Libertad de empresa y asistencia estatal
Entre la infinidad de canciones compuestas por María Elena Walsh, hay una que plantea con su agudeza característica un tema siempre vigente. Nos referimos a «Los Ejecutivos», en la que satiriza a ese grupo social que gozó de enorme prestigio en la segunda mitad del siglo pasado, desmitificando esa aureola que los envolvía a los ojos de la opinión pública.
Dice Walsh: «Son muy vivos los ejecutivos, qué vivos que son. Del salón al avión, siempre tienen razón. Y además tienen la sartén por el mango… y el mango también». He aquí un retrato sintético del capitalista, sea éste empresario o funcionario de una gran transnacional, y puede aplicarse a los integrantes de la clase dominante, sean éstos banqueros, grandes estancieros, grandes industriales o grandes comerciantes, y a sus gerentes.
Son los que emiten plañideras quejas y lacrimosos comentarios jurando que no pueden soportar el peso del Estado, que los aportes a la seguridad social son una pesada carga, que no pueden hacer frente a los aumentos salariales. Son los que piden más y más beneficios, exoneraciones tributarias e ainda mais. Son los que creen –o quieren hacer creer a la sociedad y a los gobernantes– que son ellos el único motor del desarrollo de un país, que sin ellos no hay crecimiento económico y que, por tanto, el Estado debe contemplarlos en todas sus pretensiones.
Son los liberales que entronizan a Adam Smith o a Milton Friedman exigiendo más libertad económica, cero injerencia estatal, regulación por el mercado. Son los que reivindican el afán de lucro como principio rector de su conducta, tanto para su actividad empresarial como para su vida privada. La mayoría de ellos son profundamente religiosos, cristianos devotos que sin embargo no vacilan en ignorar puntualmente todas las enseñanzas y los valores cristianos cuando éstos se oponen a su privada felicidad.
Pero son, también, los mismos que reclaman asistencia estatal cuando los negocios no salen bien. Cuando se desata una crisis, sepultan a toda velocidad a Smith y a Friedman y ubican en el altar de su adoración a Keynes, cosa de que el Estado –que hasta hace poco debía abstenerse de intervenir y de regular– se vuelva generoso con ellos, los comprenda, se compadezca de su grave situación que les impide viajar a Miami o beber etiqueta negra, y socialice las pérdidas muchas veces debidas a un vaciamiento o una quiebra fraudulenta, o en otros casos, consecuencia de imprevisión o impericia irresponsables.
En nuestro país, subdesarrollado pero capitalista al fin, hemos tenido ejemplos de este comportamiento desde hace mucho tiempo, pero en los últimos tiempos varios casos se han vuelto emblemáticos. En tiempos de vacas gordas, en períodos de buenos negocios, de altos precios internacionales para sus productos, o de aumento de la demanda en el mercado interno, los prohombres de la economía, esas «fuerzas vivas» que dominan a la comunidad, no exhiben gesto ni intención alguna de volverse solidarios y compartir la bonanza; por el contrario, para que una mínima parte de su riqueza se derrame entre los menos privilegiados de la sociedad, el Fisco debe controlar e inspeccionar, de modo de evitar la evasión porque nunca estarán dispuestos a ceder parte de sus ganancias suculentas. Siendo así, nada de asombroso hay en el hecho de que no bien la sombra de una crisis se insinúa en el horizonte, exijan al Estado algún tipo de asistencia.
Libertad para enriquecerse pero ayuda del Estado para no perder. Así es muy fácil, ¿no?
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