Elección clave
Faltan poco más de 72 horas para que las uruguayas y los uruguayos concurramos a las urnas para definir quiénes serán los candidatos presidenciales de los distintos partidos políticos.
Se ha vuelto a lo que fue casi una costumbre en la historia nacional, tomar las decisiones políticas en libertad, en paz y mediante el voto.
Ha pasado casi un cuarto de siglo desde que derrotamos a quienes impulsaron otro camino, el de la represión, la violencia y el oscurantismo, y pusimos fin a uno de los períodos más oscuros de la peripecia histórica de nuestra nación.
Las consecuencias de esa ruptura se arrastran hasta el presente, lo influyen, pero por mérito de nosotros, los uruguayos, ya no lo condicionan.
Competirán el domingo por el respaldo popular 17 precandidatos presidenciales.
Eso es parte de la vida democrática, de la normalidad recuperada por toda la sociedad, y sin embargo no es una elección más.
No lo fue en 2004 y no lo es ahora, cinco años después.
En 2004 por primera vez en 175 años de vida independiente ganó una fuerza diferente a los partidos Colorado y Nacional o a su coalición.
Este hecho, además de su obvia importancia política, tuvo una enorme trascendencia institucional, significó la mayoría de edad de la democracia uruguaya. Implicó también el fin de un período ambiguo, difuso institucionalmente, que los politólogos de la derecha calificaron como «transición».
Esta calificación, la de transición, intentaba describir el período de pasaje de la dictadura a la democracia. Pero también sirvió para perpetuar zonas institucionalmente oscuras; la de la impunidad para los violadores a los derechos humanos fue la más clara y grave, pero no fue la única.
Persistió el discurso del temor, de no agitar aguas, de que la izquierda estaba permitida y legal, pero no podía gobernar.
Esa concepción se fue horadando por la vida, por el avance permanente de la izquierda, por su acceso al gobierno de la Intendencia Municipal de Montevideo y también por el desplome de la crisis de 2001 y 2002 y la ausencia completa de respuestas desde la derecha, en sus dos expresiones políticas, que cogobernaban de hecho.
El triunfo de la izquierda y el gobierno de Tabaré Vázquez dieron el golpe de gracia a esta concepción y lejos del caos y la ingobernabilidad anunciadas, la izquierda profundizó la democracia, la amplió y practicó y no sólo proclamó la inclusión social.
Los candidatos son un factor clave, nadie lo duda; no es lo mismo el Partido Nacional encabezado por Luis Alberto Lacalle que por Jorge Larrañaga; tampoco lo es el Frente Amplio si gana José Mujica que si triunfa Danilo Astori o Marcos Carámbula. En el Partido Colorado las diferencias son menores.
Sin embargo, y desde las elecciones de 2004 en particular, los candidatos no son el único factor a tener en cuenta.
El 28 y mucho más en octubre, estarán en competencia dos proyectos de país; uno expresado por el Frente Amplio, que nadie duda sigue siendo el partido político más importante de Uruguay, y lo es desde 1999; y el otro, representado por blancos y colorados, que se necesitan para intentar competir con la izquierda y que descartan que van a gobernar juntos.
Estará en juego la proyección del país hacia el futuro o el retorno de nuestra sociedad hacia el pasado tradicional, que representa además un modelo económico y social que implosionó en el mundo: el de las privatizaciones, el de la desregulación laboral y el de darle la espalda a la integración latinoamericana.
Una decisión clave, entonces; la haremos en democracia y en paz, pero no es menor lo que está en juego. Tengámoslo presente.
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