Por mi amigo Larrañaga

Hay un viejo y como tal, famoso adagio en mi Partido Nacional atribuido a Herrera que reza: «Para un blanco no hay nadie mejor que otro blanco». Sin perjuicio de la carga de fanatismo que conlleva, en el pueblo nacionalista nos hizo «carne» el refrán. Macanudo. Con esto quiero decir que en junio, gane quien gane en la interna, «montaremos en el tordillo» y saldremos a la batalla por igual en octubre.

Con o sin «cacho» de corazoncito, que es humano y natural que se tenga, por tal o cual candidato.

¡Es el partido el que se pone de pie! ¡Al carajo el resto!

Pero también es razonable, justo es admitirlo, que antes de cualquier batalla, se explique y se den los puntos de vista de preferencias internas por esos «tales o cuales» respectivos. Es notorio, por propia militancia, mis preferencias. Pero las mismas no son por simple amistad, que la tengo, o conveniencias propias de las mismas, sino por otras razones más sensiblemente válidas. Este viejísimo partido blanco que hizo la patria a lo largo de sus 172 años de vigencia trascendente, pasó por todas las experiencias y avatares buenos y malos, sufridos los más y festejados los correspondientes, que en materia de logros fueron muchísimos, con características propias. Sin perjuicio de las ideas y principios nacionales y anti imperialistas, como nacionalistas viscerales que los fueron sus grandes hombres en mandato de su fundador el libertador Manuel Oribe, principal ideólogo primigenio, integramos una colectividad emocional que arrastra un peso hasta romántico propio de gestas generadoras de ese tipo de sentimientos. Yo diría, que hasta hemos fomentado el clásico caudillo principista, que por esas características propias prima sobre tesis leguleyos doctorales que en las clases dirigentes siempre existen y que también son necesarias, las menos veces. Y que felizmente esa realidad, hizo nuestra permanencia en el tiempo. Siempre que los doctores, agotados sus «libretos» importados que «llenaban el ojo» pusieron la colectividad al borde de los abismos políticos e institucionales, aparecían los caudillos con sentimiento y razones tal vez más simples, pero más prácticas y con fragancia de patria, que en los «bufetes» se carecen. Esos caudillos defendieron soberanías, libertades, al pueblo trabajador, sin pedantería soberbias de «inteligentes» concepciones, que engalanaron las mejores banderas de su partido blanco. La historia se repitió. Después de la elección de Batlle y Vázquez, entramos terceros lejos, tanto, que algún general ex batllista y hasta dicen fuera masón, no lo sé, pletórico de alegría festejó asegurando: «Se acabaron los blancos» quedaron como partido «testimonial o nominal» (sic). Alcanzó en vida a ver, que ese partido que dio por «liquidado», «sacudía su melena» y desde el fondo del interior profundo, alma de la patria que habían construido, surgieron los caudillos con Larrañaga a la cabeza, para hacerlo presente en los fragores de las contiendas futuras. Esto lo escribo para los blancos, mis hermanos de partido.

Sólo ellos pueden entenderlo, para recordarles, que se gane o se pierda, es mala cosa, ser desagradecidos. El gaucho tomó el partido con apenas 420.000 votos y moneditas y a los cinco años lo llevó a 770.000 votos. O sea, lo recibió con sólo el 22% y lo devolvió con el 35%. Y fue sólo él que lo hizo, las «ingeniosas usinas ideológicas doctorales que lloraban por seguir acomodándose con Bensión, Jorge Batlle y Julio María en la vieja coalición que se rompió, por voluntad del sanducero en la Convención del Platense. ¿Se acuerdan?

Tomó un partido que nadaba en las peorcitas aguas procelosas de la derecha, y lo ubicó en un centro progresista abriendo puertas y ventanas a una renovación de valores que es una esperanza ante viejos fósiles antidiluvianos heredados. ¡Creó una esperanza!

Y eso lo hizo Larrañaga. Viejas banderas no traicionadas, pero sí bastante languidecidas y algo anémicas como el antiimperialismo, las puso al día cuando fuimos los únicos que por manifiesto escrito se condenó al imperio y asociados en el genocidio de la guerra del Golfo Pérsico. ¡También fue mérito de Larrañaga, cumpliendo el viejo mandato partidario! Llevó con prudencia y mesura la unidad en atención de las relaciones internas. Entrega un partido entero y unido.

También mérito de Larrañaga. Al final de su mandato en el Honorable, terminó con las «embestidas baguales y las cajas de Pandora». Hoy todos se dan la mano. Y eso, también es logro de Larrañaga. Hoy «somos idea y la unión nos da fuerza» como reza nuestro escudo, gracias a Larrañaga. Incluso, llevó dentro de lo razonable, a pesar que en su momento soportó calumnias y ofensas canallescas de enemigos y contrarios, las relaciones extrapartidarias con altura y dignidad que ganó el respeto de tirios y troyanos. Dignificó su presidencia del Honorable. Es sin dudas, su grupo de Alianza el que permanentemente ofrece ideas al gobierno en materia de seguridad, agropecuaria, economía y demás etcéteras, que por espacio sería ocioso repetir. Renovación atribuible a Larrañaga. Grandes homenajes a Oribe, los inolvidables 100 años de Aparicio en Masoller, que insuflaron entusiasmo y fe en las mejores tradiciones partidarias. ¡Lo hizo Larrañaga! Reflotó la Secretaría de Asuntos Sociales, vieja idea de Wilson que habían enterrado y sepultado en el olvido, sin perjuicio de actualizar la presencia de la mujer y la juventud en el corazón mismo del Honorable Directorio en su presidencia. También en el «haber» de Larrañaga. Falta escasamente un mes! ¡Se acaban los tiempos!

¡El futuro del país y del partido está en juego!

Sé lo que voy a resolver. Que cada cual, y en el silencio de las noches de reflexión que faltan, cada blanco saque honradamente sus conclusiones. Nadie se va a equivocar porque ambos candidatos son excelentes. Pero en el momento de pasar «revista» en cada trinchera, los «servidores» deberán respetuosamente agradecerle lo hecho al caudillo Larrañaga por sobre el resto.

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