionarios que han abandonado sus anteriores tareas, el disgusto con que suelen recibirse las críticas al gobierno en los organismos del Frente, y el temor a que éste se radicalice y sea receptivo de las variadas exigencias populares, han confluido para adormecer la estructura, para vaciar a los Comités de Base. Peor aún, los que buscan «tradicionalizar» al Frente quieren quitarle peso a lo que queda del «movimiento» para que sea una simple coalición de partidos. El resultado inevitable chocó por su crudeza: las calles de las ciudades, por primera vez, fueron de mayoritaria presencia del Partido Nacional y la apatía y desorganización del Frente (hasta listas faltaban en las mesas) fue notoria.
Fruto de todo ello es que se podría llegar a la fórmula Mujica-Astori, indeseada por los que la querían encabezar con Astori y por los que aspiran a una transformación más profunda. Que ésta sea la más atractiva electoralmente es una hipótesis indemostrable en un sentido u otro, por más que los generadores de opinión así la presenten. Mucho más coherente sería una fórmula con Daniel Martínez, compañero de otra generación y con una actitud más amplia. Pero si se llegara a aquella no cabría más que admitirla, aunque traería más problemas en un eventual gobierno. Ante todo es necesario ganar las elecciones, paso táctico, para pelear en mejores condiciones por el objetivo estratégico (vencer al imperialismo y al sistema capitalista). Y ello es debido a que se ha vuelto prioritario cerrar filas contra el malón reaccionario de Lacalle, Larrañaga y Bordaberry, en consonancia con el que irrumpe en la región y en el mundo.
Sin embargo, aunque sorteemos el peligro inmediato, no venceremos si no se robustece en el movimiento obrero-popular y en el Frente, una orientación antiimperialista y socialista, que aúne esfuerzos con los partidos y líderes de la región, agrupados en la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA). Subrayamos: en el Frente, porque el extravío del izquierdismo infantil «navegando» sin el agua de las masas es patético. La presencia de estas masas es la garantía ante las indecisiones de las cúpulas, como acaba de suceder con la recolección de firmas contra la Ley de Caducidad. Sin ellas no habrá victorias.
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