EDITORIAL

¿No importa de quién es la culpa?

En esta campaña electoral con vistas a las internas del domingo 28, ha sido posible asistir a un bombardeo repetido, reiterativo y agotador de parte de los precandidatos blancos y colorados. Eso es así y no debería asombrarnos, tratándose de una campaña en la que dos o más ciudadanos pugnan por la candidatura única a la Presidencia de la República.

Tampoco puede mover a sorpresa el hecho de que todos ellos apuntan su mensaje contra el oficialismo ­contra el Frente Amplio­, más que a resaltar sus virtudes propias. Lo que sí llama la atención es la orfandad de ideas, de propuestas novedosas, de iniciativas creíbles que exhiben las piezas publicitarias de los precandidatos opositores. Todo parece reducirse a eslóganes más o menos ingeniosos, a apelaciones al «pasado glorioso» invocando a las figuras legendarias de los prohombres de antaño, o a estereotipos que apuntan al corazón más que a la razón.

No obstante, hay un recurso que se reitera y se repite bajo distintas formas en el discurso de los partidos tradicionales, y que se ha convertido en la vedette de la campaña: la inseguridad. A su alrededor se agrupan otros temas como los problemas de la educación o la política tributaria del gobierno actual; pero no caben dudas de que la reina es la inseguridad que vive la población, abonada por el incremento objetivo de los hechos delictivos y, sobre todo, por la campaña machacona de los dirigentes rosados con el invaluable apoyo de los medios audiovisuales, fieles representantes de las clases conservadoras.

Ahora bien, lo realmente sorprendente es la capacidad de tergiversar la realidad de que hace gala el discurso de la derecha. La cosa empezó bajo el ministerio del doctor José Díaz, ferozmente criticado por haber sido el impulsor de la Ley de Humanización del Sistema Carcelario, y siguió cuando Daisy Tourné sucedió al doctor Díaz al frente del Ministerio del Interior. A partir de aquella ley, blancos y colorados se ocuparon concienzudamente de instalar en la población la idea de que el gobierno del Frente es demasiado indulgente, demasiado permisivo y propenso a reivindicar los derechos humanos de los delincuentes más que a proteger los de los ciudadanos honestos.

Esa cantilena se ha vuelto un estereotipo difícil de desarraigar, al punto que llevó a soslayar impúdicamente los resonantes éxitos obtenidos por el gobierno y por el ministerio de Tourné en el combate a la delincuencia. Ha habido una lucha frontal y sin tregua contra la corrupción policial; ha habido golpes mortales al gran contrabando; se han desarticulado importantes organizaciones de narcotráfico y todos los días se cierra una boca de distribución de pasta base; la Policía actúa con presteza y logra muchas veces capturar a los ladrones al tiempo que obtiene las pruebas necesarias para que el juez pueda procesar a los delincuentes, razón por la cual, dicho sea de paso, aumenta la población carcelaria.

Pero volviendo al tema de la publicidad electoral y dejando de lado la inseguridad, resulta francamente una broma de mal gusto un aviso en apoyo a la candidatura del doctor Lacalle en el que se pinta un panorama sombrío de la enseñanza, se exhorta a cambiar las cosas y se afirma, con todo tupé: «No importa de quién es la culpa».

¿Cómo que no importa? Importa, sí, y mucho, porque los responsables del deterioro de la calidad de la enseñanza y de los bajos sueldos de los docentes son los que tuvieron en sus manos la conducción del país desde hace demasiado tiempo. En cuatro años y pocos meses de gobierno progresista se hizo infinitamente más que en décadas de gobiernos colorados, blancos y rosados. Se aumentaron sensiblemente los deprimidos sueldos de maestros y profesores y se sancionó una Ley de Educación que, aunque presente varias aristas a corregir, es un paso valioso que denota la voluntad de mejorar esa realidad.

Sin ánimo de andar presentando facturas, es menester no olvidar que fueron estos señores ­que hoy ponen el grito en el cielo y se rasgan las vestiduras­ los culpables de la realidad que hoy nos golpea. Los problemas de la educación y el incremento de la delincuencia son el resultado de la ineptitud de aquellos gobernantes que hoy vuelven a postularse apostando a la mala memoria de la población.

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